Opinión

Un intelectual público que perdió la brújula

Por: Bernardo Subercaseaux / Publicado: 27.10.2019
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No se da cuenta el señor Peña que los jóvenes están insertos en un engranaje intergeneracional y que por sus venas corre la memoria histórica. Para el profesor Peña se trata de un movimiento que por no tener una dirección política y una razón de fondo es “pulsional”. Considerarlo como signo de un agotamiento y crisis de un modelo, y como posible inicio de un cambio hacia algo nuevo, es, afirma, una “tontería”. El hecho de que el movimiento sea inorgánico –lo que es su más y su menos- no significa que no tenga foco. Peña lo percibe únicamente como desorden público, como un alboroto que cruza la raya de las normas de una convivencia racional. A partir de este diagnóstico ¿cómo debe resolverse la crisis que estamos viviendo? Según él poniendo orden por el Estado, a través de quienes tienen el monopolio legítimo de las armas, las Fuerzas armadas y a Carabineros.

El Rector de la Universidad Diego Portales Profesor Carlos Peña es considerado en los medios de comunicación tradicionales,  y en sectores independientes, de centro izquierda y de centro derecha, incluso en el mundo académico, como uno de los intelectuales públicos más lúcidos del país. La Moneda hace unos días lo cito para una mini cumbre de intelectuales, el Presidente quería escucharlo. En ocasiones uno mismo ha celebrado algunas de sus columnas dominicales, cuando aborda temas valóricos desde una perspectiva libertaria. Este último mes, sin embargo,  hay dos posturas de este mediático intelectual público, que resultan inusitadas, una por discutible o poco transparente  y la otra por ser francamente equivoca. La primera se refiere al Informe en Derecho sobre la acusación constitucional contra la Ministra Cubillos, presentada hace unas semanas al Congreso  por la oposición. No tengo competencia para opinar si el Informe en Derecho del profesor Peña estaba bien fundado o no, lo que si me resulta poco transparente es que un Rector de una Universidad que recibe fondos del Ministerio de Educación, un Rector que pertenece al Consejo de Rectores  y que está involucrado en discusiones relativas a la gratuidad y a las políticas de educación superior, haya realizado y publicado un informe favorable a la Ministra del área, documento al que el Diario El Mercurio le otorgó  gran difusión. Me asalta incluso una pregunta que creo legítima: ¿lo hizo de motu propio o por encargo?

La segunda, que es tendenciosamente equivocada, es su diagnóstico y análisis de lo que estamos viviendo en el país, diagnóstico que se ha difundido ampliamente en entrevistas por canales de televisión y radios. También en redes sociales en sectores de derecha que lo consideran brillante. Desde mi punto de vista el Rector se equivoca en varios aspectos. Describe lo que está ocurriendo como un “estallido emocional de índole generacional”, utiliza también el concepto de “pulsión”, habla de un “movimiento pulsional” (el concepto de pulsión proviene del sicoanálisis, es la energía síquica que dirige la acción hacia un fin, la pulsión requiere cierta voluntad del sujeto, a diferencia del instinto que es congénito y propio de la especie). Se suele hablar de “pulsión sexual”, la que se descarga  cuando el fin se consigue. De allí que tenga el carácter – y en ese sentido lo usa el Rector-  de algo pasajero, liviano, solo emocional. (A menudo en sus textos Peña ocupa el sicoanálisis para destruir y no para construir). ¿Pero obedece realmente a una “pulsión” fugaz y transitoria lo que está sucediendo? En una marcha vi una mujer, no joven, con un cartel que decía “Por ti mamita que te fuiste temprano por esta mierda de salud pública”. Otro cartel decía “No son 30 pesos, son 30 años”. Lejos de ser superficial estamos ante un movimiento al que subyace una profundidad histórica de reclamos, provenientes de un modelo diseñado en la dictadura, y cuyas marcas fundamentales persisten hasta hoy.

