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Opinión

Estudiantes de corazón patriótico

Por: Francisco Villegas Villegas / Publicado: 06.03.2020
Movimiento secundario No + PSU / Foto: Agencia Uno
Aunque los años han cambiado a los intérpretes de la historia, los profundos resentimientos y reclamos de justicia por una educación de calidad continúan y, evidentemente, seguirán persistiendo si no cambian de manera radical las condiciones de base y de itinerario formativo.

Hubo una época en que los estudiantes, egresados de cuarto medio, en Chile, rendían la clásica Prueba de Aptitud Académica. La famosa PAA que consideraba una prueba verbal de setenta y cinco preguntas y una prueba matemática con sesenta. Eran años en que “picaban las jaibas” en Chile. Tiempos oscuros, difíciles, imperdonables. Con el riesgo de no permitirnos arruinar nuestra vida, en el día a día, estábamos como estudiantes dando cara mientras otros, encerrados y sometidos en una dictadura espeluznante, miraban pasivos como favorecidos de todo cometido.

Eran años en que, muchos de nosotros, por todo el país, sacábamos piedras de las calles y las pateábamos, literalmente, más fuerte y dolorosa que la canción de Los Prisioneros. Tiempos en que no había otro trabajo… más que hacer hoyos en las calles y avenidas para, después, volverlos a rellenar, cada tantos metros, de manera absurda.

Eran años en que los liceos con números eran la única trascendencia de un progreso al cual todas y todos queríamos o apostábamos sin tener mucha claridad, tampoco. Aunque, nosotros sabíamos, de antemano, que con la licencia media no se llegaba a ninguna parte. Nada, laboralmente.

Muchos de aquellos que rindieron aquella PPA están actualmente con nosotros, independiente de si se titularon o no, en los años concernientes. O de si, en verdad, alcanzaron a postular a alguna carrera universitaria en esa época. Por lo mismo, y aunque los años han cambiado a los intérpretes de la historia, los profundos resentimientos y reclamos de justicia por una educación de calidad continúan y, evidentemente, seguirán persistiendo si no cambian de manera radical las condiciones de base y de itinerario formativo.

Y en este proceso de malestares incontenibles seguramente, observaron un poco pasmados respecto de que en diversos lugares de sede, a nivel nacional, la actual Prueba de Selección Universitaria se constituyó en una bandera de reclamo y de demanda justa por parte de miles de estudiantes secundarios. La PSU asomó como un catalejo de nuestras propias debilidades educativas a las cuales habría que atender. Todo lo anterior, por cierto, con un componente histórico y humano para colocar las cosas en su lugar o en su justa medida: no sirve de nada estudiar por estudiar si no se lleva consigo el valor de construir una sociedad  digna a partir del conocimiento.

Pero, ojo: estas palabras solo son pretextos para contar respecto de aquellos estudiantes de “corazón patriótico” que deseando estudiar, en realidad, no pudieron hacerlo. Sencillamente, no pudieron ante la adversidad y la desigualdad. Porque nunca se presentó la oportunidad, en muchos casos. O bien porque hubo estudiantes que estando dentro de las aulas universitarias, en las distintas instituciones en el país, dejaron truncos sus sueños ya que asomó la barbarie y concurrió con ellos el abuso más grande hacia una persona: la pérdida abrupta de la vida o la desaparición arrebatada a mansalva por las garras de la dictadura militar.

Esta columna, entonces, se escribe en el recuerdo de mis primos hermanos Raúl y Heriberto, quienes teniendo tremendas condiciones intelectuales, no pudieron ante esa barbarie y ese desborde de injusticia. Eran años, insisto, en que “picaban las jaibas”. Tiempos oscuros en que ellos tuvieron que irse a un ostracismo tremendo e injusto del cual jamás se recuperaron.

Estas palabras se escriben, también, por los hijos de doña Otilia y de don Osvaldo, quienes vieron perder a sus cinco hijos universitarios, uno de ellos incluso puntaje nacional de PAA, solo por tener ideas libertarias y no ser nada de complacientes con la realidad que les tocó vivir. Jóvenes talentosos, resonantes en ideas y palpitantemente contemplativos en el estudio. En plena calle, aun me pregunto, “¿dónde están mis jóvenes parientes del Sur que me entregaban ideas y valores enmarcados en lo que queríamos como familia…?”  ¿dónde están los mellizos Pérez Vargas…?” “¿Por qué no volvieron mirar el campo donde vivían…?

