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Opinión

Sobre la legitimidad de la violencia. Reflexiones a partir de la Primera Línea en el debate público

Por: María Eva Muzzopappa y Alicia Salomone / Publicado: 09.01.2020
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No haremos aquí un análisis de la composición u origen de la Primera Línea, sino que nos enfocaremos en el impacto que tuvo su irrupción en dos dimensiones de los debates públicos. Por un lado, la configuración de la idea de la violencia política y su legitimación en el marco de la protesta; por otro, su visibilización como constitución de una subjetividad política colectiva, en un contexto en el cual habían predominado las demandas sectoriales.

El tema de la violencia en el contexto de la revuelta social

Desde que se inició la revuelta social en Chile, el tema de la violencia ha sido objeto de debate público.[1] Así, en los primeros días de la crisis, el presidente Piñera confrontó a quienes llamó vándalos y violentistas, y los sindicó como un enemigo poderoso al que había que enfrentar con el mayor rigor, ejerciendo el derecho legítimo al uso de la fuerza pública: la violencia legítima del Estado. Por su parte, dos días después del Evade que protagonizaron estudiantes secundarios en el metro de Santiago, el periodista Daniel Matamala titulaba la que sería la primera de una serie de notas como “La ciudad de la furia”. Advertía sobre el peligro de hacer oídos sordos a las demandas y criminalizar la protesta ciudadana, lo que podía abrir camino a una violencia irracional, carente de peticiones claras y liderazgo unificado, impidiendo la canalización institucional del conflicto.

La violencia se instaló como un eje asociado a las situaciones de saqueos e incendios que se sucedieron en las primeras semanas, hasta que los carabineros pasaron a ocupar el centro de la escena. El 6 de noviembre los eufemísticamente denominados “traumas oculares” concentraron la atención periodística y social a partir del caso de Gustavo Gatica, exponiendo con su dramática experiencia (el estudiante de psicología quedó irremediablemente ciego) toda la potencia y desenfreno de la represión policial. Un documental del New York Times tituló “It’s mutilation” a la acción de las fuerzas especiales de carabineros, instalando a nivel global lo que venía siendo denunciado por los manifestantes y organismos nacionales e internacionales: que las fuerzas de orden ejercían una represión desproporcionada y fuera de control, que había derivado en graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos.

Para ese momento, las imágenes de la protesta social ya habían adquirido un tinte singular: la violencia desproporcionada se ejercía contra la ciudadanía que se manifestaba pacíficamente, exhibiendo al mismo tiempo una singular dimensión lúdica. Así, los registros empezaron a mostrar al “Estúpido y sensual Spiderman”, “El Jajas”, “Nalcaman”, “Baila Pikachú”, “Ojo de halcón” y la imagen del “Negro Matapacos”,[2] entre otras figuras que se sumaron al “Baile de los que sobran”, el icónico tema de Los Prisioneros convertido en himno de las protestas. Entre las figuras que circulan en fotos y afiches de una estética postapocalíptica con resabios de animé, encontramos algunos que interesan aquí especialmente: el “Yutakiller”, “Espartacus” y el “PareMan/Capitán Alameda”, todos personajes que se convirtieron en un nuevo referente heroico. Con capucha y escudo como únicos elementos, comenzaron a representar a un actor social definido: la “Primera Línea”.

No haremos aquí un análisis de la composición u origen de la Primera Línea, sino que nos enfocaremos en el impacto que tuvo su irrupción en dos dimensiones de los debates públicos. Por un lado, la configuración de la idea de la violencia política y su legitimación en el marco de la protesta; por otro, su visibilización como constitución de una subjetividad política colectiva, en un contexto en el cual habían predominado las demandas sectoriales.

A mediados de noviembre de 2019, las acciones emprendidas por la Primera Línea comenzaron a aparecer en algunos medios como una expresión política legítima, hasta convertirse en trending topic en redes sociales. Las épicas imágenes del enfrentamiento, tan brutal como desigual, la convirtieron en un tema de reflexión al cual algunos se abocaron. En este marco, puede observarse un desplazamiento semántico: si, por un lado, amplios sectores sociales operaban un rápido reconocimiento de las múltiples violencias estructurales a las que se encontraban sometidos, por otro, la Primera Línea comenzaba a ser representada como parte del movimiento social. En la división de tareas “espontáneamente” asignadas en las manifestaciones, aquella se encargaba del combate cuerpo a cuerpo. En un escenario de reivindicaciones sostenidas discursivamente pero también con presencias concretas que conforman y apoyan la protesta, como los voluntarios de la salud o las personas que acercan comida, comenzaron a reabrirse algunos debates fundamentales, tales como el lugar de la violencia política en el Chile postdictatorial.