Descalificarlo al movimiento porque es básicamente de jóvenes, es una postura que la historia contradice, basta pensar en la juventud y el movimiento romántico, en la revolución francesa, en la Reforma Universitaria de Córdoba, en la nueva canción chilena y en la reforma universitaria del 68 en Chile. Menospreciar a los jóvenes y decir que han sido idealizados es también un contrasentido personal para un Rector de una Universidad en que los jóvenes son sus principales y únicos clientes. O sea, para el Rector, detrás de lo ocurrido no hay una postura política reflexionada y racional. Es una rebelión sin reflexión. Es posible que con respecto a los saqueos sea así pero no con los miles y miles que se han pronunciado pacíficamente y que constituyen la columna vertebral del movimiento. Columna vertebral que rechaza la violencia venga de aquí o de allá. No se da cuenta el señor Peña que los jóvenes están insertos en un engranaje intergeneracional y que por sus venas corre la memoria histórica. Para el profesor Peña se trata de un movimiento que por no tener una dirección política y una razón de fondo es “pulsional”. Considerarlo como signo de un agotamiento y crisis de un modelo, y como  posible inicio de  un cambio hacia algo nuevo, es, afirma, una “tontería”. El hecho de que el movimiento sea inorgánico –lo que es su más y su menos- no significa que no tenga foco. Peña lo percibe únicamente como desorden público, como un alboroto que cruza la raya de las normas de una convivencia racional. A partir de este diagnóstico ¿cómo debe resolverse la crisis que estamos viviendo? Según él poniendo orden por el Estado, a través de quienes tienen el  monopolio legítimo de las armas, las Fuerzas armadas y a Carabineros. Parece no darse cuenta el Rector de lo que está sucediendo, no se ha percatado del uso abusivo de las armas y de una situación de Estado de Emergencia con toque de queda, que ha significado apremios ilegítimos y docenas de  muertos por las balas y los excesos de  los agentes del Estado, hechos que incluso han sido denunciados por el órgano oficial de Derechos Humanos del propio Gobierno. Tampoco se ha percatado de la táctica de las Fuerzas Armadas y Carabineros (por orden probablemente del Ministerio del Interior) de desatender los saqueos, para que filmados por  los canales de televisión permitiendo así criminalizar el movimiento. Con mis propios ojos vi en la red un video en que un militar parado arriba de un camión (solo uno, no había más) autorizaba a un grupo significativo de personas (una verdadera turba) para que ingresaran a un supermercado y se llevaran todo lo que encontrasen, siempre –decía- que no hagan daño. Los dueños dijo-con un megáfono- así lo han autorizado. La represión y las armas (que recuerdan un pasado ominoso, y son por ende contraproducentes) no bastan -como piensa el profesor Peña-  para restablecer el orden público, a corto y mediano plazo los problemas políticos requieren soluciones políticas.

Finalmente una vez restaurado el orden las propuestas que se hagan con respecto a las demandas de la población deberán ser debatidas –piensa el profesor Peña-  solamente en el Congreso, para nada tiene presente la posibilidad de un gran pacto social en que participen los partidos pero también organizaciones gremiales (por lo menos de la salud y de la educación) y representantes de un amplio espectro de  la sociedad civil. Menos todavía la posibilidad de una nueva Constitución que atienda de una vez, entre otros temas,  el carácter plurinacional del país (en términos culturales  y políticos). Su perspectiva no sale del contexto de una democracia restringida y a estas alturas bastante oxidada. La razón institucional del statu quo parece ser para el Rector  Peña la única dueña de la casa.

Por otra parte su visión de los sectores medios,  la sociedad integrada  a la que reconoce involucrados en el movimiento, la percibe como una clase media (o como un sector que ha devenido tal)  incrementando su bienestar en una sociedad individualista, siguiendo un camino que según su punto de vista esta pavimentado exclusivamente por el consumo, que es para ellos su único fin y la base de su felicidad. Visión pedestre y limitada de lo que es una modernidad basada únicamente en el mercado y en el consumo, mirada que de paso descalifica a los sectores medios que también aspiran, como lo están demostrando hoy día, a una modernidad integral, que contemple las cuatro patas de la mesa: el componente político, el económico, el social y  el cultural, una mesa que si solo se sostiene en una de esas patas, tambalea, y corre el riesgo de volcarse. Es una lástima que un intelectual público percibido como inteligente, se haya equivocado tan rotundamente respecto a la crisis que estamos viviendo. Y es una lástima también que los medios lo conviertan en un analista destacado de lo que está ocurriendo.

Bernardo Subercaseaux
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