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#25N: La crisis social en Chile en la voz de las mujeres

Por: Equipo El Desconcierto/Coordinadora Carolina Rojas/Ilustraciones: Michel Contreras / Publicado: 25.11.2019
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Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, en memoria del asesinato y tortura sufrido por las hermanas Mirabal durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana. En Chile, uno de los países con la tasa más alta de violencia contra las mujeres en Latinoamérica, la fecha se vive con especial sensibilidad en medio de la crisis social y las agresiones denunciadas contra agentes del Estado, como el abuso sexual de una joven en Rancagua, por parte de Carabineros, o el desnudamiento en la vía pública a una adolescente en la ciudad de Concepción, por parte de fuerzas especiales. El Desconcierto entrevistó a distintas mujeres sobre la violencia y la crisis social. Ellas están en las marchas, en la calle y cabildos. Estas son sus historias.

La Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, define “violencia contra la mujer” como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.” Los efectos psicológicos de la violencia contra las mujeres, tiene consecuencias negativas para su salud sexual y reproductiva. En Chile esto afecta a niñas, adolescentes, adultas y ancianas. Algunas son específicamente más vulnerables: lesbianas, bisexuales, transgénero o intersex, migrantes y las de pueblos originarios. También en escenarios de crisis sociales, como la que atraviesa el país.

La violencia contra la mujer sigue siendo una traba para la igualdad de género. Según la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres ya son 58 femicidios en lo que va del 2019 y en medio de la crisis social sus historias han sido invisibilizadas. A esto hay que agregar que en medio de este contexto de movilizaciones sociales en el país, a partir del 18 de octubre, se han vivido distintas situaciones de violencia en contra de la mujer por parte de agentes del Estado. Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), de las 74 querellas presentadas por violencia sexual, 40 casos corresponden a mujeres y 16 a niñas. Tocaciones, desnudamientos, insultos de carácter sexual y golpizas, es lo que denunciaron la mayoría de las víctimas entrevistadas por abogados del INDH desde los primeros días de las manifestaciones. Violencia político sexual que intenta sacar a las mujeres de la calle y de las manifestaciones.

¿Qué es violencia? Todas las consultadas contestaron desde su perspectiva. Violencia es pobreza, exclusión, abuso sexuales por parte de Carabineros. Violencia es no nombrar los femicidios que siguen pasando. Violencia es la eterna exclusión de las mujeres de comunas vulnerables. Violencia es una niña desnudada en una comisaría.

Albertina Huenumán, presidenta de la Asociación Relmu Witral de Tirúa: “Siento orgullo cuando veo las banderas mapuche en las marchas, hoy se entiende más nuestra lucha, de cómo hemos sido abusados por carabineros”

Albertina Huenumán

Soy artesana en el telar, presidenta de la organización mapuche de Tirúa Relmu Witral. Nosotras como mapuche en el territorio sabemos de violencia, llevamos 500 años en una lucha como pueblo no reconocido por el Estado. La batalla de nosotras ha sido constante a lo largo de la vida, yo crecí en medio de la lucha para poder sobrevivir. Nosotras vivimos de la naturaleza, del campo, de la tierra, del mar. Los mapuche hemos peleado contra las forestales, las plantaciones de pino y eucaliptus, todo lo que fue secando y expropiando nuestro territorio. Veo lo que pasa en Santiago, en Valparaíso y en Viña. Es terrible lo que se ve. Esa violencia es algo que hemos vivido siempre. Por otra parte, siento orgullo cuando veo las banderas mapuche en las marchas, también veo que hoy se entiende más nuestra lucha, ahora si se ponen en nuestros zapatos de cómo hemos sido abusados por Carabineros. A su vez siento mucha pena por la gente, la violencia de las que están siendo víctima los chilenos, es mucho abuso de parte del Estado. Llegó el momento de que las personas luchen por sus derechos. Me alegra y me apena a la vez, porque hay gente que está perdiendo la vida, sus ojos, así como los mapuche hemos perdido a muchas personas.

Aquí en Tirúa hay violencia contra la mujer, ya sea de parte de Carabineros, de los propios maridos, de las parejas. La mujer está más empoderada, por su trabajo en la organización, en los telares, con esa plata pueden ayudar a sus familias. Pero también está la violencia desde el Estado: somos allanados, nos botan nuestros alimentos, violentan niños, a madres delante de sus hijos, eso es lo más duro. Esa es la violencia más brutal, cuando llevan presos a nuestros maridos o nuestros papás, en medio de la lucha por recuperación de tierras.

