País

La marcha más grande de la historia: por todos nuestros muertos

Por: Richard Sandoval / Publicado: 26.10.2019
marcha 10 /
El periodista Richard Sandoval recorre la Alameda, parque Bustamante y la periferia sur de la ciudad para dar cuenta de lo que se vive este viernes en una gran marcha histórica, una jornada que nadie sacará de nuestras cabezas, una jornada que para los mayores es un dejavú de 1988, una que partió horas atrás, de día, en el corazón de una nación sangrante que no tolera más.

La imagen parece sacada de otro país, pero es el nuestro. Debemos explicarle a nuestros cerebros que es nuestro Chile el que estamos viendo y sintiendo sobre este cemento convertido en océano de gentes nunca antes reunidas: son cientos las camionetas que van pasando, alegres, rebeldes, repletas de vecinos. Son hombres, mujeres, hasta niños que van apretujados en cabinas y pick up, levantando banderas chilenas, mapuche, exhaustos, sin dejar de dedicar consignas rumbo a la población, acercándose a sus casas, de a poquito, en un carnaval periférico de solidaridad. Nunca andar a dedo había tenido tanto sentido, con hambre, con sed y las patas hinchadas. Avanzan los autos llenos de protestantes con sus carteles guardados por avenida Recoleta, por Gran Avenida, Vicuña Mackenna, por una ciudad completa, por regiones inmensas desahogadas tras el grito más grande de la historia, el grito en comunión que pidió justicia, dignidad, igualdad, decencia en contra de Piñera y toda su casta de poder desestabilizado. Un grito por todas las muertes, de ayer y de hoy, por todos los atropellos, por todo lo que hemos pasado, por todos los bingos realizados en décadas para curar un cáncer, por toda la vida regalada al más miserable capital, por el ninguneo grosero de un gobierno anti derechos que hoy buscar cerrar la protesta por decreto, adueñándose de una fiesta furiosa que lo golpeó, sin hacerse cargo de sus propios crímenes, los más aberrantes crímenes, torturas, violaciones. El viernes se hace noche, el aire que corre ayuda a la frescura de una jornada que nadie sacará de nuestras cabezas, una jornada que para los mayores es un dejavú de 1988, una que partió horas atrás, de día, en el corazón de una nación sangrante que no tolera más.

Estar aquí a esta hora es histórico, sin dudas, no lo vamos a volver a sentir, quizás, dice Felipe, de San Bernardo. Apenas son las cuatro, los rayos golpean fuerte, pero el calor es mucho más humano que el producido por el sol. Nos costó tanto encontrarnos, que no nos vamos a soltar, dicen decenas de pancartas alzadas por niños, hinchas del Colo, la Unión, Coquimbo y de la U, mientras un helicóptero militar amenaza con su paso enfrentado por la bulla más grande producida, más que la de cualquier estadio, las pifias e insultos que se disparan con alegría, con el jolgorio propio de quienes se sienten en una fiesta, la fiesta de la exigencia de la justicia y la libertad. Por fin. Por fin. La marcha es historia para todos estos cientos de miles de jóvenes, de adultos y ancianos, pero también lo es para los que no alcanzaron a venir, para los que se murieron esperando este día del inexorable despertar del pueblo, como dijera que ocurriría Anita González de Recabarren, en su agonía, un año atrás. Los muertos están presentes en tantos carteles que ya parecen todos resucitados. Aquí estoy por ti mamita, y este sistema de salud que te mató antes de tiempo. Aquí estoy por ti papá, que te fuiste sin la pensión que merecías. Esa es la sensación de esta tarde que se va haciendo noche. Esta marcha, la más grande, la del inexorable despertar del pueblo, es por todos, por los que arriesgan su pellejo enfrentando a pacos y militares, por los que asesinó la democracia del consenso, y por los que vendrán, con la ilusión de otra patria que no sea esta y su forma de embudo, donde se exprime la pasión de los más desposeídos.

Piñera, secaste tu propio oasis, escribe en una esquina un joven y su spray. La Alameda y Providencia están repletas. Agobia tanta humanidad, tanto coche con perros y guaguas, tanto cuma, cuico, viejo y cabro chico. Se encontraron todos, de verdad, no como en los partidos de la Selección. Es el país entero el que está unido, realmente unido, reclamando el fin de la desigualdad que parece haberle dado piso a cuatro generaciones en este país. Hay gente que vino a solo regalar agua con los dispensadores de su pyme. Otros se organizaron para repartir panes. Hay personas de Til Til, de Melipilla, de todo Santiago, de todo Chile. Parece la ceremonia que pone fin, o intenta iniciar el fin de un tipo de Chile que a todos hartó, que a todos afectó, de alguna manera, que a tantos les asesinó a alguien, en el silencio de la democracia que es libre y da acceso al que logra endeudarse.

Foto: Agencia Uno

Esto es por todo lo que hemos sido, grita una mujer. Banderas rapa nui, magallánicas, palestinas, se hacen solo una. Una micro amarilla desbordada y luminosa se traslada al oriente, mientras al poniente arrancan miles de motoqueros que rugen como bestias, por Andrés Bello. Las estaciones de Metro ya se cierran y las familias, sin saber qué hora es, mientras en sus celulares revisan que acá ya hay un millón de personas, tratan de caminar entre el tumulto, sin saber a ciencia cierta cómo es que llegarán a casa. Pero no importa. La ciudad se convirtió en un eterno caminar. Un caminar con sentido. El de saber que con estos pasos se deja una constancia que no podrá ser efímera. La constancia de un país que el mundo observaba como el castillo de cristal de latinoamérica, pero que por la pura rabia de su pueblo, ahora aparece ante el primer mundo como lo que verdaderamente es: la cuna del neoliberalismo que quiere ser la tumba del mismo, porque ese neoliberalismo salvaje, maldito, criminal, se llevó tantos muertos, abusó tanto tiempo, se burló de tal manera de cada uno de los chilenos en las calles, que por naturaleza humana llegó la hora de pararle la mano. Y que caiga quien tenga que caer, que este viernes de la marcha más grande, no será para nadie, en esta soberana nación, en vano.

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