En alguna parte, también, hoy día, hay jóvenes talentosos que se pierden en las esquinas porque nadie ve esas sombras vivas que solo quieren una oportunidad o alcanzar su propia cumbre asediados por el carácter violento de un sistema desaforado. La misma oportunidad que tuve hace más de treinta años cuando salté, literalmente, de descargar camiones de pollos, en unas “naves” de más de veinte metros de largo, con “burritas” metálicas que servían para llevar la carga… a una sala de universidad. En alguna parte de este país debe haber gente, autoridades, que miren a los otros, entonces, con ojo solidario, que lo sueñen verdaderamente integrados, y que entiendan que estudiar es un derecho y no un bien de consumo.

¿Por qué, entonces, no se comprende el fenómeno de querer estudiar y dar verdaderas oportunidades como un horizonte aceptado por toda la comunidad? ¿Por qué no se entiende aquella acción de resistencia, o de boicot, para aislar una forma de ingreso a las universidades en nuestro país que solo segrega y genera más distancia social? No se trata solo de exigir señales y voluntades en un despropósito. Es también, responder al “privilegiado” opinante, como es el contrapunto al “periodista iluminado” de CNN, Daniel Matamala, quien expone, equivocadamente, una serie de perfiles para invalidar lo que ha generado el joven Víctor Chanfreau. Qué falta de respeto a las ideas y a la vida misma de una familia que ha dado muestras de su compromiso social durante décadas haciendo parecer que la víctima es un hechor de actos incontrastables.

El debate se encuentra en el “ser o suceder”: porque si las personas no asumen una sensibilidad histórica todo se castigará y, cayendo en la abyección, se criminalizará o se admitirá en un contexto de “pontificar” hacia el otro porque ese argumento alcanza, según ellos, para explicar una realidad de país que, a estas alturas, es dúctil, flexible y libertaria. Sus visiones, en estos límites ramplonamente esquivos y torpes, no alcanzarán más que para hacer sesgos y diferencias arcaicas.

La objetividad es que esas posibilidades se siembran y se cultivan. Y quienes deben hacerla germinar son los gobernantes y la serie interminable de autoridades en sus distintos estamentos ministeriales. Es decir, aquellos que pudieron estudiar bien, que pudieron viajar, que tuvieron la oportunidad y que seguramente obtuvieron, por añadidura, másteres o doctorados. Nadie estudia para burlarse de las personas. Nadie, tampoco, se prepara para querer desenfocarlo todo.

Escribir estas palabras es, insisto, hacer un vínculo donde jóvenes e ideas convivan aglutinando acciones y devenires para iluminar el deseo de tener una sociedad mejor y aunque pertenezca a esa otra generación, y recuerde a aquellos que no pudieron ver sus sueños de estudio y aprendizaje, la vocación temprana en el talento debiera ser mirada por los gobernantes no como una forma de ver enemigos, sino que observarlos abiertos a una luz en desarrollo. ¿Se ha fijado usted, por lo mismo que, en las marchas y movilizaciones, en general, más del ochenta por ciento de los que participan son jóvenes…?

Entonces, el antecedente más directo es luminoso. Los jóvenes interrogan. Los jóvenes cuestionan. La juventud tiene su coraje y su lucidez, también. Y, hoy, se discute y se cuestiona lo inadecuado de muchas cosas y la representación conservadora de aquellas. No es necesario tener cursos de diplomado. Hay asuntos que son del sentido común. Todo es muy simple. Sufrimos cambios en nuestro cuerpo y cerebro y los jóvenes quieren ser parte de la historia de manera libre y, por supuesto, tener un contexto educativo de calidad.

Con toda la serie de evidencias, en esta nueva época ya no puede haber elucubraciones. Estudiar es un derecho para todas y todos. Ayudemos a los jóvenes, entonces, que luchan desprovistos de toda posibilidad porque conocer, querer, hacer y vivir son parte de un lenguaje integrado que tiene, también, de aquella memoria de los jóvenes de “corazón patriótico” que no pudieron… hace ya mucho tiempo.

Francisco Villegas Villegas
Docente, Doctor en Didáctica.
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