Opinión

La explosión del subsuelo chileno o la explosión desde abajo

Por: Diamela Eltit / Publicado: 21.10.2019
Foto: Paulo Slachevsky
No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Veo imágenes de la explosión social de los últimos días en Santiago que permiten precisamente concentrarse en las imágenes y sus signos. Veo los tanques. Experimento el toque de queda en la memoria. Mientras en Estados Unidos el debate se centra en la continuidad de Trump por los costos de un estilo presidencial inaudito, recorrido por múltiples incapacidades, surgen las imágenes santiaguinas provocadas por una furia, a la vez, presente y, a la vez, acumulada.

No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Este momento ya tiene su imagen y su escritura. El incendio me parece que hay que leerlo como una temperatura social que subió y subió porque el conjunto de las fuerzas políticas ha sido incapaz de controlar la avidez empresarial tan absolutamente ganancial que recorre el sistema.

La política se transformó en cupos, elites, transacciones. El Congreso en un sitio ambiguo, con reelecciones interminables, plagado de amistades equívocas, recorrido por diversos intereses, sin la menor “aura” en el sentido que acuñó Benjamin.

Los partidos de izquierda (es posible que una excepción formal sea el Partido Comunista) regidos por el deseo de poder (y de dinero) de sus dirigentes, dejaron atrás a sus bases ciudadanas y la pobreza quedó relegada a la sospecha y homologada al crimen.

La desigualdad forma parte de la realidad neoliberal mediante una naturalización vergonzosa que considera que efectivamente existen (pocos) ciudadanos que valen frente a multitudinarios cuerpos marcados por el desvalor.

Los robos de “cuello y corbata” o con “uniformes” resultan ser menores, casi un detalle del sistema. La iglesia es hoy un foco de escándalos sexuales. Así se fue profundizando una planicie institucional extrema, pero lo central es la mega falla de los partidos a lo largo de   décadas, absortos en la disputa por cargos o representaciones en medio de votaciones cada vez menos representativas.

El metro fue la exacta gota que rebalsó el vaso. Se desató una especie de “Instituto Nacionalazo” que se extendió por los subsuelos de la ciudad, atravesando túneles con una velocidad imparable.

Una velocidad aumentada por la falta de líderes y de voces autorizadas porque las periferias no tienen relato ni interlocución ni futuro. La clase media pobre y la clase media muy pobre y los “condenados de la tierra” (como diría Fanon) viven tan distantes de los centros de administración de poder como si habitaran en un desconocido planeta-bloque.

Mientras Santiago ardía, el presidente tocaba su cítara en Vitacura.

Diamela Eltit
Escritora
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