Cartas

Jaulas en rebelión

Por: Victoria Aldunate Morales / Publicado: 02.11.2019
abusos /
“No podemos entregar este potencial a la re-adecuación (neo) liberal y racista de un nuevo pacto transicional”… Es la frase de una feminista que tras una resistencia armada, llegó a la autonomía del feminismo. Yo la apoyo. En este rincón del mundo, cualquier esfuerzo político feminista sin autonomía, clase y territorio, perderá todo sentido transformador radical, y no necesitamos nada menos que eso.

Estos días la he recordado más. No porque sea activista, luchadora social, feminista o mártir (no es nada de eso), sino por su rabia y resentimiento con la vida. Sé que somos la gente de estos territorios, la responsable de nuestros destinos y con eso, de los destinos de mierda que ella y otras han recibido.

Empezó a consumir alcohol de adulta, con hijos, “casada por las leyes”, y me relató que lo hizo para acompañar a su marido, pero especialmente para que la familia de él, la aceptara. Luego pasaron juntos a la pasta “y todo fue peor”. Igual nunca la llegaron a aceptar, pues se ha separado de él cada vez que la ha agredido. Y ya sabemos que esta “familia” que tanto le gusta manosear en sus discursos a la Dere$ha patriota, suele operar como pandilla, coludida contra ti, si les denuncias a sus hombres.

“Pero siempre vuelvo po. ¿Tú cachai que vuelvo aunque sé que no tengo que volver?, ¿tú entendís por qué?, ¿tú cachai que debería cuidar a mis hijos, pero no lo hago como ellos se merecen? Sé que esta cuestión me pasa porque soy mujer y pobre y sola en el mundo, y sé que mi mamá lo hizo como las wevas, pero hizo lo que pudo, que este mundo es injusto con ella y conmigo y con toda la gente como yo, y que los ricos que nos estrujan, las sacan pelas, y que habría que botar a estos desgraciados del poder, y que robarle a un rico tiene como mil años de perdón po…”.

No olvido nuestras conversaciones sobre violencia, su profundidad que me enseñó cosas que no sabía. Y no me enoja en absoluto que luego de comprender tanto y reírnos y llorar, “igual la hiciera”, como dicen algunos “profesionales”. Aprendí que no se trata de la comunidad ni menos de mí, ni de “los profesionales”, ni siquiera solo de ella, sino de todo este mundo y su transcurrir. Que se trata de 500 años de colonialidad y hoy en $hile, de 46 años de vejaciones.

Ella es una mujer que nació en los 80 cuando ya todo se estaba yendo al canasto de la basura de los pactos entre cúpulas partidistas. La imagen más potente que tengo de su relato es recordarse a los 3 años “bajo una mesón en que distribuían comida a las niñas del SENAME, con el poto cagado, todo cocido, toda meada, llorando por horas y nadie me escuchaba…”. A esa edad llegó a SENAME, su madre se había ido a trabajar a la ciudad y nunca más apareció, el resto de la familia no la podía cuidar. La consultante de la que hablo, soñaba mucho con esa imagen y cada vez que la recuerdo, me conmociona.

Tenemos unos saqueos bien merecidos, como diría mi abuela. Una insurrección popular en marcha y nos oponen sus ya tradicionales Crímenes Contra la Humanidad. Vomito en todas sus tradiciones, patriotismos y banderas. Nos proponen una falsa “Unidad” cabildeada,-así como si estuviéramos en la Colonia criolla-. “Cabildos” fundamentalmente surgidos desde instituciones municipales, con lenguajes leguleyos, ciudadanos, liberales para consumidores y letrados… Nos invitan a “unirnos” con quienes nos explotan,  nos arrebatan la existencia y nos han robado por 46 años una felicidad que sólo puede ser colectiva, o no es. Si no, es una pura performance liberal: corazoncitos coloridos en redes sociales, discursos de libertades individuales y esfuerzo personal. Una sociedad así, a la mujer de la que hablo, solo la va señalar como “saqueadora”, la va a denostar, la va a borrar. Se me enciende el corazón de dolor, uno que ya se había desbordado el viernes 18 de octubre cuando esto empezó. Salíamos de una audiencia de familia en Pudahuel con otras mujeres. Una de ellas había ido a probar que su casa es su casa incluso ahora que se separó del marido agresor. Nos había ido mal y nos sentamos en un boliche a tomar café y comer torta porque eso alegra. Igualmente, logramos reír de cómo cada una nos hemos ido haciendo feministas, y de lo qué la gente a nuestro alrededor imagina por “feminismo”. Hablamos de las poblaciones en que vivimos y de lo mucho que nos está costando la vida cotidiana. Volvimos al metro y ahí en “Plaza de  Armas” estaban ellas, sonrientes y desafiantes, prendiendo la mecha de esta insurrección. Las secundarias de Liceos y colegios pobres, violentadas desde niñas por “la familia” cómplice de tanto abuso, acosadas en las calles por la masculinidad pedófila desde que sus cuerpos comenzaron a crecer; niños y niñas que han sido perseguidas por todos los Gobiernos cuando han confrontado al poder, llegando con Piñera a una de las máximas expresiones de represión en $hile hacia las secundarias: “Aula Segura” que su relevante movimiento ha llamado “Jaula Segura”. Con ellas se me desbordó el corazón de gozo como hoy se me enciende de un dolor conocido, el de la frustración de intuir “Pactos Neoliberales” en camino. Dudosos, perversos y bizarros… Y es que ya lo hemos visto. Parte del feminismo autónomo desarrollado en los años 90 y 2000 en Santiago, otras ciudades del Norte y algunas ciudades de Wallmapu, surgió y se desarrolló justamente desde esa vivencia que hoy se manifiesta en todo el país.

“No podemos entregar este potencial a la re-adecuación (neo) liberal y racista de un nuevo pacto transicional”… Es la frase de una feminista que tras una resistencia armada, llegó a la autonomía del feminismo. Yo la apoyo. En este rincón del mundo, cualquier esfuerzo político feminista sin autonomía, clase y territorio, perderá todo sentido transformador radical, y no necesitamos nada menos que eso.

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