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Los muertos que el estallido olvidó: Los dos cuerpos que fueron encontrados en tienda saqueada de Valparaíso no tenían señales de quemaduras

Por: Diego Bravo Rayo y Diego Bravo Carrasco. / Publicado: 27.12.2019
Tienda Hites Valparaiso / Fuente: Agencia Uno.
El sábado 21 de diciembre se encontraron dos cadáveres en el subterráneo de una tienda Hites de calle Condell, en Valparaíso. Fuentes ligadas a las pesquisas tanatológicas aclaran que, pese a que lo último que se supo del local fue que se incendió hace cinco semanas (y un mes después del estallido social), no habían señales de calcinamiento en ambos. Tampoco coinciden las denuncias por presuntas desgracias. Los análisis post mortem no descartan la intervención de agentes del Estado.

Las llamas aparecieron la madrugada del 18 de noviembre, exactamente un mes después de iniciado el estallido social. Salían de la tienda Hites, en calle Condell 1273, Valparaíso. Y tal voracidad alcanzó el fuego, que siete compañías de bomberos de la comuna (más una de Viña del Mar) tuvieron que llegar a extinguirlo.

Para entonces, el local había sido saqueado en cuatro oportunidades. Misma suerte que los otros del mismo barrio, allí entre la subida Ecuador y la Plaza Aníbal Pinto. Es donde se han concentrado las expresiones de los dos meses de agitación: marchas, barricadas, destrozos al mobiliario público, además de los mismos incendios y robos. Pero para esa noche y “al momento del incendio, la tienda no tenía mayores especies”, detallaría después el mayor Marco Jiménez, de la segunda comisaría central de Valparaíso. De los registros que llevaban, contaban al menos cuatro las veces en que desconocidos entraron para llevarse algo.

El siniestro de esa noche de noviembre provocó daños estructurales en todo el edificio. Las causas que lo produjeron aún no están determinadas. Fueron varias docenas de voluntarios los que respondieron al llamado; también miles de litros de agua vertidos. Tantos, que la planta baja, el subterráneo de la tienda, quedó inundado.

Lo que vino después fue el lamento de los trabajadores y el refuerzo de la fachada: sobre las cortinas de metal pusieron gruesas láminas de acero, cruzadas por fierros tanto o más gruesos, todos soldados. Una fortaleza casi impenetrable. Solo se podía acceder por una pequeña puerta, del mismo material, que estaba en la parte delantera del local, asegurada por dos candados.

Guillermo Alegría, el gerente de la tienda, había visitado dos o tres veces el edificio hasta antes del sábado 21 de diciembre pasado. No tenía mucho más que ver: las vigas gruesas, los pilares negros, las ventanas quebradas. Pero quiso, de todas maneras, caminar por entre las ruinas. Era el último trayecto para definir si había algo que recuperar, o si debía de echarse todo abajo y comenzar de cero.

Cerca de las 10:00 de la mañana hizo el llamado a Carabineros. Era la primera vez que bajaba hacia la bodega, en el piso subterráneo. No tenía esperanzas de encontrar algo: lo que no había sido quemado, se había mojado y por ende, quedaba en condición de inutilizable. Además, la escalera, cerca de la entrada, también estaba con agua y humedad. Pero quién sabe por qué instinto, decidió ir. 

Entre los haces de luz que se cruzaban por la fachada avanzó hacia el líquido estancado. Y allí lo vio, flotando, deformado, putrefacto, hinchado, inidentificable. Un cuerpo, una persona a la que olvidaron allí, entre el fuego y las cenizas.

Lo siguiente que hizo el gerente fue dar el aviso a Carabineros. El Laboratorio de Criminalística fue el primero en llegar. De ellos dependía que la escena quedara indemne para que el Servicio Médico Legal (SML) hiciera después lo suyo. “Al momento que el personal del laboratorio de criminalística ingresó a fin de verificar el sitio del suceso, se percató de la presencia de un segundo cuerpo”, contaría luego el mayor Jiménez.

