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El Desconcierto
Opinión

Hoy temo más de un Carabinero que de un lanza o un cogotero

Por: Richard Sandoval / Publicado: 17.12.2019
Hoy temo más de un Carabinero que de un lanza o un cogotero pacos /
Porque carabineros y no flaites son los que han arrancado los ojos a cientos, sin ser identificados; carabineros y no choros son los que han derretido los cueros cabelludos de manifestantes pacíficos atacados por un carro infernal, cargado de furia y odio, echado a masacrar a su propio pueblo con financiamiento fiscal, con impunidad plena. Con anonimato de los ejecutores. Carabineros y no lanzas internacionales son los que han dejado abandonadas a personas convulsionando en el suelo, los que han atacado incluso a hombres en sillas de ruedas, a niños, a mujeres embarazadas con tal de imponer su poder, su orden corrupto, delictual, abusivo, putrefacto.

Hoy temo más de un carabinero que de un lanza o un mechero, el cogotero de la cuadra. Hoy enfrentarme a un carabinero en la calle me da mas temor que tranquilidad. Da ansiedad, sospecha y misterio ante la maldad a la que pueden llegar, en secreto e impunidad. Maldad y ensañamiento. Pienso en qué momento van a disparar a quemarropa porque se les dio la gana, porque su director general les dijo que no los daría de baja por ningún motivo. Pienso en qué momento va a aparecer el guanaco desde la esquina para lanzar, sin juicio y sin castigo, con el respaldo implícito de su jefe, sin protocolo ni orden, agua que opera como arma química, agua con soda cáustica que quema pieles, destruye cuerpos, con la normalidad del daño como práctica adquirida. Veo a un carabinero armado hasta las uñas y llevo las manos a mis ojos, escucho una patrulla veloz y pienso en que la rutina del policía será disparar sus bombas lacrimógenas al pecho, a los rostros, a las cabezas, como lo han hecho con sus propias vecinas. Porque ya les da lo mismo. Pienso en que salen a la calle libres y sueltos, con el objetivo de causar daño, sin controles, sin mínimos  cuidados, en complicidad, encubrimiento e inyectados de saña. Pienso en que todo lo delictual que hacen no les será juzgado como si les caerán las leyes al lanza o al cogotero.

Hoy salgo a la calle y antes que al lanzazo de un cogotero, le temo al verde pulcro e institucional de un hombre con armas de fuego entre sus manos, compañero de armas de criminales que no pagan. Sé más de lo que es capaz un carabinero peinado y bien vestido y su fuerza especial que de la capacidad de maldad de cualquier otro chileno que será procesado con todas las de la ley. Porque carabineros y no flaites son los que han arrancado los ojos a cientos, sin ser identificados; carabineros y no choros son los que han derretido los cueros cabelludos de manifestantes pacíficos atacados por un carro infernal, cargado de furia y odio, echado a masacrar a su propio pueblo con financiamiento fiscal, con impunidad plena. Con anonimato de los ejecutores. Carabineros y no lanzas internacionales son los que han dejado abandonadas a personas convulsionando en el suelo, los que han atacado incluso a hombres en sillas de ruedas, a niños, a mujeres embarazadas con tal de imponer su poder, su orden corrupto, delictual, abusivo, putrefacto. Carabinero y no ladrón de portonazo es el General Rozas, el comandante capaz de cuestionar estudios de las mejores universidades que han denunciado la composición asesina de los perdigones que disparan sus hombres, a los que promete bancar hagan lo que hagan.

En qué bestia te has convertido, carabinero de Chile, en qué minuto te convertiste en la representación de un peligro, más que en una garantía de seguridad. En la amenaza en tu camino, jamás amistad y resguardo, segura compañía. El enemigo transversal y declarado frente al pueblo que te paga el sueldo. El que dispara a quemarropa bombas que revientan ojos, el que quema pieles con agua con soda cáustica, con gas pimienta, con la normalidad del paso de los días, el que viola derechos, respetos, y cuerpos con la trivialidad aceptada sin asco por el alto mando auto desprestigiado, cazado con el atentado al derecho, el orden y el prestigio que pretenden impulsar.

Richard Sandoval
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