Opinión

Los Caburgua

Por: Cristián Zuñiga / Publicado: 14.12.2019
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Cuando nadie lo esperaba, aparece la IV temporada, con Piñera nuevamente como protagonista. La audiencia así lo pidió. Y vaya qué temporada. Aquí la producción entró en gasto y contrató maquinarias de guerra, simuló quema de edificios, adquirió efectos especiales para escenas de muerte, heridos y guerrillas urbanas. Sin lugar a dudas, este cuarto momento ha resultado ser el más intenso y nos ha mostrado a Piñera, en el rol del villano que se parapeta en su trono, cual Al Pacino en “Cara Cortada”, dispuesto a disparar a quién se interponga en su camino, sabiendo que el final se acerca y ya todo da lo mismo.

Los últimos 13 años han transcurrido en Chile como una serie de Netflix protagonizada por dos personajes: Bachelet y Piñera. Se trata de una serie con cuatro temporadas, en la cual cambian los elencos, locaciones y banda sonora, pero sus protagonistas continúan como ejes de la trama. En un racconto de episodios, podemos encontrar momentos sublimes: Bachelet en una tanqueta, Piñera rescatando a los mineros. Bachelet y los pingüinos, Piñera y los universitarios. Bachelet y Jorge Burgos, Piñera y Jorge Burgos. Bachelet y carabineros asesinando a Matías Catrileo, Piñera y carabineros asesinando a Camilo Catrillanca. Bachelet y el tsunami, Piñera y el estallido. Bachelet y carabineros desatados, Piñera y carabineros desatados. Bachelet y Piñera vacacionando en el lago Caburgua. En fin, son muchos los momentos significativos de esta serie y de seguro ustedes recordarán más.

Quienes la hemos seguido desde el principio, dábamos por hecho que la temporada II sería la final y que no habría más, pues Piñera  había terminado su primer periodo como un villano torpe al que le había quedado grande el poncho. Sin embargo, el partido del orden vio que no existían más nombres para reemplazar a los personajes principales y fue en búsqueda de Bachelet.

Entonces sí que proyectamos el final de esta serie, con Bachelet gobernando arriba de su retroexcavadora y Piñera cuestionado por el caso Exalmar. Pero vino la tragedia griega de Michelle y su hijo; todo se fue a negro. La temporada III dejaba a la hija del general con severos cuestionamientos éticos y en su momento más crítico: le otorgó escasos 22 puntos de rating (hasta allí marcó su aprobación).

Y bueno, cuando nadie lo esperaba, aparece la IV temporada, con Piñera nuevamente como protagonista. La audiencia así lo pidió. Y vaya qué temporada. Aquí la producción entró en gasto y contrató maquinarias de guerra, simuló quema de edificios, adquirió efectos especiales para escenas de muerte, heridos y guerrillas urbanas. Sin lugar a dudas, este cuarto momento ha resultado ser el más intenso y nos ha mostrado a Piñera, en el rol del villano que se parapeta en su trono, cual Al Pacino en “Cara Cortada”, dispuesto a disparar a quién se interponga en su camino, sabiendo que el final se acerca y ya todo da lo mismo.

Pero como todo final de serie larga, el ocaso de sus protagonistas se debe dar en  escenas cargadas de ritualidad y simbolismo. Ya lo vimos en El Padrino o, más recientemente, con House of Cards. Pongámonos más serios: la Biblia enseña que  las tramas de larga data, esas que marcan a pueblos y civilizaciones, deben tener finales a la altura de las circunstancias.

Quizás por lo mismo es que en esta cuarta y al parecer definitiva temporada, se encuentran en una misma escena Piñera y Bachelet. El primero como sanguinario villano, la segunda como heroína. Piñera en guerra declarada, rodeado de fusiles, tanquetas y aparatos policiales. Bachelet como alta comisionada de la ONU, develando las gravísimas violaciones a los derechos humanos cometidas por la policía chilena durante los últimos 55 días.

Ahora sí que la serie pareciera haber llegado a su final. La fiel audiencia espera con ansias esta conclusión. Todo parece indicar que uno de los dos quedará en el camino. Las apuestas por el desenlace son muchas, pero nadie se aventura a dar un pronóstico tajante. Mal que mal, este guión parece escrito por algoritmos que intentan imitar las más profundas e irracionales emociones humanas.

Es de esperar que al momento de asomarse el “The End” de esta larga serie -las cuatro temporadas se han extendido por ya 13 años-, nos hagamos cargo como audiencia y logremos programar algo menos repetido y tortuoso. Suele suceder que cuando uno termina una larga y dramática serie, luego busca despejarse con algo más liviano, breve o simplemente haciendo zapping en Youtube, esperando que caiga algo freak o llamativo.

Cristián Zuñiga
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