Opinión

Sobre la educación pública chilena y la defensa de los iguales por excelencia

Por: Carola Sepúlveda Vásquez / Publicado: 23.10.2019
instituto nacional /
Siguiendo esta lectura desde Chile, país con profundas desigualdades sociales que también han sido denunciadas en las movilizaciones recientes; me parece significativo defender la educación pública no por su finalidad externa, es decir, no pensando en la ya tan manoseada meritocracia o en la ascensión social que tanto se nos promete, sino que reflexionando sobre el valor que tiene en sí misma.

Cuando veo que esta semana las noticias sobre el Instituto Nacional, la Universidad de Chile, los estudiantes que evaden el Metro y las manifestaciones sociales de los últimos días nos hablan de violencias; y afectada por un ánimo revisionista de ese que nos conmueve cuando llega fin de año; hago un recuento de la cantidad de noticias que este 2019 nos alertaron sobre la violencia en espacios educativos públicos del país y preocupada por el alto número, no puedo sino pensar con tristeza en la educación pública.

Pensar en la educación pública me hace recordar cuando Jacques Rancière decía que la escuela es por sobretodo una forma de separación de espacios, tiempos y ocupaciones sociales; agregando que su función estaría en sí misma, precisamente por esta separación de cualquier finalidad externa.

La escuela, siguiendo a Rancière, implicaría una separación temporal y espacial; una separación de los sujetos desde el punto de vista de la igualdad. En otras palabras, quienes habitan la escuela, y en este caso, nos referiremos también a los jardines infantiles y a las Universidades, serían los iguales por excelencia.

Siguiendo esta lectura desde Chile, país con profundas desigualdades sociales que también han sido denunciadas en las movilizaciones recientes; me parece significativo defender la educación pública no por su finalidad externa, es decir, no pensando en la ya tan manoseada meritocracia o en la ascensión social que tanto se nos promete, sino que reflexionando sobre el valor que tiene en sí misma. La educación pública nos regala tiempo para crecer, jugar, estudiar, sentir y pensar. Siguiendo a Rancière constituye ese espacio y tiempo privilegiado que nos separa de las ocupaciones sociales, esas que heredan las profundas desigualdades que se viven en nuestra sociedad.

Por eso, condeno cualquier tipo de violencia en los espacios educativos, contra los (as) estudiantes o contra los principios de la educación pública. Rechazo también las naturalizaciones e instrumentalizaciones que se hacen de éstas, las que también se convierten en violencias. Pienso en esto mientras veo noticias que nos hablan de que el Poder Legislativo se encuentra discutiendo la edad mínima para realizar controles preventivos de identidad y que muchos políticos nos alertan sobre la delincuencia juvenil. Reflexiono sobre ello también porque reconozco la ausencia de esta discusión por parte de las autoridades que desconocen las demandas que las movilizaciones sociales han levantado sobre ello.

Espero que en futuros análisis nos preguntemos también por la educación pública y sus sujetos, que pensemos también en esa(s) identidad(es); que escuchemos las voces de nuestros (as) estudiantes, nuestros (as) profesores (as), nuestras comunidades educativas y nuestros movimientos sociales para defenderlos con esa amorosidad de las que nos hablaba Paulo Freire.

Confiando en que la educación pública constituye una experiencia transformadora, espero que cuando tengamos nuevas noticias sobre el Instituto Nacional, la Universidad de Chile o cualquier espacio de educación pública estas estén inspiradas por la preocupación y el compromiso de proteger estos lugares privilegiados que nos aseguran la igualdad por excelencia. Espero que la educación pública se ponga en el centro de las discusiones y que por fin construyamos junto a nuestros (as) estudiantes esos espacios democráticos, esos que Gabriela Mistral definía y defendía como lugares de negación de las castas.

Carola Sepúlveda Vásquez
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