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Opinión

Parásito

Por: Cristián Zuñiga / Publicado: 25.01.2020
Los propietarios del holding Penta llegando al Centro de Justicia / Agencia UNO. /
Lo que estamos viviendo en este Chile movilizado, no cabe duda que tiene que ver con la excesiva avaricia y torpeza de nuestra clase política-empresarial post dictadura, conformada por personajes como Carlos Délano y Carlos Lavín, protagonistas del caso Penta. El provincianismo de nuestros poderosos criollos nos han traído a este escenario donde predomina la violencia, tanto policial, como insurreccional. Esta clase dirigencial no fue capaz de algo tan básico y elemental, como prever que en algún momento, quienes quedaban fuera del banquete de fin de año, donde se entregaban premios, regalos y reconocimientos, iban a tirar del mantel. La película “Parasite”, hoy de paseo por las galas del cine mundial, es una vitrina donde vernos y reconocernos.

Es evidente que el malestar del Chile actual es el malestar del humano de occidente, ese del estatus OCDE que está inserto en el imperio del mercado. El actual sistema de mercado modernizado es aquel donde el poder adquisitivo reemplaza a las religiones y propicia la vida en solitario, que a su vez, reemplaza a las familias y la vida en comunidad. No es para nada algo exclusivo de Chile. De a poco este malestar, cual virus asiático, se está dejando caer en diversos países OCDE, pero desde distintos formatos.

La modernización del mercado es muy atractiva y seductora, qué duda cabe. ¿Cómo no va a resultar atractivo tener en la palma de tu mano y a un clic casi todos los productos y contenidos del mundo? Vayamos más lejos, a riesgo de generar más tirria en los lectores ya molestos: ¿cómo no va a resultar seductor traer dinero irreal desde el futuro (crédito) para adquirir materialidad en el presente?

Sin embargo, este modelo aparece sindicado como el principal demonio del cual nos debemos exorcizar, según grafitis, carteles, declaraciones y manifiestos. Hemos llegado a un momento casi bíblico, en el cual las calles movilizadas parecen querer arrasar con todo símbolo de este imperio demoniaco, promotor de una vida que pone en peligro a la humanidad tal cual la hemos conocido hasta ahora.

Pero como todo momento bíblico o metafísico, merece ser puesto en sospecha y cabría preguntarse, desde el imperio de la razón, ¿es acaso el mercado y su vertiginosa modernización los objetivos que hoy están en cuestión?

Desconocer los avances materiales, humanos y científicos que ha generado el  sistema de mercado, es algo injusto. Un recordatorio: Marx y Engels, en su exitoso Manifiesto Comunista, nunca se privaron de reconocer (a ratos como sus mejores promotores) las bondades del capitalismo industrial británico del siglo XIX. Por supuesto que esa alabanza era parte del plan final, aquel que requería de un exacerbado desarrollo del capitalismo para su posterior caída y derrocamiento.

Fue la economía de mercado la que en Chile desató una movilidad social y de consumo nunca antes experimentada por estas coordenadas. Al respecto hay que ver las estadísticas, antes de responder con emociones. Las actuales tasas de pobreza, acceso a educación, alimentación, vivienda, salud, tecnología, áreas verdes, carreteras, cultura, infraestructura, estadios, entre otros, no tienen comparación con los números de principios de los años ‘90. El modelo de mercado logró,  en sólo 30 años, hacer de Chile un país que desde la perspectiva OCDE se agazapaba para saltar la pandereta del subdesarrollo.

Son justamente estos logros, motorizados desde la economía de mercado y experimentados por la gran mayoría de quienes a finales de los años ‘80 residíamos en familias pobres y sin demasiado capital cultural, los que hoy generan bronca, odio, frustración y desilusión. Ese mismo modelo que logró, desde la deuda y la subvención estatal, llevar a millones de chilenos a experimentar (casi a la par que los privilegiados de occidente y Asia) la modernización del capitalismo, hoy parece no ser capaz de responder a las demandas y expectativas de sus hijos y nietos, quienes disponen de mejor preparación intelectual y material, desde la cual manifestar su malestar en el presente.

Lo que estamos viviendo en este Chile movilizado, no cabe duda que tiene que ver con la excesiva avaricia y torpeza de nuestra clase política-empresarial post dictadura, conformada por personajes como Carlos Délano y Carlos Lavín, protagonistas del caso Penta. El provincianismo de nuestros poderosos criollos nos han traído a este escenario donde predomina la violencia, tanto policial, como insurreccional. Esta clase dirigencial no fue capaz de algo tan básico y elemental, como prever que en algún momento, quienes quedaban fuera del banquete de fin de año, donde se entregaban premios, regalos y reconocimientos, iban a tirar del mantel. La película “Parasite”, hoy de paseo por las galas del cine mundial, es una vitrina donde vernos y reconocernos.

Es muy poco probable que el mundo actual retroceda al feudalismo y también es poco probable que quienes leen esta columna, no requieran de cajeros automáticos o no se endeuden desde alguna aplicación vinculada al plástico, como Airbnb, Uber o Spotify. La modernización del mercado nos ha hecho humanos mucho más íntegros que nuestros antecesores. Parece más que evidente que, en este caso, el problema no radica en la nave del mercado, sino en los parásitos que la conducen. Esa misma nave diseñada para sortear el pantano heredado por Pinochet, hoy hace agua al lanzarse al mar abierto del siglo XXI, donde sube el nivel del mar cortesía del calentamiento global, donde ya no existe dios, patriarcado, estatus ni partidos políticos. Un arca que ni siquiera nos conducirá a tierra firme. A lo sumo, a una isla desconocida anclada frágilmente en el nuevo mundo de los algoritmos.

El problema no es del mercado y su exitosa modernización, sino de aquellos parásitos que se agarraron, cual garrapata cortoplacista, de las bondades otorgadas por el mundo globalizado, hiperconectado y organizado como nunca antes en su historia.

Cristián Zuñiga
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