Opinión

Y ahora toca dudar, dudar de todo, incluso de uno mismo

Por: Sebastián Herrera / Publicado: 23.11.2019
comision 2 / Foto: Agencia Uno
La posición en materia de Derechos Humanos tiene que ser unívoca, de tal modo que no sea posible repetir los vicios anteriores. No hay nada que celebrar. Nada aún, a pesar de que asegurar aspectos básicos, parecería un triunfo. Sin embargo, estamos hablando sobre el restablecimiento de la precariedad. No entenderlo sería perpetuar el espectro de Pinochet en el sillón vitalicio del senado. No hacerlo es perpetuar la impunidad.

Este texto fue reescrito. Fue pensando nuevamente sobre la misma lógica que lo titula. Lo que escribo ahora son las tachaduras de un texto que no vio la luz. Esos trazos sobre ideas que preguntan quién o para quién se escribe, al servicio de qué o quién, cuál es la búsqueda y su uso. Estamos insertos en un momento social que exige posicionar la pulsión, desarticular la propia técnica, alejarse de ciertas redundancias. Contradictoriamente, presenciamos un momento en el que las pulsiones fueron ya desatadas y hoy se reordenan bajo dos artificios: el primero, orientado a esa operación sistemática que se acerca antes del voto y, en segundo término, una articulación política, en la forma que entendemos nuestro punto de vista detrás del punctum que direcciona la decisión.

Evadir, no pagar, otra forma de luchar. 18 de octubre. Metro Universidad de Chile. La zona cero como una pequeña trinchera, porque los grandes cambios se encuentran en esas micropolíticas que comenzaron a dar fin a las transiciones. Primero fue el salto, las analogías del vaso que rebalsa. El jumper azul, el uniforme gris, el rostro cubierto que comenzaba el curso. Fuera de las aulas, otros cursos: con 14 años, rompieron la institucionalidad, luego quebraron y cuestionaron lo que se normaliza. 30 pesos. 30 años. El metro a menos de una cuadra del Instituto Nacional. Después o, al mismo tiempo, el sistema, los actores secundarios que abrieron la grieta en un acto de violencia que, de pronto, es imposible castigar.

La imagen de la Estación Baquedano convertida en una fosa: el inevitable advenimiento del yo mismo como otro y la idea de vivir la microexperiencia de la muerte, convertirse en espectro. La imagen es hermosa en términos coyunturales, escénicos, técnicos, artísticos, pero ahí, en la idea de la tumba, el símbolo equívoco de la victoria. Más allá del estadio de lo moralmente interesante, existe el espacio en que yo me entrego a mi propia muerte. La veo, la materializo, me apropio de ella.

Los millones de personas durante casi un mes enfrentando la aglomeración del reclamo, su exigencia y dignidad. Aunque antes fue la calle, la imperturbable conciencia de que no había que abandonar, insistir en la idea de que la única cuota de cordura vendría en la infatigable presencia de los cuerpos encontrándose. 1.2 millones en Santiago fue el símbolo de esa consistencia, aunque antes, durante y después, siempre, los militares: el Estado de Emergencia, el decir que se volvió reivindicación y el uso en faena. Sin embargo -nuevamente un sin embargo-, 5 mil detenidos, casi 2 mil heridos, más 2 dos decenas de acciones judiciales presentadas, la represión, la veintena de cuerpos muertos, ausentes, heridos y cercenados.

No hay dudas que el Estado de Chile, ante el llamado “pacto por la paz social”, guarda entrelíneas un precedente genético del que no quiere desprenderse: una imagen que se suspende en el aire resonando en el ahora anquilosado, pero presente sonido de los Hawker Hunter estrellándose entre las manos de Aylwin y Pinochet.

Millones de personas en las pantallas, personificadas, encapuchadas y moralizadas. En esa zona que explota, donde aparecen los secretos a voces, rumores de lo que se dice visto, ahí donde nace el imaginario y el lenguaje se espesa, en el espacio de las decisiones, cuando las escenas nos muestran a las policías y al pueblo en las calles, cuando nos polariza y normaliza, cuando viene el rumor de la violencia, la tortura y la muerte, cuando el silencio se impone, obstruye, filtra, manipula, bloquea restringe, ataca, amenaza y vulnera.

