Opinión

El huevo de la serpiente (La Piñera ha contestado en un melón)

Por: Jorge Morales / Publicado: 03.12.2019
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Las inequidades del sistema estaban a la vista, pero con la misma eficacia que tuvo la derecha para construirlas, fueron maestros para ocultarlas de su campo visual arrinconándolas a la periferia. Por eso ahora hasta pueden darse el lujo de rasgar vestiduras diciendo que no sabían que existían, pero siempre fueron cómplices activos de su ejecución y cómplices pasivos de sus consecuencias. Porque recordando "El huevo de la serpiente", la película de Ingmar Bergman sobre el nacimiento del nazismo, nadie puede sorprenderse de lo que se incubó.

Cuando más o menos tenía 10 años, tuve un amigo y vecino que molestaba todos los días a un pastor alemán aguijoneándolo con un palo a través de la reja. El perro era bravo y antipático, pero nada justificaba fastidiarlo sistemáticamente. Varias veces se lo recriminé, pero nunca me hizo caso; parecía disfrutar haciéndole daño. Un día cuando regresaba del colegio, descubrí la que perfectamente podría ser la escena de un crimen: un reguero de sangre cubría la vereda de toda la cuadra, desde la reja del perro, pasando por la casa de mi amigo, y hasta la vivienda de sus tías abuelas, una de las cuales, tenía sus facultades mentales perturbadas. Fue justamente esa señora loca la que en un rapto de lucidez llevó a la posta a mi amigo y le salvó la vida. El perro le había agarrado la cabeza con el hocico y lo mordió y zamarreó hasta hartarse. Ese día, él ni siquiera alcanzó a mortificarlo. La reja estaba abierta y apenas el animal lo vio, se abalanzó sobre su cuerpo y cobró venganza. Si mal no recuerdo, le pusieron más de 60 puntos en la cabeza, y permaneció calvo con una impresionante cicatriz frankenstiana durante al menos nueve meses. Hasta el día de hoy recuerdo las rejas y puertas abiertas de par en par de las casas de mis vecinos, abandonadas ante la urgencia, las partículas, gotas, goterones y charcos de sangre esparcidos en el cemento y el apacible silencio tras la tragedia de ese barrio residencial a las dos de la tarde de un día soleado.

Mientras revisaba (y sigo revisando) obsesivamente la prensa y la televisión chilena en internet –vivo en Francia- sobre el “estallido” y la sorpresa generalizada de su repentina explosión, y en particular, escuchando las declaraciones de contrición de un sinnúmero de personeros de derecha que dejaron de sostener ciegamente su fe en un sistema que apoyaron durante más de 30 años después de 30 horas de furia (para seguir la numerología “treintista” de los 30 pesos del alza del metro), me acordé de mi amigo y su sorpresa cuando el perro que maltrató durante meses casi le arrancó la cabeza.

No había que ser economista, ni sociólogo ni adivino para haber predicho lo que ha ocurrido en estas semanas en Chile. Era un hecho que tanta gente maltratada sistemáticamente no iba vivir sumisa y disciplinada para siempre. Para un país en que todo tiene precio, lo único gratis es rebelarse. Sólo estaba en duda la oportunidad y magnitud de esa rebelión. Y por eso su aparición fue tan sorpresiva y estremecedora como un terremoto. Y no hay que ser geólogo, ni sismólogo ni pitoniso para saber que un gran sismo es producto de una fuerza incontrolable e impredecible de la naturaleza. Pero un estallido social, no. Las inequidades del sistema estaban a la vista, pero con la misma eficacia que tuvo la derecha para construirlas, fueron maestros para ocultarlas de su campo visual arrinconándolas a la periferia. Por eso ahora hasta pueden darse el lujo de rasgar vestiduras diciendo que no sabían que existían, pero siempre fueron cómplices activos de su ejecución y cómplices pasivos de sus consecuencias. Porque recordando “El huevo de la serpiente”, la película de Ingmar Bergman sobre el nacimiento del nazismo, nadie puede sorprenderse de lo que se incubó. Como dice uno de los personajes en el film, “cualquiera puede ver el futuro; es como el huevo de una serpiente. A través de esa fina membrana se puede distinguir el reptil ya formado”.

Más allá de lo reprochable moral y criminalmente de quiénes, cómo y por qué incendiaron diecinueve estaciones de metro, lo cierto es que sin ese gran polvorín de telón de fondo, Piñera y compañía no habrían tenido ninguna necesidad de cambiar su programa y discurso. Porque movilizaciones multitudinarias ha habido antes, y sin embargo, la clase política en general, y la derecha en particular, no se había visto impelida a cambiar radicalmente el estado de las cosas. Ni siquiera cuando con viento a favor, votos y mayoría parlamentaria, Bachelet y sus socios teniendo todo para hacer transformaciones, fueron vencidos por su propia negligencia, cobardía y pánico escénico, y ahogaron la posibilidad de reivindicarse históricamente refugiándose en la vieja inercia transicional que sembró su desprestigio. Que fueran necesarios incendios, saqueos y pillaje al por mayor para dar cuenta de la ira acumulada por años de desigualdad y, ahora sí que sí, estar dispuestos y comprometidos para hacer cambios, sólo muestra la indolencia de una clase política que exprimió la lógica de la “medida de lo posible” hasta lo irracional.

