Opinión

El hermoso chile desobediente

Por: Esteban Vilchez Celis / Publicado: 20.10.2019
chile 2 / Foto: Agencia Uno
Desde 1976, aproximadamente, que el sistema capitalista campea en Chile. Con la brutalidad genocida de Pinochet, con la tolerancia y sumisión de la Concertación y con la exacerbación indisimulada de Piñera. Los resultados están a la vista: ancianos abandonados en su pobreza, enfermos que mueren por miles al año, niños sin educación que les dé un horizonte, miles de chilenos y chilenas trabajando incansablemente por sueldos que no alcanzan a cubrir lo básico. No se trata de justificar la violencia, sino de entender algo que se llama relación causa-efecto. Ud. hostigue a alguien mes tras mes y año tras año, y vea si la violencia se produce como efecto natural. Si la desprecia realmente, entonces no hostigue. ¿Le parece?

Hoy Chile está en estado de excepción. Militares recorren las calles. Hasta se evalúa el toque de queda. Carabineros está desatado en una represión brutal incluso contra niños, disparando perdigones a diestra y siniestra.  Chile se hartó. Se cansó.

En la presentación del libro de Henry David Thoreau, Sebastián Pilovsky caracteriza con sencillez la desobediencia civil: “es una forma de participación política que, a través de la violación de la ley, denuncia una injusticia con el fin de remediarla por vías prácticas”.

Matías Walker, digno representante de las habituales confusiones e indefiniciones de la DC, estima que la desobediencia civil no se justifica hoy, porque estamos en democracia.

Nuestra democracia, habría que decirle, es completamente débil y de cartón. La clase política vive al margen de las personas; el poder económico es el que termina por imponer controles de identidad a niños, clases de ética a los evasores de impuestos, perdonazos a los coludidos, penas terribles para los que saltan torniquetes e indiferencia frente a las brutalidades de Carabineros reprimiendo a los mapuches y estudiantes. Nuestra democracia no puede ser sino de utilería si es que tenemos una desigualdad obscena. No puede ser la mayoría informada y consciente la que esté de acuerdo con un sistema de pensiones miserables que significa entregarle dineros de los trabajadores a los grupos económicos; no puede una verdadera mayoría estar de acuerdo con un sistema de salud donde el dinero nos dice quién se cura y quién no; y tampoco puede ser la mayoría la que esté de acuerdo con una educación segregadora, con las mujeres discriminadas y con la concentración de la riqueza en tan pocos merced al despojo de los bienes que son de todos para entregárselos a no más de siete familias.

Ya es hora de dejar de jugar a la democracia y es hora de ser demócratas. Es hora de organizar grandes referéndums para grandes definiciones: ¿No más AFP? ¿Recuperar todos los recursos naturales desde los privados para que sean de todos los chilenos, expropiaciones de por medio? ¿Una educación pública de calidad similar a la privada? ¿Una salud pública garantizada y gratuita? ¿Dejarnos de jugar a los soldados para guerras imaginarias con los vecinos y avanzar en un acuerdo regional amplio para dejar de gastar en defensa y mantener cuerpos armados que, como hoy, aman reprimir a la gente y se preparan cada cierto número de años para golpes de Estado? Ud. puede pensar lo que quiera sobre cada tema. Mi pregunta es simple: ¿no es hora de que estas definiciones las tome la mayoría? ¿No es la democracia el sistema en el que creemos?

Desde 1976, aproximadamente, que el sistema capitalista campea en Chile. Con la brutalidad genocida de Pinochet, con la tolerancia y sumisión de la Concertación y con la exacerbación indisimulada de Piñera. Los resultados están a la vista: ancianos abandonados en su pobreza, enfermos que mueren por miles al año, niños sin educación que les dé un horizonte, miles de chilenos y chilenas trabajando incansablemente por sueldos que no alcanzan a cubrir lo básico. No se trata de justificar la violencia, sino de entender algo que se llama relación causa-efecto. Ud. hostigue a alguien mes tras mes y año tras año, y vea si la violencia se produce como efecto natural. Si la desprecia realmente, entonces no hostigue. ¿Le parece?

Si a eso le agrega personeros de gobierno que dicen que en los consultorios la gente forma colas porque se reúnen a hacer vida social, que los románicos pueden comprar flores porque bajaron un 3,6%, que los que madrugan pueden ser ayudados con tarifas más bajas, que somos todos propietarios de una casita y dos departamentos, entonces tiene, gracias a esta burlesca indiferencia de los insensibles que nos gobiernan, los elementos perfectos de un estallido social.

Horrorizarse y rasgar vestiduras frente al estallido social que uno mismo ha incubado es una actitud insensible, hipócrita y esencialmente estúpida.

Por enésima vez, y aunque algunos no tengan ciertas conexiones sinápticas habilitadas, insistamos: la violencia no se justifica, pero como fenómeno sociológico, es causalmente entendible. ¿Qué hacemos? Podríamos atacar las causas. O poner militares e las calles. Adivine qué ha decidido el presidente que, en medio de un Santiago, se va a comer pizza con su nieto a un restaurant de Vitacura, incapaz de explicarle que hay demasiada gente sufriendo, que él es el presidente y que la empatía significa que a veces el abuelo no esté con él por estar con tantos otros nietos y niños que sufren. Pero, siempre lo he dicho, la empatía y la sensibilidad no es el campo propio de la derecha. Lo suyo es el privilegio y defenderlo con aviones sobre La Moneda, militares en la calle y carabineros histéricos golpeando niños.

Chile se cansó. Y me alegra.

Esteban Vilchez Celis
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