Opinión

Bolivia: La militarización de un diálogo de sordos

Por: Bruno Bosteels / Publicado: 23.11.2019
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Nos encontramos ante un diálogo de sordos, penoso pero muy ruidoso. Incluso cuando hay aceptación de que lo que ocurre hoy, desde la llegada al poder de la autoproclamada presidenta, como ya indicaba su decisión de instalar primero a los nuevos mandos militares antes de componer su gabinete, y como luego confirmó su decreto que da impunidad a los militares para matar, es el regreso violento de la clase media blanca, racista, cristiana, neocolonialista y fundamentalista, en la primera lógica no parece haber lugar para reconocer ni que fue un golpe el que sacó a Evo del país ni tampoco que Evo, con todas las posibles irregularidades que todavía no estaban probadas por la OEA cuando las fuerzas armadas le “sugirieron” que renunciara, ganó las elecciones.

Parece que todo el mundo tiene que expresarse sobre lo que está ocurriendo en Bolivia. No sólo tener una opinión, sino expresarla públicamente. Gritarla a los cuatro vientos desde el lugar que sea: columna en el periódico, blog o “post” en Facebook, entrevista en la radio o en la tele.

Mientras que el número de muertes sigue aumentando, la intelectualidad latinoamericana e internacional se siente en el deber moral o profesional de opinar.  Y, sobre todo, más que opinar, se siente con la obligación de juzgar.

Juzgar: a favor o en contra. ¿A favor o en contra de qué? De todo, pero por lo menos acerca de tres asuntos, siguiendo una cuenta regresiva en el tiempo: 1) si hubo golpe de Estado, 2) si hubo fraude electoral, 3) si hubo graves problemas internos en el gobierno del MAS bajo Evo.

Los juicios de la intelectualidad mundial acerca de estos tres asuntos parecen ordenarse lógicamente, como si las respuestas—siempre contundentes—cayeran una tras otra, como piezas de dominó en fila. De este modo se empiezan a perfilar dos series, o dos bandos. Hay quienes prefieren 1) no hablar de un golpe de Estado porque 2) hubo fraude electoral para tapar el hecho de que 3) los problemas con el gobierno del MAS son a la vez múltiples (aquí los ejemplos varían pero incluyen la corrupción, el clientelismo, el autoritarismo, el extractivismo, la misoginia y la homofobia) y anteriores al momento actual (aquí, como prueba de tal anterioridad, las críticas remontan a la falta de intervención estatal para controlar el incendio forestal reciente en la Chiquitanía, síntoma entre otros del impulso neo-extractivista, a la decisión de ignorar el referendo de febrero 21 de 2016, a la represión de 2011 en el TIPNIS, sino incluso antes, a la decepción por la forma en que se llevó a cabo la Asamblea Constituyente de 2006). Por otro lado, aunque son una minoría quizá existente solamente en la imaginación del primer grupo, hay quienes insisten en la importancia de afirmar conjuntamente que 1) sí hubo un golpe cívico-militar que obligó a Evo y Álvaro García Linera a buscar asilo en México, 2) el fraude electoral oficialmente no está comprobado, ni siquiera por parte de la OEA, y 3) el gobierno del MAS entre todos los gobiernos de la marea rosada ha sido el experimento más radical y exitoso de un Estado plurinacional progresista.

Parece como si estas dos cadenas argumentativas fueran estrictamente paralelas e incompatibles. Nos encontramos ante un diálogo de sordos, penoso pero muy ruidoso. Incluso cuando hay aceptación de que lo que ocurre hoy, desde la llegada al poder de la autoproclamada presidenta, como ya indicaba su decisión de instalar primero a los nuevos mandos militares antes de componer su gabinete, y como luego confirmó su decreto que da impunidad a los militares para matar, es el regreso violento de la clase media blanca, racista, cristiana, neocolonialista y fundamentalista, en la primera lógica no parece haber lugar para reconocer ni que fue un golpe el que sacó a Evo del país ni tampoco que Evo, con todas las posibles irregularidades que todavía no estaban probadas por la OEA cuando las fuerzas armadas le “sugirieron” que renunciara, ganó las elecciones. Pero, por otro lado, quienes con toda justicia denuncian el odio al indio que actualmente corre por las calles en La Paz, Cochabamba o Santa Cruz, prefieren no hablar de los problemas internos al gobierno del MAS que por lo menos en parte llevaron al impasse actual.  Así, las dos cadenas siguen su propia lógica, como dos máquinas ideológicas bien aceitadas. Cada grupo acusa al otro de ser dogmático, binario, simplista y, además, cobarde.