Claudia Amigo, lesbofemnista fundadora de Familia es Familia: “Mi hija de 15 años que fue acorralada por fuerzas especiales, llegó con hematomas por los balines que lanzan carabineros, con la piel irritada por el lanza aguas”

Claudia Amigo

Soy madre lesbofeminista y hemos luchado por los derechos de las hijas, les hijes y los hijos de madres lesbianas a ser legalmente reconocides por ambas madres, tal como lo son los hijos de familias heteroparentales. Hemos trabajado por sus derechos junto a la Agrupación Lésbica Rompiendo el Silencio, Visibles y Corporación Humanas, y formamos un grupo de trabajo llamado “Estatuto Filiativo”.

En medio de la crisis social, hemos vivido otras violencias: Tenemos una hija de 15 años que fue acorralada por fuerzas especiales, llegó con hematomas por los balines que dispara carabineros, con la piel irritada por el lanza aguas, y todo por la desmedida violencia y represión. Nos da miedo que le pueda pasar algo cada vez que sale de la casa. Como nosotras, hay innumerables familias que deben pasar por lo mismo, día tras día, sin saber en qué condiciones pueden llegar sus hijas e hijos, pero a pesar de la violencia que ha sufrido y la afectación psicológica que hemos padecido cómo familia, hemos sido afortunadas en comparación a las personas que han perdido sus ojos, las que han sido violadas, abusadas, torturadas y asesinadas.

Siempre como lesbianas hemos tenido que cuidarnos en la calle, no podemos vivir tranquilas, con el inminente peligro de que nos ataquen por estar de la mano, por ser camionas, en el fondo ha sido un odio, que definimos como lesbo-odio dado que no somos para el gusto del hombre, y rompimos con esa heterosexualidad obligatoria, que te programan desde que naces. Basta con ver el nivel de brutalidad en los lesbicidios de Nicole Saavedra Bahamondes, Maria Pía Castro, Susana Sanhueza, Ana Cook y Mónica Briones. Un odio contra las lesbianas no ha dejado de ser una realidad, nunca hemos podido vivir en paz.

Yamilé Cabrera, religiosa que trabaja con la comunidad migrante: “Se vive violencia por ser mujer, migrante, indígena, no agraciada, lesbiana, afrodescendiente y pobladora”

Yamilé Cabrera

Soy una religiosa que ha tenido la suerte de servir a la gente en lugares inciertos y de grandes aprendizajes. Esto se debe a que he estado con la gente sencilla y que hemos podido construir juntos cosas muy significativas para la vida.

El despertar de Chile lo he vivido con varios sentimientos de alegría, orgullo, esperanza , desconcierto, rabia y tristeza. Son varias emociones que se van mezclando. Siento que es importante el sentir de la gente, que se nos ha ignorado tanto tiempo y donde Chile como Estado no ha sabido realizar políticas públicas desde con y para la gente, siempre tres o cuatros actores han decidido por los más de 17 millones de personas y seguimos en lo mismo. Esto da tristeza y rabia, dicen que escuchan a la gente y no se sientan con la gente, no caminan con ellos. Otros tienen todas sus necesidades satisfechas y aun así nos piden madrugar más temprano para retener beneficios de los pasajes o tengamos “hora de tertulia” en los consultorios de salud. Debemos conformarnos con que nos exploten y que abusen en los precios de los productos de la canasta familiar. Coluden y el castigo es mandar a los ejecutivos a estudiar ética en una universidad del Opus Dei. Si un pobre roba para comer o trabaja sus productos en la calle como vendedor ambulante, lo castigan, lo meten a prisión y es condenado por una justicia ciega. Esto y mucho más llevó a la gente a marchar y protestar por el abuso y la desigualdad establecida en todos los parámetros de esta sociedad.  Nos cansamos y nos hicieron salir a la calle y a pesar de llevar más de un mes en esto, la clase política y el gobierno no acusan recibo y eso es lo preocupante. Es un diálogo de sordos.

