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El Desconcierto
Opinión

La fantasía revolucionaria de Florencia Lagos y Pamela Jiles

Por: Francisco Mendez / Publicado: 09.12.2019
La fantasía revolucionaria de Florencia Lagos y Pamela Jiles / Foto: Agencia Uno
Florencia no es la única que tiene alucinaciones revolucionarias sin hacer algo concreto para, por último, materializarlas. La diputada Pamela Jiles también es de aquellas personas que ve la política como un cúmulo de frases, dichos y referencias al pueblo, más que otra cosa. Su paso por el Congreso no ha sido más que el infantil juego de una señora enamorada de lo testimonial, lo abstracto, debido a su temor a lo concreto.

Algunos vemos la política como el ejercicio de la razón, convencidos de que es la única vía para conducir los antagonismos y sus controversias. Sin embargo, a diferencia de lo que postula la superioridad moral del “amarillismo”, creemos que la idea romántica de la razón no puede predisponernos siempre ante una situación, ya que razonar no consiste en tener una única manera de afrontar problemas, sino en preguntarse cómo deben afrontarse, radical o moderadamente, dependiendo de la ocasión, pero nunca enamorarse de alguna de estas formas. Porque eso no es pensar bien las cosas.

Tampoco lo es repetir frases al viento con tal de sentirse seguro en un lugar, en un mundo, creyendo que la política es una religión en la que se debe insistir en ciertas consignas para lograr la salvación eterna.

Ver la discusión de ideas como el enfrentamiento entre los puros, los castigados y los malvados, es saltarse temas tan importantes como la discusión de ideologías, sus estructuras, la hegemonía de estas sobre cada uno de nosotros, y cómo llegar a identificarlas y desactivarlas. Enarbolar relatos desde la altisonancia estéril solo logra que quien lo hace se sienta mejor, inventándose una historia para evitar ver lo que está sucediendo y preguntarse cómo afrontarlo.

Eso hizo la periodista Florencia Lagos, quien en un encendido discurso en Venezuela le atribuyó una increíble fuerza de movilización a Unidad Social, dando a entender que la gran cantidad de personas que salía a las calles en Chile, era convocada por esta mesa. Lo decía jactándose de logros irreales, con los aplausos del chavismo de fondo, como si hubiera una hoja de ruta clara de todas las fuerzas de izquierda después del colapso del modelo.

Esto, obviamente, lo único que logró fue la extrañeza de muchas personas que ni la conocían-entre las que me incluyo-, como también la paranoia de una derecha que andaba buscando a alguien que alimentara sus húmedos sueños conspirativos, esos que pretenden negar el derrumbe del extremo ideológico que vivimos hace décadas, explicando la explosión social con malévolos extranjeros y no con lo evidente: se les cayó el dogma. Reventaron las individualidades que eran contenidas por esta universalidad quebrada.

Pero Florencia no es la única que tiene alucinaciones revolucionarias sin hacer algo concreto para, por último, materializarlas. La diputada Pamela Jiles también es de aquellas personas que ve la política como un cúmulo de frases, dichos y referencias al pueblo, más que otra cosa. Su paso por el Congreso no ha sido más que el infantil juego de una señora enamorada de lo testimonial, lo abstracto, debido a su temor a lo concreto. El mínimo raciocinio político la asusta, porque puede salpicarla el fango de la impureza. Y no hay nada más peligroso que la sola cercanía a lo impuro, ya que puede llevar a que aparezcan por su cabeza preguntas, cuestionamientos profundos que incluso puedan emplazarla a ella. Por eso mejor no bajar al fango cochino y feo.

Luego del grave error de Giorgio Jackson y Gabriel Boric, entre otros, al votar un paquete de medidas que el gobierno impuso con el discursito de “hay que condenar la violencia venga de donde venga”,Jiles, en vez de tratar de hacer algo para que el Frente Amplio se reuniera y pensara qué es lo que se está haciendo mal para que haya gente que sucumba ante el chantaje oficialista,  aprovechó, una vez más, de aparecer desde la vereda de los impolutos. Ellos, Jackson y Boric, eran los “vendidos”, los “traidores”, decía junto a sus seguidores, esos a los que les gusta la gente “consecuente” y no la que se equivoca, la que muestra contradicciones y comete tales desprolijidades parlamentarias. Hacerlo es estar del lado de la maldad, de la entrega al adversario político. No hay otra opción. Pensar otra cosa, o poner en duda lo que se dice en coro, no es solo convertirse en sacrílego, sino algo más espantosamente inaceptable: entrar en el terreno de lo incierto, en la intemperie que da la incertidumbre cuando no se tienen todas las respuestas. Y eso les suena aterrador.

En esto hay que detenerse si es que se quiere construir una alternativa de izquierda o progresista en el presente o en el futuro. Parece que, en vez de soñar con grandes masas de personas que apoyan el intachable espíritu revolucionario de personajes fantasiosos como los mencionados, lo que se requiere es trabajar para lograr un proyecto consistente que tenga a la política como eje central para articularse. De lo contrario, solo habrá voces dispersas y ensimismadas, enfrentándose con el único objetivo de alejarse del resto y salvarse solas. Y así no se podrá ofrecer jamás algo a la ciudadanía chilena.

Hoy parece el momento para separar la paja del trigo, sentarse y razonar, tomando en cuenta lo que se pide en las calles. Pero para eso se necesita liderazgo, gente que sepa decidir y, principalmente, politizar. ¿Y cómo se hace eso? Simple: saliéndose de la comodidad que da lo discursivo, para incomodarse con la posibilidad de obtener un triunfo. Ya es tiempo de salir de autocomplacencia de la eterna derrota.

Francisco Mendez
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