Sin duda que hay cosas que debemos dejar ir, soltar, hasta otro momento. El ejercicio de la democracia tiene que ver, al igual que la promesa, con algo que está en juego y a punto de romperse. La victoria, en este caso, tiene que ver con cierta pérdida, sin embargo, hay cosas que no se pueden desplazar. La promesa, el eslogan y consigna del Nunca Más fue roto. Los Derechos Humanos fueron nuevamente vulnerados y, a pesar de las promesas, es urgente y necesario reparar. Esa reparación viene con la condena de quienes sea necesario condenar, partiendo, en primer lugar, con las máximas autoridades. De no hacerse esto, si ciudadanía no toma consciencia de la urgencia de esta reparación, nada de lo que se hizo habrá valido la pena. Estamos ad-portas de vivir un proceso democrático bajo la misma lógica que se busca romper.

Cuando el movimiento se detiene sin discutir su límite, cuando deciden los lenguajes, su apropiación y uso, cuando se acepta que lo que se consume deviene conocimiento, experiencia y clausura, cuando la pirámide invertida se cuestiona y no vislumbra ni la base, ni su cúspide, ahí: ¿quién, qué, cómo, cuándo dónde y por qué? Cuando las imágenes llaman a la censura, a los aislamientos, separaciones, a la imposición inequívoca, cuando nos sitúan en la norma y margen, cuando los medios tergiversan, manipulan, censuran, despiden, presionan y desinforman, cuando la imagen es la que prima, sin cuestionar su procedencia, cuando se totaliza el pensamiento, el cuerpo y su espacio, cuando no importan los soportes y las escenas nos hacen preguntarnos quién decide sobre estas imágenes, su punto de vista, análisis, conclusiones y los nombres que generan su dialéctica.

La posición en materia de Derechos Humanos tiene que ser unívoca, de tal modo que no sea posible repetir los vicios anteriores. No hay nada que celebrar. Nada aún, a pesar de que asegurar aspectos básicos, parecería un triunfo. Sin embargo, estamos hablando sobre el restablecimiento de la precariedad. No entenderlo sería perpetuar el espectro de Pinochet en el sillón vitalicio del senado. No hacerlo es perpetuar la impunidad.

Cuando la imagen de la violencia se vuelve en la violencia, la imagen de la normalidad en su inexperiencia o cuando decidir es un valor cuantificable, cuando pensamos que nuestro lugar es el único espacio posible, cuando se ficciona, resalta, recalcan, olvidan, silencian o edita esa fe ciega a los soportes, a la comunicación de masa, a las redes y plataformas sociales, a la idea de democracia teñida de filtrados automáticos de censura, bloqueo de cuentas y la baja de información. Cuando la pregunta es quién se arma y cuál es el arma, cuando las definiciones de las palabras penden entre el baile y la tortura o entre el rifle de balines y la pistola de juguete, cuando el miedo no es al encapuchado, sino quien viene a dar el supuesto esperado orden, cuando las disputas se suspenden en quien ejerce el terrorismo y en la pregunta: ¿cuántos ojos son necesarios perder para hablar de que algo se sistematiza?

¿Quién se pregunta? ¿Qué respuestas implica? ¿Cuál es su efecto? ¿A quién afecta? ¿Qué mirada, diálogo, posición, privilegios, comunidad, lugar, límites los ocupa, preocupa, los hace pensar? ¿Qué los hace dudar, afirmar, decidir? Tal vez, ahí en ese espacio la respuesta, cuando la imagen se hace movimiento y el relato múltiple en las omisiones, olvidos y silencios, en la complicidad de quien acata, sin saber que decir o callar implica la posición de un lugar.

Sebastián Herrera
Poeta y parte de Colectivo Tres Tristes Tigres.
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