La violencia contra la mujer en la iglesia toma miles de formas: solo ven a las religiosas como mujeres para servir y no nos entregan protagonismo para la toma de decisiones, se olvidan del evangelio y el valor que Jesús les da a las mujeres. Vivimos violencia en nuestros trabajos, en nuestros sueldos siempre hay inequidad, a pesar de tener los mismos estudios y aunque a veces seas más capacitada. Tampoco nos dan espacio para la toma de decisiones, seguimos siendo el sexo débil, y un fin de afirmaciones que no vale la pena decirlo. Se vive violencia por ser mujer, migrante, indígena, no agraciada, lesbiana, afrodescendiente y pobladora. Cuando trabajaba el tema migrante veía una fuerte discriminación hacia la mujer afrodescendiente y da tristeza como nos referimos a ellas y los puestos de trabajo que se le ofrecen, en los café, en la cocina, los saunas y porque no decir en los prostíbulos, sin ver que muchas de ellas son grandes profesionales. Si Chile no cambia el camino de la desigualdad no avanzaremos a construir y reconstruir un país distinto.

Priscilla Donoso, estudiante secundaria de La Serena: “Nosotras vivimos solo con la pensión de mi abuela, que son 214 mil pesos”

Priscilla Donoso

Tengo 17 años, soy de la Serena y estudio en un colegio municipal ubicado en la población Pedro Aguirre Cerda. Vivo con mi mamá y abuela, de 81 años. Empecé a asistir a las protestas por varias razones. La primera es que nosotras vivimos solo con la pensión de mi abuela, que son 214.000 pesos y mi mamá no puede trabajar dado que cuida a mi abuela todo el día y la noche. La pensión de ella no cubre todos los gastos ya que se va una gran parte en los pañales, toallas húmedas, remedios, etc. Todo eso sin contar que cada cierto tiempo le descuentan a mi abuela entre 70.000 pesos a 150.000 pesos de una deuda que tiene hace muchos años. Otra razón es la poca preocupación del Estado ante los colegios de población, los recursos que nos proporcionan no son suficientes. No es que no tengamos profesores de calidad, en realidad son muy buenos y se ve lo mucho que aprecian enseñar, pero las condiciones del colegio no son las mejores. Si no fuera porque los apoderados lucharon para que tuviéramos un “cambio” de infraestructura para tener un lugar digno donde estudiar todo sería peor. Al final solo lo trataron de tapar dando una cantidad de dinero para reparar el colegio pero con unos materiales de mala calidad. Me da impotencia que en este país la salud sea tan ineficiente y los hospitales no tengan los implementos necesarios para ciertos exámenes y tratamientos, tener que recurrir a clínicas privadas con altos costos que muchas personas no pueden pagar y por esto se endeudan o mueren. Yo llevo cuatro años esperando la hora para un cardiólogo. Por otro lado en las marchas, muchas veces sin razón alguna nos repimen con disparos, bombas lacrimógenas, el zorrillo, etc.

“La máxima”, mujer en la primera línea: “Ayudo apagando lacrimógenas con guantes y apuntando a los pacos con el láser. Me gusta devolver la violencia que ejercen sobre nosotros”

La máxima

Tengo 31 años, soy de Pudahuel Sur y trabajo en el retail, en un horario de mierda. Tengo dos hijas. Siempre fui como súper revolucionaria; en el liceo peleaba no por mí, sino que por todos. Nunca pude aceptar que mis compañeros no se pudieran expresar, que no tuvieran mejores condiciones para estudiar. Hasta el día de hoy mantengo esa forma de pensar. A los 16 años el director del liceo me echó. Yo era la presidenta del centro de estudiantes. Después de muchas discusiones, terminé tirándole un escupo en la cara. Era un viejo como Piñera, un ladrón, un corrupto. Junto a mis compañeros investigamos las platas que el liceo recibía y obviamente no la gastaba en nosotros. Faltaban todas las cosas que supuestamente teníamos que tener.

No es por un tema tan de política, sino que más bien con las injusticias. Desde adolescente siempre me ha molestado tener que soportar desigualdades. Cómo es posible que en este país se lucre con la educación y la salud. Me parece que está todo mal. Todas las leyes siempre han sido para los ricos, no para todas las personas. Se nota demasiado la diferencia entre ricos y pobres. Trato de ayudar a que todos podamos protestar y ayudar a los cabros que están en la primera línea llevándoles piedras en bolsas de feria. También, obviamente, “camoteando” adelante porque me gusta. Además ayudo apagando lacrimógenas con guantes y apuntando a los pacos con el láser. Me gusta devolver la violencia que ejercen sobre nosotros. Lo hago con rabia. Es lo que sentimos ahora.

