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Alejandro Zambra: “Recién cuando haya una nueva Constitución vamos a vislumbrar la posibilidad de un nuevo comienzo”

Por: Elisa Montesinos / Publicado: 25.10.2019
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El escritor Alejandro Zambra sigue desde México los último acontecimientos en nuestro país, pegado a la radio y al teléfono. Por momentos le pesa no estar en Chile, protestando junto a sus amigos, y se emociona al saber que de alguna manera está. Alguien le compartió una foto de un extraño cartel con alternativas pegado en las calles de Santiago. Es una página de su libro Facsímil, utilizada como parte de la revuelta.
USO DE ILATIVOS
______________ las mil reformas que le han hecho, la Constitución de 1980 es una mierda.
A) Con
B) Debido a
C) A pesar de
D) Gracias a
E) No obstante

Así se lee en la página del libro de Alejandro Zambra, Facsímil, que alguien fotografió pegada a un paradero de micros en estos días de protesta. De alguna manera da cuenta de su mirada de la dictadura en la que creció, y que ha servido de telón de fondo para varios de sus libros.

–¿Cómo ves Chile en estos momento en que la realidad supera cualquier ficción? 

–Bueno, qué puedo decir. Piñera y su primo han enfrentado la crisis con pura arrogancia, autoritarismo y minuciosa estupidez. Aunque no esperaba nada de ellos y el solo hecho de que volvieran al poder sonaba a tragedia, duele e indigna comprobar de lo que son capaces (o incapaces). Y a la vez siento esa vertiginosa y contagiosa esperanza de que gracias a la valentía de la multitud manifestándose las cosas cambien de una vez por todas. 

Acabo de ver que unos chicos colgaron una hoja de Facsímil como cartel en las protestas chilenas y eso me emociona inmensamente, porque es una forma de estar presente. Hace tres años que vivo fuera y, aunque voy seguido a Chile, estos días siento la distancia de otra manera, multiplicada por mil. Paso todo el día pegado a la radio y a las redes sociales y hablando con mis amigos por teléfono en altavoz mientras juego con mi hijo y unas jirafas de lana oaxaqueña y me pregunto cómo voy a contarle, más adelante, esta historia. Cómo voy a contársela a él y a mí mismo. Tiempos como estos inevitablemente te llevan a preguntarte cuántos metros de felicidad necesitas, qué tanto estás dispuesto a ampliar la casa imaginaria donde caben todas las personas que quieres proteger.  

–¿Por qué te atrajo trabajar la dictadura en clave de ficción? 

–Creo que la ficción es una manera de aproximarse a la verdad. Siempre escribo para descubrir, con la mayor precisión posible, lo que pienso o lo que siento, o para poner en duda las convicciones propias y ajenas de las que sospecho. Formas de volver a casa es para mí una novela sobre la dificultad de distinguir la infancia de la dictadura, que en el caso de mi generación fueron simultáneas. Por lo demás, la infancia siempre es una especie de dictadura de los padres y también una ficción. Como creemos recordarlo todo y a la vez sabemos que recordamos imperfectamente, nos contamos la infancia a nosotros mismos como si fuera una novela. Es también, por supuesto, una novela sobre la lucha generacional y sobre legitimidades, sobre sueños rotos, sobre quiénes tienen el privilegio de contar la historia. Es una novela que quiere ir en contra de la autoridad del autor, por así decirlo. Me acuerdo que cuando la publiqué me topé con gente que me preguntaba, en aparente buena onda, por qué seguir hablando de la dictadura. Ahora está claro que no hay ningún aspecto del Chile actual que se pueda abordar sin hablar de la dictadura. Recién cuando haya una nueva constitución vamos a vislumbrar la posibilidad de un nuevo comienzo. 

Los relatos de Mis documentos salieron de un deseo de comprender la difícil juventud, para citar a Claudio Giaconi. Ese momento en que aparecieron simultáneamente la democracia y la adolescencia y las confundíamos también, porque te daban más permiso, te dejaban llegar más tarde, tenías quince años, y a veces creías que eso era la democracia. Los noventas me resultaban tan difíciles de narrar y de ahí salieron, del trabajo sobre esa dificultad, esos cuentos. 

Y Facsímil, bueno, es un libro sobre la educación como competencia desbocada, sobre la idea de triunfo que nos inculcaron, sobre la ilusión de una respuesta única, sobre ese dios-dictador que tenía todas las respuestas. Es mi libro más amargo, porque escribirlo fue un ejercicio autocrítico desolador. Me impresionó reparar, por ejemplo, en esa sección de la Prueba Verbal que se llamaba “Eliminación de oraciones”. Eliminar oraciones, censurar, eso nos enseñaban. Por suerte no metieron esa clase de ejercicios en la PSU, que igual es la misma mierda. También Facsímil es, por otra parte, un velado canto de amor a la literatura. A los dieciocho quería tenerlas todas buenas, pero muy pronto, a los veinte, la literatura dejó de ser puro juego o se volvió un juego radical: subvertir el plan de redacción, agregar oraciones en lugar de eliminarlas, reconquistar las palabras, el habla, el verdadero humor, la poesía. Escribir es ir en contra de las simplificaciones y de la estupidez.

–¿Cómo es para ti la relación entre escritura y ética, y quiénes fueron tus maestros en este sentido? 