Como ya se sabe, la madrugada del viernes 15 de noviembre, la mayor parte de los partidos políticos llegaron a un acuerdo para una nueva constitución. Hay sólo un hecho claro de ese acuerdo: la derecha ha sido completamente derrotada. Por primera vez en años, la derecha debió abrirse a renegar de una constitución que cobijó y nutrió sus cuotas de poder y mantuvo sus ideas frescas aunque no estuvieran gobernando. Sin ese paraguas protector, la derecha tendrá finalmente que ver la lenta pero segura desmantelación de su modelo. Porque al margen de los altos quórums acordados, sólo la estupidez ciudadana podrá permitir que nuevamente se conculquen derechos para defender privilegios y que queden estipulados por ley. Si los chilenos y chilenas votan a la derecha mayoritariamente para armar esa nueva constitución, la rabia desatada será apenas el síntoma de un estado emocional y no la que podría ser una verdadera toma de conciencia. Si la derecha gana, más que un gesto de miopía, será un manifiesto acto de masoquismo. Y no es imposible que ocurra porque ese pueblo movilizado –que hasta la derecha hipócritamente glorifica- puede dirigirse para cualquier lado.

La centro izquierda también perdió algo en esta pasada, aunque sus costos sean menos evidentes porque ganaron sus propuestas. Por un lado, no fueron capaces de actuar en bloque, manteniendo la precaria unidad que sólo 48 horas antes habían plasmado en un documento. La urgencia de Mario Desbordes marcó los tiempos, y la centro izquierda se sintió apremiada por su clásica irresolución histórica, y maniobró ansiosa, cronometrada por la derecha. El caso más patético fue el de Gabriel Boric quien actuó de mutuo propio, sin respetar la decisión mayoritaria de su partido. Más allá de la importancia de participar en este proceso de diálogo, de su incidencia y su rol en el mismo (el resultado final todavía está en “veremos”), no se puede confiar en un dirigente que se pavonea de respetar a sus bases, pero que reniega del mandato directo de ellas, humilla a su presidenta, bypaseando su autoridad, y estampa su firma junto al resto de líderes elegidos en sus respectivos partidos políticos que, dicho sea de paso, le permitieron hacer su numerito de arrogante macho alfa. La centro izquierda volvió a mostrar su incapacidad para tomar decisiones en conjunto y le regalaron gratis a la derecha una suerte de reconocimiento por haber cedido después de 30 años de ser el principal obstáculo para los cambios. Porque hay que decirlo: aquí no hubo ningún gesto de generosidad. Se actuó por cálculo, pero sobre todo por desesperación. Después de 30 años de trampear con su propio sistema de reglas, la derecha tuvo que renegar de ellas para sobrevivir. Y no hay nada heroico en rendirse cuando se ha perdido.

En 1988 tampoco vivía en Chile, y aunque viajé especialmente a votar para el plebiscito desde Buenos Aires, no confié en lo que se estaba gestando en ese momento. Ahora más que nunca parece de toda lógica tener una cuota de sospecha sobre lo que viene. Visto que el germen opresor sigue más presente que nunca en Carabineros y en menor medida en las FFAA (vaya sorpresa), que tenemos un presidente que será más recordado por reinstalar una horrorosa primavera dictatorial con represión, muertes, torturas (batiendo el récord mundial de víctimas tuertas) que por una nueva constitución que fue obligado a impulsar, no se puede caer en la complacencia. Porque este presidente ha actuado tan ambiguamente en estos días que no hay que confiar en él. De declarar la guerra a promover la paz, de sugerir reformas a la constitución a cambiarla de cuajo, de apoyar a brazo partido a los uniformados a visitar a un manifestante herido en el ojo (quizás el primer éxito de la inteligencia chilena: encontrar una víctima dispuesta a sacarse una foto con él).  Como dice mi hijo de seis años: “La Piñera ha contestado en un melón”. Una imagen tan surrealista que delata su aislamiento y vacilante conducta presidencial.

Visto desde lejos, la ilusión de un cambio en Chile está mezclada indisolublemente con el miedo de un desbande sinfín. Son imágenes perturbadoras porque es imposible saber su desenlace. Ver al unísono un pueblo movilizado pacíficamente sin banderas ideológicas y una turba violenta destruyendo todo a su paso, es el nacimiento de algo nuevo. Y lo nuevo no es ni bueno ni malo, es simplemente algo que está por definirse. Y esa es la gran incertidumbre de estos días, si ese es el germen de la esperanza o el inicio de una pesadilla.

Jorge Morales
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