Como mujer me he sentido violentada de distintas maneras. A la mujer se le hace caer mucho más rápido en el sistema que los hombres. Solamente por el tema de que se ve mal abortar o no estar cien por ciento al cuidado de los hijos, tener que aguantar caleta de críticas y te sientes súper pasada a llevar. Todos tienen el derecho a opinar mal de nosotras por querer hacer otras cosas o lo normal que deberíamos poder hacer todas las personas. Siempre somos juzgadas. Por tener hijos o porque siempre se nos exige más. Hay un prototipo de mujer que tenemos que cumplir.

Natalia Carmona, colombiana dirigenta de la Secretaría de Mujeres Migrantes: “Nos afectó el caso de la muerte de Mariana, la mujer colombiana que falleció por un disparo que le llegó en la cabeza”

Natalia Carmona

Trabajo en un espacio de contención y visibilización donde mujeres inmigrantes pueden acudir. Tengo 32 años y nací en Colombia, en la zona del eje cafetero que es de donde migran la mayoría de los colombianos y colombianas. Llevo en Chile cuatro años y migré para buscar oportunidades laborales, tener una estabilidad económica y poder ser profesional. Me considero migrante económica porque el conflicto armado de Colombia hace que allá no tengamos estabilidad ni oportunidades. Las remuneraciones son muy bajas, el sueldo no nos alcanza. Chile ha sido mi segunda migración. En este país me ha ido bien, no me quejo. Trabajo en una consultora que hace gestión de crisis y he cumplido lo que me propuse. He conocido personas de diferentes nacionalidades, he logrado participar de diferentes organizaciones, algo que antes no hacía. En Colombia no lo hice por miedo. Acá estoy vinculada al activismo feminista y a favor de los derechos de las personas migrantes.

Desde que partieron las movilizaciones primero me invadió el miedo, no quería salir, a pesar de venir de un país tan violento como Colombia y haber vivido situaciones muy similares. A pesar de eso, salí a hacer cacerolazos y he participado de cabildos y asambleas en el barrio y con colectivos migrantes. También he salido a Plaza Italia y en las marchas, pero siempre con mucha prudencia porque. Siendo mujer, migrante y colombiana, si me llega a coger Carabineros, me muero del miedo. La indignación y la rabia por el abuso es tal que es lo que tiene a la gente a la calle hasta hoy. Y hablo de eso como latinoamericana, porque la realidad de Chile se ha reflejado en otros países. En Colombia lo vimos en la marcha del jueves, en Bolivia también ha salido a flote la manifestación social o también en Ecuador. No soy chilena, pero me duele lo que pasa en Chile porque es donde vivo, y nosotras, mujeres migrantes, también tenemos las mismas necesidades por las que los chilenos y chilenas se están manifestando. Los migrantes vivimos acá y somos parte de todo esto. Hay mil formas de violencias y se agudizan en este contexto. Se visibiliza mucho la violencia político sexual, que a mí me da muchísimo miedo. Han salido violaciones a otras mujeres, agresiones verbales y toqueteos. A eso sumo el tema del imaginario que existe en Chile sobre la mujer colombiana, creen que todas somos putas. La sexualización y el cuerpo de la mujer siguen siendo botín de guerra y, particularmente, para las mujeres migrantes, que somos aún más vulnerables. A nosotras nos afectó, especialmente, el caso de la muerte de Mariana, la mujer colombiana que falleció por un disparo que le llegó en la cabeza. Era una mujer muy joven, que tuvo que migrar porque la violencia la obligó a buscar otras oportunidades porque era el sustento económico de sus dos hijos. Por el hecho de ser migrante puede darse por supuesto que no hay interés en investigar qué sucedió con ella. También hay que considerar que a las primeras que sacarán de los trabajos en este momento van a ser a las mujeres migrantes: nanas, meseras o cocineras en los restaurantes. Se agudizan estas violencias que ya tenemos identificadas.

Ewa Ebers, presidenta de la junta de vecinos 21 Parque Ramón Cruz: “Hay adultos mayores en la Villa Frei que no les alcanza para pagar sus remedios”

