Cultura

Apaga la tele

Por: David Bustos / Publicado: 07.11.2019
donfrancisco / Foto: Agencia Uno
A la televisión y, por qué no decirlo, al gobierno, le queda la última gran prueba por recuperar la normalidad, la Teletón (29 y 30 de noviembre), donde el sumo sacerdote de los medios de comunicación, don Francisco, convocará nuevamente al país entero a unirse bajo una misma causa solidaria. Veremos qué es lo que ocurre, veremos cómo se reacciona a este rito nacional, cuando justamente en las calles, en las esquinas, en cada uno de los rincones de Chile se está pidiendo un sistema más solidario y justo para todos.

En la primavera chilena o el despertar de Chile existen varias miradas del fenómeno, pero la principal y la que engloba una conclusión al problema, es la caída del modelo neoliberal. El derrumbe de los principios del neoliberalismo abre una serie de preguntas y cuestionamientos institucionales. Y la televisión no está ajena, todo lo contrario, está en la mira de los ciudadanos, es considerada uno de los medios con más baja credibilidad. Esta falta de credibilidad, exacerbada por el espectáculo en el tratamiento editorial de las manifestaciones de octubre, en que no se habla de sus razones, de cómo llegamos a esto, sino que más bien se concentra en la violencia y saqueos, ha tenido como consecuencia o corolario, su ilegitimidad. 

La televisión desde finales de los 70, cuando se deroga la ley de financiamiento parcial del Estado a los canales de televisión, inicia una carrera por el autofinanciamiento, dejando a las empresas y los grandes capitales en manos de los medios de comunicación mediante la publicidad. Recordemos que la televisión nace a finales de los 60 desde una plataforma universitaria con una fuerte vocación cultural y educativa. Hoy, en cambio, se ha orientado a exacerbar el consumo.

La televisión chilena comercial ha sido el efecto narcótico que ha inoculado el consumismo en la sociedad, entregando la falsa idea de que si tú consumes y accedes a ciertos productos (crédito mediante) puedes acceder al ascenso social, y no al revés, que el ascenso social tiene como consecuencia el consumo. Las empresas monopólicas que dominan la cultura y han producido esta suerte de esclavitud mental en que nos encontramos han utilizado a la televisión como medio clave. Hay que decir que estamos ante los últimos estertores de esa realidad, la televisión está en el suelo, qué duda cabe y  la gente se ha manifestado llegando hasta las puertas de los canales, objetando derechamente su credibilidad. Un ejemplo curioso de aquello es el nombre de Karol Dance, que se ha repetido dentro de las consignas en los manifestantes, que lo han elegido como ícono (genio y figura) en el que se cristaliza la anomalía de un medio abusivo. Este castigo que hasta hace poco era reconocimiento, fama y fortuna, ha tenido un vuelco. No es necesario forzar a la memoria para establecer la cantidad de diputados y alcaldes que han llegado gracias a la televisión a estos espacios de administración pública y de la legislatura.

Ahora, esto no ocurrió de la noche a la mañana, son 30 años y más de televisión acumulados en el cuerpo de todos los chilenos, un largo período —dictadura de Pinochet mediante e imperante—  en que esta ha estado al servicio de los intereses comerciales de los grupos de poder (político y económico), donde el famoso dispositivo de medición de audiencia ha sido el people meter que ha regido el aumento o caída de rating. Hemos sido testigos a lo largo de estos años de cómo programas y ficciones de calidad han sido sacados de pantalla de la noche a la mañana por este famoso factor de medición con el que los canales bailan al ritmo de sus auspiciadores. 

Como me recordaba el escritor Jorge Polanco el otro día en una conversación acerca de la contingencia social, esto comienza a fraguarse cuando algunos reporteros salen a la calle a preguntarle a la gente por las manifestaciones y comienzan a irrumpir opiniones en vivo discordantes, donde se invierte la lógica criminalizadora y surgen espontáneamente  las reivindicaciones del movimiento con toda su fuerza. Recuerdo una en especial, en los primeros días del movimiento social, la de una señora en el paradero de micro atestado de gente. El reportero que espera su cuña evidentemente sancionadora a la revuelta social, elige astutamente a la señora para que se queje de los estudiantes y su vandalismo, y ocurre exactamente lo contrario, la señora dice que agradece a los estudiantes que están diciendo y haciendo lo que ellos no fueron capaces en todos estos años, porque fueron unos cobardes. Esa cuña reporteril y otras se repitieron en la redes sociales expansivamente, transformándose en puntos de inflexión, cuestión que no deja de ser relevante, ya que otras plataformas digitales vuelven a torcer la hegemonía de la televisión como medio masivo. 

Ahora con el paso de las semanas, por goteo (salvo honrosas excepciones), los medios han constatado que la transversalidad de la demanda, el que “se vayan todos”, es un clamor popular y no un grupo caricaturizado de chiquillos desadaptados que desean destruirlo todo. Estamos hablando de un modo de vida neoliberal profundamente injusto y castigador, para no decir cruel y despiadado, que está rodando cuesta abajo en el precipicio.

Obviamente esto va en contra de los intereses de los grandes capitales, no hay que ser un estadista para darse cuenta. Tampoco hay que ser muy astuto para entender que el gobierno aspira a volver lo más pronto posible a la normalidad para que la gente siga consumiendo y endeudándose; el sistema funciona de esa manera, y para ellos es urgente que las piezas del tablero sigan donde mismo. Además, aunque quisieran o desearan (cuestión que evidentemente no ocurre) no tienen las herramientas y los recursos intelectuales y morales para pensar en algo estructuralmente distinto. El problema son ellos mismos y el sistema político entero, y sería absurdo esperar que cometieran suicidio.

Sin embargo a la televisión y, por qué no decirlo, al gobierno, le queda la última gran prueba por recuperar la normalidad, la Teletón (29 y 30 de noviembre), donde el sumo sacerdote de los medios de comunicación, don Francisco, convocará nuevamente al país entero a unirse bajo una misma causa solidaria. Veremos qué es lo que ocurre, veremos cómo se reacciona a este rito nacional, cuando justamente en las calles, en las esquinas, en cada uno de los rincones de Chile se está pidiendo un sistema más solidario y justo para todos. Veremos si el último bastión de los medios de comunicación sucumbe o no. El dato duro es que la gente ya no está frente al televisor, está poniendo el cuerpo en las calles y tiene la palabra. Chile despertó y se ha tornado en el insomnio de los poderosos. La televisión por el momento se mantiene apagada.

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