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Opinión

Boicot a la PSU: No somos quiénes para criticar la forma

Por: Richard Sandoval / Publicado: 07.01.2020
Boicot a la PSU: No somos quiénes para criticar la forma / Foto: Agencia Uno
Debemos aceptar que no somos quienes para criticar la forma en que los estudiantes boicotean la prueba que designa sus futuros, la prueba que premia a los niños bonitos que traían alojados conocimientos desde que aprendieron a hablar con su papitos que tenían los datos que los padres de población no tenían. No nos espantemos, porque este es el Chile nuevo que grita en las calles, que se transa en el Congreso, que el Estado enfrenta quitando ojos y matando a capuchas.

La conservadora frase “no es la forma” asomó instantánea cuando vimos a los secundarios boicotear la realización de la PSU, con la quema de pruebas, protestas en colegios, tomas y gritos. Que cómo van a impedir que otros que sí quieren dar la prueba no la puedan dar, que qué pasará con la validez de los resultados, con las postulaciones y las matrículas; pero ya no podemos ser tan cobardes, delicados y cuidadosos de la normalidad que nos han impuesto, porque si hoy los viejos discuten en sus palacios cómo será que cambiaremos la Constitución y se llenan la boca con el nuevo Chile que se atribuyen, si creemos que ya nada será distinto a la vida que llevábamos antes del 18 de octubre, es porque los secundarios fueron los que nos enseñaron, con sus evasiones masivas, que las formas que creíamos que no eran las más adecuadas, al final eran las únicas que abren el camino de rebeldía para hacerlo estallar todo, y por fin generar algún tipo de cambio en este Chile de desigualdad medieval.

Y hoy, con la PSU boicoteada, ya no somos quiénes para decirles a los jóvenes estudiantes cómo deben expresar lo que los agobia, lo que los estresa, daña, designa, restringe, enferma; porque son ellos lo que -desprendidos del miedo que a nosotros nos formó- golpean la mesa con la convicción de que la interrupción de la paz, el quiebre de la normalidad es la única manera de que los guardianes del poder cedan hacia una realidad distinta, más justa, menos esclavizante, menos perpetuadora de una desigualdad que se torna insoportable, como la desigualdad que cubre de oro la defenestrada PSU.

La PSU no da para más desde hace muchos años y hoy los jóvenes la sienten como la asistencia a una ceremonia de la desigualdad y el maltrato, una en la que los cabros de Cerro Navia y La Pintana acuden sabiendo que luego, en marzo, cuando se haga el mapa de los resultados, van a aparecer con el color más rojo marcado sobre sus caras, sobre sus cuerpos, conciencias y futuros, mientras que los de Las Condes y Vitacura saldrán bien azulitos con sus más de 600 puntos promedio, superándolos en más de 200 unidades no por ser más inteligentes, no por ser más capaces, virtuosos, bacanes; sino simplemente por habitar un terreno con  mejores condiciones para tomar un libro, con colegios más bonitos, con billetes abultados en las ropas de su padres que pueden pagar profesores para cursos de 20 alumnos por sala y no de 40, con hogares tan bien constituidos, con barrios sin balaceras, violencias y riesgos que no oponen mayores trabas para que los contenidos de lenguaje y matemáticas lleguen con facilidad a ocupar sus cómodos cerebros. De asistir a esa ceremonia, aplaudida y reforzada por el sistema político y universitario, los cabros se cansaron, se aburrieron, y decidieron que ya no más, que la fiesta de la democracia de la PSU ya es inválida, y no se va a tolerar más. Eso, los que crecimos en el imperio de la PSU, lo debemos entender, lo debemos aceptar.

Debemos aceptar que no somos quienes para criticar la forma en que los estudiantes boicotean la prueba que designa sus futuros, la prueba que premia a los niños bonitos que traían alojados conocimientos desde que aprendieron a hablar con su papitos que tenían los datos que los padres de población no tenían. No nos espantemos, porque este es el Chile nuevo que grita en las calles, que se transa en el Congreso, que el Estado enfrenta quitando ojos y matando a capuchas. Un Chile que no te va a seguir aguantando el escupitajo en la cara, con burla, de los que siempre han tenido todo a los que nacieron con nada.

Y la PSU es la guinda de la torta de esa burla. Es la prueba que te dice que si tu papá es obrero y vives en la comuna más pobre de tu provincia y estudias en el colegio más precario de los municipales, tu horizonte es tan bajo como el puntaje que obtendrás; mientras el que se paga preuniversitario, el hijo de abogado del barrio alto, el que se educa con más plata que el sueldo mínimo de la señora que hace el aseo, da la PSU como un trámite simple y rápido que le entregará el vale para ir a cobrar a una universidad el derecho adquirido a seguir siendo parte de un entorno profesional, acomodado y lleno de conocimiento. Un derecho adquirido en la cuna. Esa realidad de la PSU como una prueba colador contra el pobre y periférico es la que se ha dicho que no da para más. Y nosotros, los que ya la dimos, no diremos cuál es o no la forma para boicotear.

Richard Sandoval
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