Cartas

El advenimiento de la normalidad

Por: Christopher Rosales Tognarelli, Escritor / Publicado: 27.10.2019
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La bajada del toque de queda y el muy probable levantamiento del estado de emergencia, parecen logros, sin embargo, son señales de una (re)imposición de un sistema alienante y colmado de indignidad que de momento no ha sido tocado: el sistema de AFPs sigue incólume, el endeudamiento universitario aún nos acosa, el acceso a la vivienda persiste imposible, la constitución dictatorial perdura y así en una larga lista de dolores y abusos. ¿De qué han servido nuestros muertos hasta ahora?

Más allá de las hermosas postales que dejó la marcha más grande de la historia y la enorme sensación de unidad entre quienes caminábamos y saltábamos alzando la voz en contra de los gobernantes, hay un elemento triste o a lo menos preocupante que es urgente revisar de todo esto. Existe un gesto astuto y macabro en la apropiación de la marcha por parte de los propios interpelados. Piñera Felicitándonos por la lección y el mensaje, mientras en las calles se pedía su renuncia; Erika Olivera, una de las iniciadoras del irrisorio concepto Chilezuela, quien junto a Camila Flores rompió la imagen que recordaba a los muertos que ha dejado la represión durante estos días, hablando de una marcha emocionante y pacífica; José Antonio Kast, luego de repudiar cada manifestación habida por inmoral, violenta y poco representativa, valorando su masividad, transversalidad y el carácter pacífico de la de ahora; ¡Camila Flores hablando de luz de esperanza tras la marcha!, entre otros tantos mensajes provenientes de la misma clase que provocó esta explosión ¿no es a lo menos sospechosa esa voltereta discursiva?

El asunto estriba en una buena lectura política de parte de la clase dominante, que los medios tradicionales —era que no— han contribuido en buena medida a difundir. No es pura ironía que tras la marcha más grande la historia del país, los discursos apunten al restablecimiento de la normalidad y no a los cambios que esta misma exigía multitudinariamente. Es paradójico que el desgaste del movimiento se lea no en la ausencia de participantes, sino en su máximo logro, a saber, su incontrastable masividad, pues es muy probable que no vuelva a haber una marcha tan numerosa en muchísimo tiempo. Esto último, desde una lectura insidiosa, tendenciosa, pero efectiva, no significa nada más que la apuesta por la deslegitimación de cualquier marcha y manifestación que de aquí en adelante siga resistiéndose al llamado a la normalidad; por numerosas que sean estas, mientras sea menor la convocatoria, su transversalidad y legitimidad podrá ser puesta en cuestión.

El advenimiento de la normalidad, redentora, pulcra, símbolo de un triunfo endorsado a nuestras demandas, pero que realmente nunca pedimos, deja el movimiento de la ciudadanía en un punto muerto del que será difícil salir. Pareciera vendérsele como una fuerza nueva y plural, un verdadero giro, pero que no es más que la vuelta a lo mismo y hasta peor, en tanto es un “lo mismo” vestido con trapos nuevos. La bajada del toque de queda y el muy probable levantamiento del estado de emergencia, parecen logros, sin embargo, son señales de una (re)imposición de un sistema alienante y colmado de indignidad que de momento no ha sido tocado: el sistema de AFPs sigue incólume, el endeudamiento universitario aún nos acosa, el acceso a la vivienda persiste imposible, la constitución dictatorial perdura y así en una larga lista de dolores y abusos. ¿De qué han servido nuestros muertos hasta ahora?

Esto, desde luego, no es un llamado a la rendición, sino simplemente a la constatación de un miedo mayor y muy personal que supera al de represión con su llamado armado al orden: el miedo al diabólico peso de la normalidad. Si esta se impone, podría ser una señal muy fuerte de que nada habrá valido la pena e imagino nadie quiere algo así. Al menos nadie de este lado del tablero. Con todo, el desaliento que reviste estas líneas, sigue cargado de una fuerza importante y que no es otra que, como diría Žižek, la fuerza de la desesperanza: “Solo cuando desesperamos y ya no sabemos qué hacer, podemos llevar a cabo el cambio”. Y la desesperanza es siempre violenta. De ahí que quienes ensalzan con ímpetu la paz, sean los mismos que hace apenas unos días nos declaraban la guerra.

Por eso, lejos de celebrar la marcha que tan alegremente viví, sospecho de sus frutos y hago un llamado a la sospecha también; ya lo dijo el poeta Mayakovsky: “Primero,/hay que transformar la vida;/una vez transformada,/podremos cantarla”. Y en eso estamos. Sigamos siendo como yogures comprados en la feria: aparentemente vencidos o a punto de vencer.

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