Cartas

Reflexión de una chilena desde el otro lado del mundo

Por: Valentina Beatriz, desde India. / Publicado: 24.10.2019
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Pocos días antes de irme, desde el balcón donde me estaba quedando en Santiago en plena esquina Ricardo Lyon con Providencia grité: “¡Que despierte Chile! ¡Que Chile despierte!” Seguí gritando hasta que se me fue la voz y bailé hasta que no me dio el cuerpo repitiendo estas palabras mientras atardecía aquel fin de semana de verano. Sé que varios me oyeron, era hora punta, pero no pudieron dar con la persona que gritaba esto a viva voz. Fue un día de eclipse, por lo que sabía que era especialmente bueno para plantar una intención, así que eso hice.

Mi nombre es Valentina Beatriz. Tengo 29 años y vivo hace casi 2 en una comunidad internacional llamada Auroville en India. Soy Directora Audiovisual y Comunicadora Social de profesión. Acá escribo para un diario-revista mensual y trabajo en una colaboradora de artistas. Somos solo 2 chilenos -dentro de 52 nacionalidades distintas- en esta comunidad, mi expareja y yo.

Dejé Chile hace 3 años porque ya no daba más de toxicidad y necesitaba salir para repararme y dar con mi camino. Me considero una auto exiliada sociopolítica y espiritual. Tuve que alejarme de todo lo que me era familiar en Santiago y venir a dar al otro lado del mundo (literalmente) para comenzar a sanar viejas heridas, personales sí, pero ahora entiendo, muy sociales también. Heridas que están directamente relacionadas con el karma de un pueblo profundamente reprimido, negado y re – negado.

A principio de este año viajé a Chile para visitar amigos y familia como intento hacer cada año, y si bien iba más preparada y fuerte para enfrentarme con un medioambiente violento y hostil, esta vez sentí algo mucho más intenso y evidente efervesiendo entre la gente: una rabia y violencia inminente, pero siendo tapada como por un velo frágil – y bien grotesco- de consumismo.  Recuerdo haberle dicho a un par de personas “esto es una olla a presión a punto de estallar”.

Pocos días antes de irme, desde el balcón donde me estaba quedando en Santiago en plena esquina Ricardo Lyon con Providencia grité: “¡Que despierte Chile! ¡Que Chile despierte!” Seguí gritando hasta que se me fue la voz y bailé hasta que no me dio el cuerpo repitiendo estas palabras mientras atardecía aquel fin de semana de verano. Sé que varios me oyeron, era hora punta, pero no pudieron dar con la persona que gritaba esto a viva voz. Fue un día de eclipse, por lo que sabía que era especialmente bueno para plantar una intención, así que eso hice.

Y pasó. Mi intención rindió frutos. ¿Psicomagia? No sé, pero Chile despertó. Y yo también un poco más: hoy día en la mañana amanecí con el bombardeo de noticias en mi Instagram de Chile, por fin, manifestándose. Metro parado, cerrado, tomado e incendiado, carabineros por todas partes, chilenos unidos en las calles, gente con fuerza gritando, caceroleando (¡Qué lindo!), alzando banderas, protestas en todo el país, destrozos y desmanes exageradamente cubiertos por la prensa también. Fuego, mucho fuego, militares en la calle. Wait…what!? ¿Militares? Luego leo las palabras: “Estado de emergencia. Toque de queda” ¿¡Qué!? Mi estómago se comprimió fuertemente. No lo pude creer.

De inmediato me acordé de ese de catarsis que tuve en aquel balcón, sintiéndome extrañamente en sincronía y casi que responsable de lo que está pasando. Al mismo tiempo me sentí poderosa, como si hubiese estado en mis manos el destapar la olla hirviendo con la fe de mi intención, y ahora, la energía acumulada por años de sumisión, por años de aceptación de lo inaceptable, años de agachar el moño ante los reiterados abusos, hoy día ya sale a la luz con fuerza. Quizá cuántas más personas intencionaron lo mismo aquel día mirando el sol ponerse y la luna salir, cuántas personas han estado pidiendo por décadas lo mismo, luchando, cayendo y levantándose de nuevo, como guerreros. Somos un pueblo de guerreros de la tierra, de la luz, de la gente. Siempre lo hemos sido. La clave es recordar que la lucha no es contra nosotros mismos, sino contra el sistema opresor que nos mantiene dormidos, esclavizados, compitiendo, odiando, olvidando la verdad trascendental por excelencia: nuestra naturaleza es la fraternidad. Somos todos uno y nos merecemos vivir en dignidad y amor, no aguantemos menos que eso nunca más.