Desde la violencia primitiva a la Primera Línea como autodefensa

Volvamos a alguna de las primeras manifestaciones periodísticas sobre lo que se ha denominado el “estallido social”, que habían puesto -y siguen poniendo- en primer plano los desmanes, destrozos y saqueos. En esta dirección, la cuestión de “las formas” fue un eje de discusión cotidiana que evidenció cómo las movilizaciones dejaban atrás modos tolerables de disidencia para avalar nuevas formas de protesta que se situaban más allá de lo previamente aceptable. La Primera Línea abría así el campo a una nueva discusión sobre la violencia política en el escenario democrático.

Desde la óptica oficialista, la acción de la Primera Línea fue delimitada como vandalismo o violencia en estado puro, como una acción anómica que buscaba desestabilizar y/o destruir el orden social, desligándose de acuerdos que pudieran producir cambios progresivos. Es una visión que podríamos denominar como la “teoría del demonio de la violencia”, que invisibiliza y naturaliza y/o justifica no solo el actuar de las fuerzas de orden sino otras formas estructurales de la violencia inscritas en el sistema social. Otras perspectivas, como las expuestas por los periodistas Daniel Matamala, Magdalena Ortega o Luis Felipe Sauvalle, con matices, dibujaron una versión aggiornada de la “teoría de los dos demonios”.[3] Todas ellas posicionaron a la sociedad chilena como una suerte de víctima inocente, cercada tanto por la violencia estatal como por la popular, lo que amenazaba el hallazgo de una salida racional para el conflicto presente. Así, Ortega recomendaba: “Menos ‘primera línea’, más diálogo. Ese es el Chile que queremos y necesitamos”. Por su parte, Sauvalle detectaba el cambio de sensibilidad operado en la masa pues, si antes las personas buscaban diferenciarse de los encapuchados que irrumpían al final de las movilizaciones, ahora los consideraban parte de su movimiento: “el relato es que gracias a ellos las personas pueden ejercer de manera libre y segura sus derechos, que pueden manifestarse. ‘La primera línea’ la han llamado. Esos ‘valientes’ que lo dejan todo (…) Superhéroes que han romantizado la violencia, una épica de la que se quiere ser parte”.[4]

Desde una postura crítica de estas visiones, el periodismo alternativo y ciertas publicaciones en redes sociales caracterizaron a la Primera Línea desde una sensibilidad más próxima a ella. A través de breves reportajes a integrantes del grupo, ya no la presentan como una masa indiferenciada y agresiva – el lumpen – sino como una nueva forma de acción colectiva, sin nombre y con cara tapada, que expone una forma diferente de politización.

La periodista Nicole Senerman[5], a mediados de noviembre, ya señalaba que la Primera Línea tenía como fin la protección de los manifestantes – la autodefensa – mediante la desactivación de bombas y la instalación de una línea de contención con escudos. Es más, observa que, dado que la represión de los carabineros no respondía a provocaciones de los manifestantes, el accionar de la Primera Línea adquiría creciente legitimación. En el mismo sentido, la crónica de Camilo Cáceres en The Clinic[6] destacaba el rol de las mujeres en esa experiencia, abonando también la perspectiva de Roberto Fernández Droguett[7] según la cual la Primera Línea es un colectivo heterogéneo que reúne a personas que han sido víctimas directas o indirectas del modelo neoliberal: desempleados y/o precarizados; estudiantes endeudados; miembros de familias con salarios y pensiones insuficientes; jóvenes de poblaciones periféricas; jóvenes del Sename; miembros de pueblos indígenas; de disidencias sexuales; y personas con la convicción de que el país necesita un cambio de rumbo. Así, concluye Fernández Droguett que entre el movimiento social y la Primera Línea se ha establecido una relación orgánica.

Sobre la legitimidad de la violencia

Irrupción violentista, épica romántica, anarcos dirigiendo al lumpenaje, protectores heroicos, son los extremos entre los cuales se juega la descripción de un grupo que enfrenta, confronta y forma parte de aquello que se engloba bajo el término violencia. Decíamos que se reabre aquí un debate reincidente, que es el del lugar de la violencia en el marco del estado de derecho y que se refiere tanto a la modalidad de la protesta como a los altos niveles de represión policial durante los últimos 30 años.

Algunos sectores sostienen que la violencia de la Primera Línea “no es la forma”. La violencia, dicen otros, es la que continúa sosteniendo a un sistema profundamente desigual, pero también a los cuerpos especiales de carabineros, encargados de ejercer la “violencia legítima” del Estado. Es esta legitimidad, entonces, la que ha sido profundamente cuestionada por esta revuelta, en general, y por la acción de la Primera Línea, en particular.