–Asocio la ética a la porfía, a la persecución incesante de las obsesiones y al impulso autocrítico. Y a escribir, por lo tanto, no lo que está de moda ni lo que se espera de ti sino lo que te ilusiona y desestabiliza. Mis maestros fueron mis pares, mis amigos, nunca aprendí más que en esas tardes cerveceadas revisando nuestros manuscritos. Con Andrés Anwandter, por ejemplo, nunca hemos dejado de compartir todo lo que escribimos, son más de veinte años de interlocución permanente, a pesar de que hace la mitad de ese tiempo que no vivimos en el mismo país. Y más recientemente amigas como Alejandra Costamagna o Megan McDowell también me enseñaron mucho. Es una lista larga, claro, nunca me había hecho esa pregunta. O sea, me la había hecho pero no me la habían hecho. A ver: también tuve la suerte de conocer a poetas que admiraba desde chico, como Gonzalo Millán o Nicanor Parra, y al trabajar con ellos aprendí mucho, más sobre la vida que sobre la literatura, por supuesto. Y tuve profesores que me cambiaron la vida, como Soledad Bianchi o Ricardo Ferrada o Miguel Castillo Didier, que fue el maestro de varios de nosotros. La muerte de Floridor Pérez nos golpeó tanto justo porque él fue un maestro generoso y honesto y divertido. No quiero ni imaginar lo que Floridor sentiría al ver a los milicos de nuevo en las calles. También hay gente que vi muy poco, apenas un par de veces, y que soltaron un par de frases sin intención de enseñarme nada pero que se me quedaron grabadas para siempre. Me gusta esa categoría de maestros involuntarios, porque estoy seguro que Ramón Díaz Eterovic o Radomiro Spotorno o Eugenia Echeverría nunca se enteraron de lo importantes que fueron para mí. 

–¿Qué tipo de literatura y escritores te aburren además de Roberto Ampuero?

Jajaja, hace años que no leo a Ampuero, pero efectivamente me aburrí leyéndolo. Aunque lo prefiero como escritor antes que como canciller, por supuesto. Al menos, como escritor, puedes elegir no leerlo… Igual, hace tiempo que no me aburro leyendo, porque me puse caprichoso y apenas pierdo interés me cambio de libro. Hubo un tiempo en que leía libros esperando que fueran malos y cuando confirmaba mis prejuicios me sentía bien, qué imbécil. En un sentido general, los escritores que me aburren son esos que parecen estar pidiendo a gritos que los lean y en cuyos libros se advierte la siempre tan desapasionante intención de venderte la pomada. 

–¿Te sientes cómodo en México con tantos discursos de odio circulando? ¿Cuáles son tus lugares favoritos en la ciudad?

–Cuando me preguntan eso instintivamente digo que sí, aunque en realidad respondo otra pregunta, porque acá nació mi hijo, y adoro ser su padre y me gusta mucho la familia que armamos acá con él y su mamá. México es complejísimo, deslumbrante y arduo, como algunas fantasías, como algunas pesadillas. Y claro, casi siempre este país te proporciona motivos para decir que acá todo está peor. Yo sé que comparar países es un ejercicio tan inevitable como engañoso, porque fuerzas las diferencias o las semejanzas y al final corres el riesgo de no entender nada de nada o de habitar un lugar meramente imaginario y elegir las noticias de un país o de otro según quieras rabia o busques calma. Igual comparo todo el día, por supuesto, porque Santiago sigue siendo mi ciudad, ese verso de Kavafis, “la ciudad te seguirá”, es sabiduría pura. Hay días enteros en que me parece que vivo en Santiago, porque si miro por una ventana veo un paisaje de Avenida Matta y si miro por la otra veo una improbable mezcla de Ñuñoa y ciertas cuadras de Maipú. Tengo varios lugares favoritos, claro, pero lo que más me gusta es caminar por el Bosque de Chapultepec. 

El Santiago destruido y fervoroso de estos días cuesta narrarlo a los mexicanos, que han convivido tantos años con el horror. Bueno, cuesta narrarlo en general, porque es espantoso repasar los videos y asimilar de golpe las noticias en la radio y sentir que estás en falta, que deberías estar en las calles de Santiago, con tus amigos, protestando. 

–En Tema libre aparecen relatos que a tu juicio estaban fallidos y expones tu vida íntima sin el amparo de la ficción, ¿qué te animó a hacerlo?

–Probar algo diferente, profundizar en las contradicciones, empezar de nuevo. Siempre son deseos como esos los que me llevan a escribir. 

–¿En qué libro trabajas actualmente y qué puedes adelantar?

–Estuve los últimos años escribiendo varios libros a la vez y ahora empecé a terminarlos. En marzo sale mi novela Poeta chileno y hay otras dos que espero terminar y publicar pronto. También estoy metido en una larga crónica sobre el Instituto Nacional, que empecé hace como un año y medio, con la intención de completar otras cosas que escribí sobre el colegio y entender lo que entonces sucedía o comenzaba a suceder. Iba a publicarla en la Qué Pasa, pero la cerraron… Y luego el colegio se convirtió en un campo de batalla, como prefigurando este Chile de octubre, y seguí escribiendo esa crónica, que probablemente pronto voy a publicar, junto a otros textos anteriores, en forma de libro

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