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Carta| Perdió su ojo esperando la micro: Fabiola es eterna en cinco minutos

Por: Richard Sandoval / Publicado: 27.11.2019
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Mi bandera chilena es un montón de ojos perforados. Es una flameante violación sistemática de derechos humanos. Fabiola perdió su ojo esperando el bus para ir al trabajo. Fabiola es eterna en cinco minutos. Para su hijo, para su hermana, para San Bernardo, para un país que no se termina de conmocionar, de preguntar cuándo nuestras vidas pueden terminar, cuándo nuestros ojos estarán en serio peligro, quizás ahora, al salir del trabajo, al tomar el Metro, asesinados sin protocolos, acribillados por el bajo y alto mando, por un gobierno que rechaza los informes de Amnistía, que quiere sacar a los milicos por decreto, que está decidido a que todos seamos Gustavo, que cualquiera sea Fabiola. Nos quieren destruir. No pararán de disparar.

Fabiola salió anoche a trabajar, sana y sonriente, con la energía extra que necesita quien trabaja de noche en Chile, y hoy está en coma inducido, tiene la cara destrozada, un ojo muerto, el cráneo destruido, y el otro ojo a punto de también dejar de ver, de enceguecerse gracias a la brutalidad teñida de verde. Tu mamita está en coma inducido, la están operando, la quieren salvar, le deberá decir su tía a su hijo, un niño de ocho años que deberá entender que a su mamá le dispararon los carabineros, esos a los que le enseñaron a amar en el colegio, los de la canción que le dice que duerma tranquilo, niño inocente. A quince metros de distancia le dispararon los bastardos, como se le dispara a un condenado, directo a la cara, con cizaña patriótica, quitándole la inocencia al niño, que se quedó dormido soñando con su madre en la fábrica, y asesinando los sueños de Fabiola, una joven trabajadora chilena que este gobierno dice representar. Fabiola es una mujer de treinta y seis años que cada noche sale a ganarse el pan en la fábrica Carozzi y que cuando despierte temerá si podrá o no seguir manteniendo a su hijo. Deberé ser fuerte, se dirá a sí misma, valiente. Deberé hacerlo por mi hijo, tratará de convencerse, con lágrimas que correrán desde cuencas sin ojos, pero ya no podrá mirar a su hijo como antes, ni a su hermana, ni a su barrio, ni a sus calles del margen capitalino. Ya no encontrará el mismo rostro cuando lleve las manos a su cara, pues se lo desdibujaron; no contemplará las estrellas en el cielo como lo hizo hasta la noche de este martes de fines de noviembre en una comuna de la periferia de Santiago, la última hacia el sur, donde duerme el pueblo que cansado por fin ha despertado.

Cuando Fabiola despierte, hallará suturas, puntos y costras, y además de no encontrar uno de sus ojos, sabrá que en esa misma tarde fatídica en que fracturaron su vida, a kilómetros de distancia, otro chileno, Gustavo Gatica, se enteraba que su ceguera sería definitiva, que sus cuencas también se llenarían de aquí en adelante de prótesis oculares, como tantas otras decenas de estudiantes que Sebastián Piñera dejó con ojos de plástico; decenas de manifestantes que esperan que sus pérdidas no sean en vano, como han dicho, cabras que alegres gritaban contra un gobierno que encontraban injusto y que ahora saben criminal, como han comprobado en sangre propia. Pero Fabiola no estaba en una marcha, no portaba una pancarta ni gritaba contra el modelo neoliberal. Fabiola estaba de pie junto a su hermana, esperando un bus de acercamiento para ir a trabajar, para echar a andar el país, para colaborar con la supuesta normalidad que impone el poder. Esperando subir a un bus para iniciar su turno. Así fue masacrada esta mujer de treinta y seis años que pudo haber sido la madre de cualquier niño inocente de la nación enlutada, que pudimos haber sido cualquiera de nosotros, los que marchamos y los que no. Porque eso es lo que deberá explicar Fabiola cuando trate de comprender lo que le ocurrió esperando la micro en una esquina de San Bernardo: mi país se ha convertido en un país en el que al salir a la calle no sabes si vas a volver con tus dos ojos, no sabes si la ceguera invadirá tu existencia la mañana siguiente, no sabes si un bombazo o perdigón disparado por un hombre amparado en un Presidente apagará tu vida o parte de ella, dejando a tu familia, a tus niños y amores en el absoluto desamparo. En eso han convertido nuestro Chile y su bandera, un trapo perforado que ante la justicia prefiere derramar su propia sangre, la sangre de Gustavo, la sangre de Fabiola.

Mi bandera chilena es un montón de ojos perforados. Es una flameante violación sistemática de derechos humanos. Fabiola perdió su ojo esperando el bus para ir al trabajo. Fabiola es eterna en cinco minutos. Para su hijo, para su hermana, para San Bernardo, para un país que no se termina de conmocionar, de preguntar cuándo nuestras vidas pueden terminar, cuándo nuestros ojos estarán en serio peligro, quizás ahora, al salir del trabajo, al tomar el Metro, asesinados sin protocolos, acribillados por el bajo y alto mando, por un gobierno que rechaza los informes de Amnistía, que quiere sacar a los milicos por decreto, que está decidido a que todos seamos Gustavo, que cualquiera sea Fabiola. Nos quieren destruir. No pararán de disparar.

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