Opinión

El momento medieval

Por: Federico Galende / Publicado: 06.11.2019
No es que los pueblos se cansen, se cansan de haber vivido cansados, de haber vivido oprimidos, de ser hijos callados de las explicaciones y las teorías bien afiatadas, de ser el objeto perpetuo de la bulliciosa distancia reflexiva. De ahí que su contestación no sea otra que la paradójica forma de un ritual libre que traspasa los guiones, las moralejas y las enseñanzas pronunciadas con paños fríos. Una respuesta que subordina colectivamente la puesta en forma a un mero contagio inmanente de las potencias sensibles. Se abre ese ciclo -el gran ciclo de la transfusión de las potencias-, la gente sale a las calles, lamenta sus muertos, salta y se abraza y después de esto nadie regresa en las mismas condiciones a casa.

Es natural que cuando los pueblos asoman, las ideas callen o se extravíen. No es raro que se sientan desatinadas en el corazón de un festín que se es suficiente a sí mismo y disfruta al calor de los cuerpos que se entrecruzan formando su añorado todo sensible. Lo mismo le ocurre a las palabras, que circulan por fin libremente sin responder a la oprobiosa presión de la idea. La sublevación es la totalidad feliz del momento menos la frialdad de la idea, un momento poético en el que las palabras definen libremente sus modos de conjugarse. Al interior de ese momento, instante eterno, las palabras derivan y se abrazan, todas parecen rimar, así como pierden entre sí distancia los cuerpos, que se enhebran en un pensamiento físico y libertario.

Las danzas de las campesinas, las fiestas de los labradores, las bodas regadas con vino, las celebraciones de las cosechas pudieron ser en el medioevo tardío pintadas por el segundo Brueghel, así como se permitió Bajtín renunciar a algunas de sus investigaciones más pulidas para desplegar un gran libro sobre la risa. Estas formaron parte siempre de un culto cómico, ajenos a la petulancia de las ceremonias oficiales de un mundo que no hizo en la historia otra cosa que oprimir a los pueblos. No ignoran -ni ignorarán nunca- esos pueblos las costumbres abyectas de los funcionarios de los palacios, cuyos poderes abstractos, como escribió Sebald, se alimentaron históricamente de la pobreza concreta de los que no tienen nada.

Pero la risa es una forma de resistencia, una bella forma de desobedecer transversalmente el tráfago amargo de la historia. Sabemos que la burguesía se hizo a posteriori de esa risa para sublimarla en la ironía, pero la ironía tiene el defecto de ser una forma. Y la risa festiva no pertenece al mundo de las formas. No pertenece a ese mundo, así como no pertenecen tampoco las sublevaciones del pueblo al ámbito de la historia.

“Momento”: en realidad es un buen término para dar cuenta de los remolinos de tiempo en los que esta lógica logró invertirse. Un momento único y bello, en parte porque es libre de su por qué y porque su forma de resistencia opera simplemente como un comienzo repleto de sí. Este momento pleno de sí es el de la sublevación. Pero ¿qué es una sublevación? Una sublevación es una especie de revolución indocumentada, sin papeles, la merecida fiesta de quienes se levantan de improviso contra todos los amos, no contra éste o aquel en particular, sino contra ese amo que es el discurso, contra ese amo que es el saber, la palabra del pensador público, la experiencia fálica de la historia con sus caramelitos y sus promesas improbadas y sus catástrofes aleccionadoras.

No es que los pueblos se cansen, se cansan de haber vivido cansados, de haber vivido oprimidos, de ser hijos callados de las explicaciones y las teorías bien afiatadas, de ser el objeto perpetuo de la bulliciosa distancia reflexiva. De ahí que su contestación no sea otra que la paradójica forma de un ritual libre que traspasa los guiones, las moralejas y las enseñanzas pronunciadas con paños fríos. Una respuesta que subordina colectivamente la puesta en forma a un mero contagio inmanente de las potencias sensibles. Se abre ese ciclo -el gran ciclo de la transfusión de las potencias-, la gente sale a las calles, lamenta sus muertos, salta y se abraza y después de esto nadie regresa en las mismas condiciones a casa. Nadie regresa en las mismas condiciones en las que salió; se es inevitablemente distinto porque en el lugar de la interpretosis, como diría Deleuze, ha obrado la experimentación, que pensada de cierta manera no es más que una extensión en lo impropio, una aventura de lo conocido en lo desconocido.

Como consecuencia de esto, los despuntes singulares que hasta hace unos días cada uno de nosotros se atribuía a sí mismo también han sufrido una poda. Perdimos un pedazo en las marchas y nos vinimos con otro. ¿Qué fue de lo que fui? Es una pregunta justa, la única pregunta justa del pensamiento. Lo sabían Canetti o Foucault, quienes coincidiendo de manera distinta en mutar el cronograma de la revolución por el mapa de las resistencias, confluían en la observación genial de que debemos en estos momentos ser los perros de nuestra época y, a la vez, sus más acérrimos enemigos.

En una brillante conversación de 1979 con Farès Sasine (se titula Sublevarse y acaba de ser traducida recientemente al castellano por Soledad Nivoli), Foucault vuelve a la carga con el asunto cuando señala que la tarea de la intelectual -del intelectual- frente a las sublevaciones es la de acechar por debajo de la historia, velar tras la política y prestar particular atención a todo lo que contrarreste los excesos del poder. Como la nuestra, ojalá, esa tarea reside en poner la oreja en las singularidades que se entrecruzan en las esquinas, en las plazas y las calles para escuchar atentamente los remansos con que esta revuelta tan noble agita las aguas de la historia o las desvía del curso en el que siempre tiende a caer.

Son hendiduras, cortes, momentos plenos de los que se deriva la potencia de una lucha contra la reflexión, a la que en ocasiones es necesario acallar. Se ha sufrido ya demasiado, se ha padecido demasiado dolor, pero este momento es nuestro, de todas, de todos. Un dolor que tendrá también sus despuntes, sus causas, sus pronunciamientos. Uno ve esta fiesta en la calle y no necesita preguntarle algo a los expertos; basta con la frase de Nietzsche sobre el final de El origen de la tragedia: Cuánto habrá tenido que sufrir este pueblo para acabar siendo tan bello.

Hoy tenemos en Chile al pueblo más bello del mundo. No sabemos si será así mañana, pero falta mucho para mañana.

Federico Galende
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