Las marchas y manifestaciones, pasados ya los 77 días, conmovieron las reglas que supuestamente son parte de la cultura cívica y que están a la base de la formalidad legal del Estado de derecho. La policía y las fuerzas armadas comandadas por el presidente legítimamente electo – los aparatos represivos del Estado, en términos de Althusser- son las únicas instancias autorizadas para ejercer la violencia física. Pero ante la declaración del estado de emergencia, la ciudadanía respondió con un desafío: la desobediencia al toque de queda declarado por el presidente Piñera. Una periodista estimó que “faltaba cultura del toque de queda”.[8] Y todavía más, ante la pregunta por el efecto de la declaración del estado de emergencia y toque de queda, un 50 % de los asistentes a las manifestaciones entrevistados por el Núcleo de Sociología Contingente afirmó que dicha medida había tenido un efecto opuesto al inicialmente buscado: su participación se había incrementado como respuesta a la  situación represiva.[9] Los manifestantes, al confrontar con su presencia la sujeción implícita a esa “violencia legítima del Estado”, demostraron que, lejos de carecer de una  cultura de toque de queda, conocían profundamente sus implicancias y se plantaban, físicamente, ante la veda de reunión en los espacios públicos.

Por su parte, la “Primera Línea”  también cuestiona la idea de la violencia legítima del Estado, subvirtiendo su legitimidad, al resignificar su propia acción como “defensa”. Al constituirse como primer barrera frente a los carabineros para que las marchas y manifestaciones puedan tener lugar, “defienden” y ponen en primer plano el derecho a la protesta social, derecho garantizado por la Constitución y el Derecho Internacional. “Defienden” la disidencia y la protesta, permitiendo que el descontento y el reclamo puedan expresarse. Por otra parte, al constituirse como parte orgánica de las manifestaciones, se alejan de acciones propias esos actores que aparecían en otros tiempos confrontando a los carabineros al final de las marchas. La diferencia es, en principio, sutil. Se trata, todavía, de encapuchadas y encapuchados que tienen una confrontación física con las fuerzas del orden. Sin embargo, han asumido como tarea el habilitar el espacio para que la manifestación tenga lugar, requisito indispensable para lo que Judith Butler denomina el “derecho a aparecer”.[10] Es, al mismo tiempo, una forma novedosa de pensar los colectivos de autodefensa, que se desplazan desde la figura heroica tradicional para dar lugar a un colectivo que discursivamente los cronistas reconocen en su diversidad y heterogeneidad, pero que caracterizan  desde su condición de acción colectiva: sin nombre y con la cara tapada. Son los capucha, los sin rostro, los que solo tienen nombre el día de su muerte. Sea cual sea el destino de esta rebelión, sin duda la Primera Línea constituirá un hito en la reflexión sobre el lugar de la legitimidad de la violencia y sobre la definición misma de la violencia política en el Chile contemporáneo.

[1] Dada la fisonomía amplia y compleja del escenario en el cual tales discusiones se producen, advertimos que este artículo incluye las declaraciones y reflexiones vertidas en diarios y periódicos digitales y redes sociales.

[2] Una galería de los personajes fotografiados al 6 de noviembre puede encontrarse en https://www.theclinic.cl/2019/11/06/fotos-epicas-todos-los-superheroes-que-han-aparecido-en-las-protestas-en-chile/. Allí también se encuentra el proyecto de comic sobre Pareman y el Negro Matapacos.

[3] Daniel Matamala, “La ciudad de la furia”, La Tercera, 19/10/2019; Magdalena Ortega, “La Primera Línea”, El Mostrador, 30/11/2019.; Luis Felipe Sauvalle, “Revolución con sabor a frapuccino y cinnamon roll”, El Mostrador, 06/12/2020.

[4] Luis Felipe Sauvalle, “Revolución con sabor a frapuccino y cinnamon roll” , El Mostrador, 06/12/2020

[5] Nicole Senerman, “Día 29 de protestas en Chile: la Primera Línea”, 16/11/2019, emf., http://esmifiestamag.com/2019/11/16/dia-29-de-protestas-en-chile-la-primera-linea/

[6] Camilo Cáceres, “Primera Línea de las manifestaciones. Una batalla de David contra Goliat”, The Clinic, 19/11/2019.

[7] Roberto Fernández Droguett, “Mitos y verdades sobre la Primera Línea”. En https://lamiradasemanal.cl/mitos-y-verdades-sobre-la-primera-linea/

[8] Macarena Pizarro. La discusión es sobre si la periodista afirmó que “afortunadamente” faltaba cultura de “estado de sitio” o si sólo hizo referencia a que estas conductas se debían a una efectiva “falta de cultura de estado de sitio”. En ambos casos, la conclusión sigue siendo la misma.

[9] Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

[10] Butler, J. 2017 (2015). Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la lucha política. Barcelona: Paidos.

María Eva Muzzopappa y Alicia Salomone
María Eva Muzzopappa, Universidad Nacional de Río Negro, y Alicia Salomone, Universidad de Chile (Fondecyt 1180331).
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