Opinión

El tren no partió todavía. Algunos problemas con la convención constituyente

Por: Miguel Vatter / Publicado: 24.11.2019
kalle / Foto: Agencia Uno
El mecanismo electoral de selección de la constituyente sigue siendo aristocrático y meritocrático: no hace sino “elevar” a un número determinado de ciudadanos al rango de políticos (y a escoger a otros tantos del pool de políticos profesionales). ¿Qué seguridad hay que las listas electorales de la convención se van a armar de manera abierta y democrática? ¿Y quienes se van a poder presentar con una real chance de salir elegidos, fuera de representantes políticos ya más o menos desprestigiados y con escasa legitimidad desde el punto de vista de la calle, o quizás algunas “personalidades” del mundo del espectáculo y del deporte que se manejan bien por Twitter o en pantalla? A la calle nadie la eligió de manera electoral: ¿porque su asamblea constituyente debería ser entonces elegida de esta manera?

El histórico acuerdo parlamentario sobre una convención constituyente es probablemente la mejor respuesta que un cuestionado subsistema político pueda ofrecer al problema puesto por una protesta anti-sistemica. La cuestión es si este acuerdo va a ser suficiente para satisfacer la demanda de la calle por un proceso constituyente que se salga de los rieles de la política normal y tome un camino alternativo hacia la renovación de la sociedad.

Es parte del negocio normal de los políticos administrar las crisis y manejar el barco del Estado en aguas revueltas. No pedimos de ellos que entiendan las causas de tales crisis, ni que realmente cambien las condiciones sociales y económicas que revuelven las aguas. Si lo que pasa en Chile hoy es otra crisis (por “gravísima” que sea, palabras de Lagos) entonces es posible que el acuerdo parlamentario traiga la tan ansiada “paz”. Pero si la consigna “son 30 años, no 30 pesos” exprime el rechazo de un subsistema político que, durante más de tres décadas, se ha sometido o no ha podido con la lógica neoliberal del gobierno de la vida, entonces el acuerdo “cocinado” en los palacios del poder no va a satisfacer el gusto, es decir la facultad de juicio, de la gente que salió a la calle para pedir una nueva constitución de su orden social, económico, jurídico y político.

Los muchos defensores del acuerdo argumentan que la convención constituyente es en fondo lo mismo que una asamblea constituyente porque sus miembros van a ser seleccionados a través de una elección democrática. Pero no se ha resuelto la pregunta de la representatividad de tal convención. El mecanismo electoral de selección de la constituyente sigue siendo aristocrático y meritocrático: no hace sino “elevar” a un número determinado de ciudadanos al rango de políticos (y a escoger a otros tantos del pool de políticos profesionales). ¿Qué seguridad hay que las listas electorales de la convención se van a armar de manera abierta y democrática? ¿Y quienes se van a poder presentar con una real chance de salir elegidos, fuera de representantes políticos ya más o menos desprestigiados y con escasa legitimidad desde el punto de vista de la calle, o quizás algunas “personalidades” del mundo del espectáculo y del deporte que se manejan bien por Twitter o en pantalla? A la calle nadie la eligió de manera electoral: ¿porque su asamblea constituyente debería ser entonces elegida de esta manera?

La “decisión política” del gobierno y de (parte) de la oposición de darse una nueva constitución lo antes posible se anticipa al verdadero diálogo social que recién está comenzando afuera del parlamento y del gobierno. A lo mejor es por eso que no se incluyó la tercera opción barajada por los concejales de una verdadera asamblea constituyente, y ojalá sea aleatoria. A lo mejor por eso no se ha previsto integrar de manera constituyente y a través plataformas digitales los cabildos constituyentes que se están dando en las calles del país. En las trastiendas del acuerdo se discutió mucho sobre los porcentajes: ¿cuántos representantes políticos, cuantos ciudadanos y cuanto personal técnico deberían componer la convención? Y ¿por qué no seleccionar 60% de los representantes ciudadanos por lotería según el criterio de representación pictórica, 20% de los representantes de los partidos políticos también por lotería, y dejar que otro 20% sea conformado por técnicos? Y ¿por qué no decir que toda norma constitucional que no encuentre el consenso deliberativo de toda la asamblea constituyente se ponga a voto por simple mayoría en una plataforma digital que recoja los participantes de los cabildos constituyentes? 

Los defensores del acuerdo por parte de la centroizquierda argumentan que la convención es lo mismo que la asamblea porque parte de una “hoja en blanco.” Los defensores por parte de la centroderecha dicen que el quorum de 2/3 garantiza un cambio “dentro de la institucionalidad.” Pero estos argumentos más que una solución al problema son una expresión de aquello: reflejan simplemente la mentalidad parlamentaria de encontrar acuerdos entre fuerzas de gobierno y fuerzas de oposición que esperan ser ellos mismos gobierno en la próxima elección. La “hoja en blanco” significa que con alta probabilidad van a ser los políticos profesionales quienes van a escribir sus contenidos y presentar el resultado al pueblo a través de un plebiscito. No se prevé ningún mecanismo para que el pueblo pueda “editar” el texto convenido por los representantes políticos. El “quorum de 2/3” significa con alta probabilidad que mucho de lo esencial contenido en la vieja constitución no se va a poder eliminar y que aquello que debiera ser un principio en una nueva constitución se va a dar, si es que se da, como simple ley que una futura mayoría parlamentaria puede siempre anular. Esto valdría a cambiar todo para no cambiar nada.

El acuerdo propone un plebiscito de entrada para que el pueblo responda “si o no” a su pregunta: ¿usted quiere una nueva constitución? Pero para responder a tal pregunta hay que saber ¿para qué y a quien sirve una constitución? Afortunadamente el pueblo que salió a la calle ya parece conocer la respuesta: una constitución sirve para devolver capacidades, es decir, poderes y libertades al pueblo y, al mismo tiempo, sirve para controlar la voluntad de mandar y de administrar de los gobiernos. Tal como se esta pensando hacerla ahora, la convención constituyente no va a entregar una constitución que sirva al pueblo porque su mecanismo y su selección de candidatos va a excluir, de partida, la posibilidad de darle al país una constitución verdaderamente federalista y plurinacional, una constitución verdaderamente feminista, una constitución verdaderamente ecologista, una constitución verdaderamente solidaria con los marginados, una constitución que dé prioridad a lo felicidad pública por sobre aquella privada, a lo común por sobre lo privado. Eso sí, en el mejor de los casos tal convención logre devolverles a los gobiernos futuros algo de la legitimidad que han perdido en estos 30 años. El tren sigue marchando por su riel normal.

Miguel Vatter
Doctor en Filosofía. Profesor de la Universidad de Flinders en Australia, además es profesor visitante del doctorado de la Escuela de Gobierno-UAI.
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