Opinión

Los mismos de siempre

Por: Jorge Yacoman / Publicado: 14.02.2020
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Durante la crisis social se han hecho varios cabildos con el fin de unir a los artistas, aunque los protagonistas han sido siempre los mismos. Se alzan como interlocutores de las masas sin darle el espacio real a nuevas voces, sin siquiera cuestionar sus cargos que nunca fueron elegidos mediante quórum abierto. Si la base de un verdadero cambio es una Nueva Constitución, entonces es necesario también renovar los cargos ejecutivos de representación de diversas instituciones, sindicatos y fundaciones para que estas estén al servicio de la gente y no de unos pocos.

Son tiempos de fuerte reflexión con respecto al arte y su propósito. Desde su característica más comercial hasta su rol más social y poético, éste sufre hoy más que nunca un cuestionamiento frente a la libre y diversa expresión que se ve en las calles y manifestaciones la cual derrota a la cultura hegemónica.

Antes del estallido social, hubo una ola de críticas hacia las diversas reducciones al presupuesto estatal para la cultura, pero esa visión mercantilista del actual Gobierno también se ha propagado y sostenido en el mundo artístico, reflejándose en un exceso del ya conocido amiguismo y en una relación asimétrica hacia los artistas independientes o nuevos.

Durante la crisis social se han hecho varios cabildos con el fin de unir a los artistas, aunque los protagonistas han sido siempre los mismos. Se alzan como interlocutores de las masas sin darle el espacio real a nuevas voces, sin siquiera cuestionar sus cargos que nunca fueron elegidos mediante quórum abierto. Si la base de un verdadero cambio es una Nueva Constitución, entonces es necesario también renovar los cargos ejecutivos de representación de diversas instituciones, sindicatos y fundaciones para que estas estén al servicio de la gente y no de unos pocos.

Esta situación también lleva 30 años y se ha agudizado en este último tiempo. Desde que se preveía el segundo mandato de Sebastián Piñera, las empresas redujeron sus presupuestos para cultura —o más bien marketing— y se limitaron a trabajar con quienes que compartieran sus ideologías políticas.

A pesar de este cuestionable origen en muchos casos, sobre todo en un país donde los privados son indiferentes hacia el arte, estos ingresos permitían la subsistencia y el desarrollo de proyectos culturales. Sin ellos se consumó una crisis interna y silenciosa en el mundo de las artes, la que se hizo más visible con los recortes al financiamiento de la cultura por parte del Estado. Sin embargo, por más que las denuncias busquen favorecer la democratización del arte, en la práctica sólo representan a sectores con mayores recursos económicos que pertenecen a una clase que ya goza de mayor acceso y privilegios, manteniendo el status quo en vez de darle prioridad a artistas que viven en la marginalidad, es decir, a personas que nunca han tenido acceso siquiera a postular a Concursos Públicos, fondos y becas.

Por otro lado, pudiéndose justificar por insuficiente infraestructura o recursos humanos, las instituciones y sindicatos en el rubro artístico no alcanzan a velar por la protección de los derechos de todos los artistas y técnicos sino que por esa minoría en la que el amiguismo es la moral. Le exigen al Estado apoyo para la subsistencia de sus creaciones, obteniendo un mínimo que los beneficia sólo a ellos, coartando el desarrollo de la cultura en la cual la historia y la ciudadanía se convierten en conceptos vanos al no tener una procedencia más diversa.

Para que esta élite pueda subsistir, se ha proyectado un falso ideal que incluye a todas las personas. Desde este grupo de artistas nace un resentimiento social que se disfraza de solidaridad, en donde se muestra a los desprivilegiados como una postal y al mismo tiempo se espera un premio. Son una burguesía que reniega de sí misma para poder simular empatía en un círculo en el que el amigo es, al igual que en la alta sociedad, sólo aquel con el que compartieron estudios. Así, buscando su propia subsistencia, mantienen un juego con lo políticamente correcto y lo esconden detrás de la estética y del falso discurso social: el hablar de la pobreza, de las minorías, y asumir una voz ajena intentando representar a quienes nunca pidieron ser representados.

Jorge Yacoman
Cineasta y escritor.
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Nueva constitución, vieja economía

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