Ewa Ebers

Vengo de una familia de mujeres muy luchadoras, ex presas políticas. Mi abuela y mi madre incluidas, y yo como niña. Una historia familiar con una larga lucha de los derechos humanos en nuestro país. Hay una gran pobreza encubierta en nuestro barrio, hay adultos mayores acá en la Villa Frei que en algún momento en sus juventud, a través de sus cajas de compensación, pudieron acceder a una vivienda en este lugar, pero muchos de ellos viven ahora en pésimas condiciones. Tienen muy bajas pensiones. Ese dinero no les alcanza para comprar sus medicamentos, con suerte te pueden pagar los gastos comunes. Salgo a marchar porque quiero un futuro mejor. Esta no es una lucha reciente para mí, esta lucha la he dado toda la vida junto a mi familia. Muchas mujeres queremos entregarles un mundo mejor a nuestros hijos y ojalá nosotros alcancemos a ver esos cambios. Dentro de la violencias cotidianas que veo contra la mujer aparecen cosas, por ejemplo, como que la mujer trabaja en la oficina y también en su casa. Sin embargo, el hombre llega de la pega y llega a su casa descansar. Esas son cosas que me toca pelear hasta con mi propia pareja. Te toca discutir la explicarles y pelearlo cuando no debería ser así. Eso sumado a la violencia policial. Hay noches que fuerzas especiales llega cada vez más adentro de los blocks en Villa Frei. Quedan todos los vecinos gaseados, adultos mayores y niños y así siguen hasta las dos de la mañana. Se llevan detenidos y disparan a los jóvenes.

Alejandra Soto, mujer trans, presidenta de la Corporación Amanda Jofré. “Las compañeras no han podido salir a trabajar por toda la violencia y la represión de las calles”

Alejandra Soto

Nuestra labor de activismo más importante tiene que ver con las mujeres trans adultas mayores. Ellas solo están esperando la muerte. Están con su salud mental muy afectada. Muchas tienen problemas porque se han inyectado silicona o porque han contraído VIH-Sida.

Durante esta crisis social nos hemos movilizado por una ley integral trans, que incluya cupos laborales, becas de educación para las personas trans, vivienda y sobre todo, reparación para las compañeras adultas que han recibido toda la discriminación. Lo otro que pedimos es una ley de trabajo sexual, que regule este trabajo y no lo criminalice. Porque por el momento no tenemos otras oportunidades laborales. No estamos integradas en el sistema laboral, lo que hace que no tengamos recursos.

En el contexto actual, nosotras no hemos podido ejercer bien el trabajo sexual. Nos está costando sustentarnos en el día a día. Por ejemplo, las compañeras no han podido salir a trabajar por toda la violencia y la represión de las calles.

Las mujeres trans, vivimos muchas clases de violencia, física y verbal. El género femenino de por si es violentado, y al ser trans femenina, ser migrante, al vivir con VIH. La  violencia siempre se va sumando.

A las mujeres trans nos matan como si nada en la vía pública y eso tiene que parar. Las trabajadoras sexuales estamos muy propensas a la violencia, porque estamos expuestas en las calles. En este tiempo, donde ha habido tanta violencia y ha muerto tanta gente, las trans hemos estado más escondidas, porque nos da miedo que nos pueden matar a nosotras también.

Priscilla Souza, mujer pobladora de Lo Hermida: “Sabemos que las abuelas están criando a sus nietos con las pensiones miseria, sabemos que la calle y la esquina es el desahogo al hacinamiento”

Nací en Francia por el golpe de estado. Mi familia materna es chilena y mi familia paterna es uruguaya. Mis padres se encontraron en Europa en el exilio y nací yo. Cuando regresamos siempre estuvimos en poblaciones periféricas, en el hacinamiento, en el colegio frío que sé llovía todo. Crecí en Cerro Navia, Lo Prado y Maipú. Mi madre tiene 58 y no pasó nada con la casa propia. Yo estudié Trabajo Social y estoy endeudada aún. No me importa. O pago o vivo. Tengo dos hijes, soy mamá soltera por decisión propia. Decidí no aguantar lo que aguantó mi abuela y arreglármelas sola, pero feliz.

He trabajado con niñes en situación de calle, con familias de las poblaciones periféricas del gran Santiago y soy testigo de cómo se repiten los dolores, las violencias y los abusos. Una vez una mujer pobladora en un taller me dijo: “Yo ya he hecho todo y no salgo de la mierda, me di cuenta de que es algo de arriba que nos aplasta”. Esa frase me quedó marcada. Todas las trabajadoras sociales que estamos en las poblaciones sabemos que los niñes con muchas vulneraciones se transforman en  infractores al cumplir los 14 años. Todas las profesiones que estamos en los territorios más desposeídos sabemos que las abuelas están criando a sus nietos con las pensiones miseria, sabemos que la calle y la esquina es el desahogo al hacinamiento, o la evasión del abuso sexual o la violencia.

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