Opinión

“Esta no es la forma”: las violencias como campo de disputa

Por: Azun Candina Polomer / Publicado: 16.12.2019
forma / Foto: Agencia Uno
Vivimos en un país donde los gobiernos han definido como los ‘delitos de mayor connotación social’ aquellos cometidos por individuos contra otros individuos y contra sus bienes personales, pero no incluyen en esa lista a la usura, las colusiones de empresas, los monopolios y los oligopolios, la corrupción y los fraudes al Fisco.

En el segundo o tercer día de lo que se ha calificado como estallido social chileno, un enardecido manifestante encaró a un reportero en la (entonces) Plaza Italia, y reclamó ante la cámara: “nos dicen que esta no es la forma, esta no es la forma. Entonces, ¿cuál es la forma?”. La pregunta quedó flotando entre el espacio real de la plaza y el espacio virtual de la televisión. La respuesta todavía parece estar pendiente, tensionada y puesta en cuestión por dos meses de protestas ininterrumpidas.

Para el gobierno, al parecer, habría una respuesta: la forma correcta de manifestación ciudadana sería algo así como avanzar por las veredas entonando cánticos y llevando, supongo, algunas pancartas, en horario de oficina y sin obstaculizar el tránsito, y retirarse después en completo orden. A muchos nos gustaría vivir en un país donde ese tipo de manifestación hubiese logrado cambios profundos y significativos, y que hace años tuviéramos una nueva carta constitucional, políticas públicas solidarias y redistributivas, y se hubiese controlado un poco –aunque fuese un poco– la codicia infinita de las grandes empresas. Pero sabemos que no vivimos en ese país. Y sabemos, también, que cuando hablamos de ella, debemos partir reconociendo que no existe la violencia, en singular, sino las violencias, diferentes en orígenes, intensidades y consecuencias.

En el contexto actual, una de las tareas urgentes de la sociedad chilena es reflexionar sobre sus violencias, las más antiguas y las más recientes, las más sutiles y las desembozadas, y asumir que los discursos simplistas sobre esas violencias, ni funcionan ni van a funcionar. Entre esas violencias que hoy se rechazan y se discuten en lo público, está la violencia estructural, es decir, formas de funcionar de una sociedad que causan pobreza, marginación y sufrimiento, y la violencia simbólica, que a partir del lenguaje, los estereotipos y las actitudes y mensajes, humilla y daña a otros. Vivimos en un país donde un 1% de los ciudadanos concentra un tercio de la riqueza. Vivimos en un país donde las personas mueren esperando atención médica, y donde niños y niñas en las escuelas públicas no tienen calefacción ni baños dignos. Vivimos en un país donde ministros y autoridades, hasta hace muy poco, se permitían hacer bromas crueles sobre el alza del pasaje del Metro o del valor de los alimentos, o sobre la crisis de esa misma salud pública. Vivimos también, como bien ha indicado Grínor Rojo, académico de la Universidad de Chile, en un país donde desde arriba se instaló el individualismo y el aprovechar-la-oportunidad como la llave para triunfar y para poseer: “El nuestro es un país en el que los que no son delincuentes prontuariados también saquearon y algunos de ellos en magnitudes inimaginables, y que lo hicieron porque estaban (porque estamos todos) sumergidos hasta el cuello en una cultura de la violencia, la real y la simbólica, en un neodarwinismo al que ni el mismísimo Darwin hubiese reconocido como suyo”[1].

Esas violencias estructurales y simbólicas, y sí, también policiales, delictuales, sociales y callejeras, no son una excepción en nuestra sociedad y nuestra historia, sino que han sido parte de cómo vivimos y nos relacionamos. Ocultar unas violencias y visibilizar otras, y desconectarlas, como si no tuviesen ninguna relación, es lo que nos ha llevado a la profunda crisis en que nos encontramos. Vivimos en un país donde los gobiernos han definido como los ‘delitos de mayor connotación social’ aquellos cometidos por individuos contra otros individuos y contra sus bienes personales, pero no incluyen en esa lista a la usura, las colusiones de empresas, los monopolios y los oligopolios, la corrupción y los fraudes al Fisco. Desde la década de 1990, las elites políticas y económicas chilenas destacaron la violencia delictual popular como uno de los peores problemas de nuestra sociedad, mientras a la vez y contradictoriamente, naturalizaron la violencia estructural, la injusticia, el delito de cuello blanco y el egoísmo extremo como si fueran fenómenos ante los que no se puede hacer nada, y aun peor: como si fueran virtudes.

Entonces: cuál es la forma. Tal vez las respuestas no son tan difíciles. Si vamos a cambiar ‘la forma’, son varias las formas que debemos cambiar. Es inaceptable que ese darwinismo social que menciona Grínor Rojo, se haya convertido en una suerte de virtud, donde aprovechar, robar y violentar está bien, porque los demás también lo hacen y así se triunfa en la vida. Es inaceptable que tengamos gobiernos que esperan que la ira social cubra las calles, para empezar a considerar –ni siquiera para poner en práctica— cambios de fondo a un modelo injusto de economía y de sociedad. Es inaceptable y es profundamente destructivo, para cualquier sociedad, que aun en esas circunstancias, aun con una crisis económica en ciernes, tengamos una clase política que insista en cerrarse sobre sí misma y en perderse en teorías conspirativas sobre supuestos y anónimos ‘grupos organizados’, que habrían desatado la violencia en las calles chilenas. Es inaceptable que los llamados a la paz y la unidad, sean acompañados por el abuso policial sistemático. Si vamos a cambiar las formas de hacer política, y si vamos a enfrentar nuestras violencias, tenemos que hacerlo desde el profundo reconocimiento de ser una sociedad agrietada, desconfiada de sí misma y herida, que ya no puede seguir poniendo la justicia social, la solidaridad y el respeto mutuo como un horizonte que nunca se alcanza, y que se anestesia a sí misma con migajas de bondad.

[1] Grinor Rojo, ‘Saqueos de primera y segunda clase’, en http://www.filosofia.uchile.cl/noticias/159729/saqueos-de-primera-y-segunda-clase

Azun Candina Polomer
Académica, Universidad de Chile.
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