Mi cuerpo me lo recuerda, acarreando la memoria oscura e inevitable de un pueblo que ha sido acallado a punta de lanza. A pesar de los miles de kilómetros de distancia, vibro y siento en cada célula las imágenes que veo, resueno con los discursos de empoderamiento que escucho, lloro y me enfurezco con las imágenes de abuso policial ampliamente difundidas en redes sociales y tapadas por los medios de comunicación clásicos, traidores y cómplices. Lloro de orgullo, lloro de rabia, lloro de emociones pegoteadas que habían estado toda su vida intentando emerger desde que soy chica, y que algo se activaron cuando era estudiante y marchaba por las calles de la capital, pero que ahí quedaron irresueltas y pendientes. Ahora el pueblo tiene nuevas y mejores herramientas, Gracias Universo.

“Caos”, pienso. Un dolor necesario para volver a la raíz del asunto. Hay que revisar con lupa para sacar toda la mierda afuera. Ya no hay parche curita que pueda tapar la herida, porque lo que sangra es un corazón abierto. “Las crisis son el motor esencial de los cambios”, este es el mantra que me ha salvado innumerables veces. Aplicarlo en tiempos turbulentos sería sabio consejo nuevamente. Ojalá este sea el comienzo del fin.

Es bien fácil caer en polaridades, en juicios y condenas, en discursos de terror, en miradas añejas, en opiniones sin análisis. Es fácil para muchos comprarse las frases superficiales ultra repetidas en la tele (mayoritariamente por el gobierno o por gente disuadida por él): “no es necesaria tanta violencia” -cuando todos sabemos que no hay nada más violento que la desigualdad social de las que por años el pueblo de Chile ha sido víctima-, “necesitamos paz” -¡como si paz se pudiera lograr sacando las tanquetas y militares a la calle, pero qué hipocresía!-  o “esto es un complot del comunismo” -alguno que otro señor pasado a años 70’s-. Todas esas cosas que uno escucha estos días como si estuviéramos en plena guerra fría de nuevo. Poco me importan las identificaciones y etiquetas. Solo trato de ofrecer mi mirada con la mayor amplitud que puedo, pero sobretodo con compasión: ¿Qué más se le puede pedir a un pueblo tan abusado como Chile? En serio…

Escasa es la inteligencia emocional para auto entenderse y entendernos, escazas son las herramientas para atender con la ira reprimida por tantos años. No solo no nos han enseñado con amor, no solo no nos han educado, sino todo lo contrario: nos han traumatizado. Años atrás, cuando el pueblo se empoderó, cuando el pueblo se unió por una visión y sueño en común, el sueño no solo fue violentamente destruido: el pueblo fue masacrado. ¿Qué más se puede esperar si esa herida aún sigue desatendida? ¿Es en serio realista pensar que la situación se podría sostener infinitamente? La ira y el enojo son emociones humanas normales que de hecho tienen la función de proteger y poner límites sanos. Es energía motor de vida, fuego puro, y bueno, cuando sale, quema. Sobretodo si ha estado guardada por un buen rato.

Y sí, es verdad: no sabemos como canalizar tanta energía aún, algunos nos saben como construir en vez de destruir. Pero no importa. Ya se aprenderá. Este es el primer paso: salir de la negación. Que venga lo que tenga que venir. La mejor guía que tenemos es actuar desde el amor y no desde el miedo. Nunca más desde el miedo. El que está más asustado es el gobierno, es el status quo, es el imperio que ve como todo se empieza a caer a pedazos y recurre a lo único que sabe hacer: orden y control por la fuerza. Que no te engañe lo que ves en la tele que son ellos los que dirigen el monopolio de la agresión y la delincuencia.

Solo quiero decir y recordar: la acción individual de cada uno, la intención que ponemos en lo que hacemos cuenta y mucho. Somos los creadores de nuestras vidas, no es solo nuestro derecho tomar el poder personal y colectivo de vuelta, es nuestro deber. Se lo debemos a nuestra historia dolorosa, se lo debemos a nuestra madre tierra que llora por atención y se lo debemos a las generaciones actuales y futuras. Quizá ante tamaña explosión volcánica sea útil recordar: luego de que los volcanes erupcionan la tierra del lugar se vuelve increíblemente fértil y todo brota. Invito a mirar nuestra propia geografía de país volcánico para encontrar las bellas metáforas que nos provee la naturaleza.

Poco y nada me importa si me consideran hippie, pachamamica, new age, inútil subversiva, política, no política, naive, pendeja o madura, posmoderna o hípster. Llámenme como quieran. Estoy haciendo lo que puedo a la distancia y sobre todo lo que me nace hacer, que es dejar este mensaje de fe e intencionar una vez más hoy día (y con toda la energía de Escorpión jugando en el cielo): Que sane Chile. Que sanemos todes.

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