La información preliminar hablaba de marcas de fuego en los cadáveres. Los medios replicaban que estaban incinerados, que tenían ese color negro de la piel quemada. También se decía que era tanto el deterioro, que no se podía distinguir siquiera el sexo. El mayor Jiménez lo señaló el mismo sábado así: “No hay data establecida fehacientemente, porque hay que hacer análisis de datos de putrefacción y los distintos elementos que el cuerpo mantiene. Tampoco hay identidades ni información de edad ni sexo de los cuerpos. Inmediatamente la tienda descartó que fuera algún trabajador ni que fuera alguna persona relacionada a la tienda”.

En 18 de noviembre, las denuncias por presuntas desgracias que manejaba la policía eran alrededor de seis o siete. Cuando los cuerpos se encontraron, eran solo cinco las que se mantenían en proceso, según la información policial. De forma preliminar e inacabada (principalmente fijándose en rasgos físicos como tatuajes), Carabineros descartó alguna coincidencia con la lista.

33 días después del incendio, con cuatro visitas a los vestigios del local, con siete (o cinco) denuncias por presunta desgracia, nadie reparó en dos cuerpos en el agua que, con esos mismos números, se transformaron en piezas difíciles de reconocer. 

No los vieron, tampoco los buscaron.

Las señales

El primer saqueo ocurrió en 19 de octubre. Guillermo Alegría recuerda la fecha por ser la inicial. También sabe de la última, en 11 de noviembre, que fue la que finalmente lo llevó a sacar todo del local: “A pesar de estar cerrada, estos gallos siguieron entrando y rompiendo las láminas de acero que colocamos. ¡Entraron hasta por el techo! Con eso te digo todo”, cuenta el gerente.

El barrio está rodeado de testigos que vieron el incendio, o que pasearon frente al local desde el estallido. “Desde que se empezó a saquear, Hites abrió muchas veces. En los primeros días, entraron los dueños, blindaron, pero después se hizo tira el segundo piso, rompieron los vidrios”, cuenta una testigo.

Según relata una locataria cercana, si bien no había un olor distinguible a carne humana en descomposición después del incendio, sí había una gran concentración de moscas en la entrada. No obstante, de otras tiendas atribuyeron la presencia de los insectos a otro gran incendio en la misma calle Condell: uno que calcinó el antiguo edificio en el que funcionaba una tienda de alimento para mascotas y en el que había una gata adentro.

Fuentes del Servicio Médico Legal de Valparaíso precisan que después de cinco semanas sumergidos en el agua, los cuerpos comenzaron el proceso de gasificación propio de los muertos. Las huellas dactilares, a esa altura (y según detalla la misma fuente), habían desaparecido.

De acuerdo al mismo relato, los cuerpos corresponden a dos hombres, de entre 25 y 30 años, que no presentan señales de quemaduras. “Tiene que haber sucedido lo siguiente: los cuerpos no estaban calcinados. Seguramente estas personas, como hipótesis, estaban robando. Se declaró el incendio y quedaron atrapados abajo. Cuando llega bomberos, los rocían con agua y ahí fallecen. No fue producto del incendio, quizás fue por inhalación de gases, probablemente por asfixia”, explica la misma fuente.

Hoy en día, las investigaciones dieron con una de las familias de los dos fallecidos. “Había hablado con la esposa de uno. Ella dijo que efectivamente estaba delinquiendo, que ella eso lo sabía”, cuenta la misma misma fuente del SML.

Con todo, lo que ordenó el Fiscal Cristian Andrade, quien encabeza la investigación, fue que las autopsias siguieran el Protocolo Minnesota, el nombre genérico que adquirió el “Manual de las Naciones Unidas sobre la Prevención e Investigación eficaces de las Ejecuciones Extralegales, Arbitrarias o Sumarias”, creado en 1991. Cuando las pesquisas siguen estos lineamientos, no se descarta que hayan actuado agentes del Estado en el mismo deceso de las víctimas. Entre sus características destaca la toma de radiografías de los cadáveres y la confirmación de los fallecidos por muestras de ADN.

Andrade explicó que buscará “determinar algún crimen de lesa humanidad para determinar todas las circunstancias posibles y con precisión todas las causas de muerte”.

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