¿Cómo tomar una posición diferente en ese diálogo de sordos, si cada uno de los bandos sabe inmediatamente reconocer la pieza de dominó que desencadena el resto de la máquina argumentativa? ¿Hablas en términos de golpe de Estado? Entonces debes ser uno de esos intelectuales machistas cortesanos que endiosan a Evo y no quieren ver los problemas de corrupción que dejaron un vacío de poder. ¿Hablas de graves problemas al interior del gobierno del MAS? Entonces debes ser parte de esa intelectualidad ultraizquierdista de café que no quiere reconocer el golpe cívico-militar—más militar que cívico—actualmente en curso en Bolivia.

¿Será cierto que tomar una posición en apoyo a las formas contemporáneas de lucha para la emancipación—indigenista, feminista, ecologista, socialista o comunista—significa necesariamente tener que optar por uno solo de esos juicios? Pero sabemos que se puede ser indígena, socialista, y sexista. Se puede ser mujer, ecologista, y racista. Se puede ser blanco, indigenista, y homofóbico. Una colectividad comunista, feminista, ecologista, indigenista es el unicornio de la izquierda hoy. Mientras tanto, sin embargo, se está militarizando el zoológico que somos.

Aparte de lo vergonzoso de un debate llevado a cabo en términos de pronunciamientos intelectuales cuando la gente se está muriendo en la calle, habría que ver en qué medida este diálogo de sordos está contribuyendo a la militarización de la sociedad boliviana. Y es que al oponer en términos extremos las dos lógicas argumentativas en contra o a favor del golpe, el fraude, o la fórmula Evo-Linera lo que está en juego es la posibilidad de pensar y organizar una nueva articulación entre la calle y el Estado. Allí está el meollo irresuelto del asunto. Pero eso es lo que no se dice explícitamente cuando la intelectualidad sigue aferrada a sus juicios: ahora más que nunca, el juicio sobre los hechos es inseparable de posicionamientos previos acerca de cómo pensar y organizar los procesos de emancipación–si a partir de la autonomía de los movimientos o desde la hegemonía del Estado. O bien—opción aparentemente imposible de imaginar hoy día—en ambos frentes al mismo tiempo.

Los gobiernos progresistas, socialistas o centroizquierdistas de las últimas dos décadas en América Latina (que no se pueden confundir todos en una sola categoría apolítica como la de “populismo”) finalmente nos están dejando con esta cuenta sin saldar. Cuando opina tan ruidosamente sobre si hubo o no un golpe de Estado, sobre si hubo o no fraude electoral, o sobre si hubo decadencia y corrupción al interior del gobierno del MAS, lo que muestra la autoproclamada intelectualidad de izquierda hoy día es que está profundamente dividida sobre la posibilidad de articular nuevos anudamientos entre el Estado y la insurrección, o  entre el gobierno y los movimientos.

Sea por cuestiones de principio o por los hechos de corrupción y degradación ocurridos dentro de los gobiernos de la marea rosada, quienes rechazan cualquier salida estatal para los movimientos indígenas, feministas, socialistas o ecologistas no pueden explicar la movilización en las calles hoy a favor de Evo, excepto como resultado de sobornos y manipulaciones machistas-clientelares apoyadas desde la distancia por los líderes del MAS exiliados en México. Por otro lado, quienes defienden hasta el último momento el modelo del MAS como Estado integral tampoco pueden explicar la movilización en las calles anterior al golpe, excepto como resultado de sobornos y manipulaciones racistas-imperialistas apoyadas desde la distancia por los Estados Unidos.

En vez de juzgar moralmente al otro o a la otra, cuando al fin y al cabo se supone que deberían estar del mismo lado en las luchas de emancipación, podríamos empezar por desmontar las máquinas ideológicas con las cuales nos seguimos moviendo como coches blindados o tanquetas para proteger nuestra vergonzosa superioridad intelectual. Por ejemplo, podríamos empezar por aceptar que no hay contradicción en afirmar al mismo tiempo y simultáneamente que hubo un golpe de Estado y que hubo problemas graves al interior del gobierno del MAS. Porque si no salimos del diálogo de sordos entre los autonomistas y los MASistas, entonces el actual régimen cívico-militar se aprovechará de cualquier crítica (“se cayó solito,” “fue un tirano corrupto,” “ni siquiera fue indígena”) para intensificar la militarización.

*Autor La Otra Comuna: Este texto no lleva firma individual porque está escrito desde la convicción de que basta ya del individualismo burgués de los grandes pronunciamientos intelectuales que se han ido acumulando en las últimas semanas. La Otra Comuna, por el contrario, supone un doble homenaje: al grupo La Comuna que en Bolivia, antes de la llegada del MAS al poder, reunía todavía a muchas figuras que hoy se encuentran en posiciones visceral y diametralmente opuestas; y a la Otra Campaña del zapatismo en México.

Bruno Bosteels
Profesor Universidad de Columbia.
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