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Habla Andrea Olivares, ‘la Diosa de la Dignidad’: «A todas nos han abusado de una u otra manera»

Por: Cristian González Farfán / Publicado: 11.03.2020
Habla Andrea Olivares, ‘la Diosa de la Dignidad’: «A todas nos han abusado de una u otra manera» Andrea Olivares Díaz. Foto: Marcela Martínez (@mazurquica en IG). / Andrea Olivares Díaz. Foto: Marcela Martínez (@mazurquica en IG).
La bailarina chilena Andrea Olivares, bautizada como Diosa de la Dignidad por la fotógrafa que tomó y viralizó la imagen, logró escalar hasta la cabeza del caballo de Baquedano, siendo aclamada por todas las mujeres que colmaron las calles el domingo en la histórica marcha del 8M. Asegura que su gesto, a torso desnudo y ondeando una bandera negra con una pañoleta roja cubriendo su rostro, tiene un espíritu colectivo. “No soy yo: todas las mujeres tenemos una guerrera adentro y a ellas quise representar en este símbolo”, dice la artista avecindada en Londres, cuya referencia fue tanto las mujeres mapuche como las estudiantes secundarias que llevan la batuta en la revuelta popular de octubre.

Sentada en una banca a pasos del metro Irarrázaval, Andrea Olivares Díaz cuenta que jamás sospechó acerca de la repercusión que tendría su gesto simbólico de trepar el caballo del general Baquedano durante la histórica marcha del pasado domingo por el Día Internacional de la Mujer. Igualmente sorprendida quedó tras saber que la foto suya a torso desnudo, con una pañoleta roja en el rostro y ondeando una bandera negra, llevaba por título “La Diosa de la Dignidad”. Así la bautizó Marcela Martínez González (ver nota complementaria abajo), autora de la potente imagen que se viralizó por las redes sociales.

“Me sentí identificada con la Diosa de la Dignidad. Es hermoso. Pónganle como quieran. Pero no soy yo: todas las mujeres tenemos una guerrera adentro y a ellas quise representar”, aclara Olivares, bailarina chilena de 34 años nacida en el exilio en Londres y actualmente residente en esa misma ciudad europea. Andrea habla con el cuerpo. Por su discurso fluye compromiso, convicción y mucho, mucho sentido del humor. Sonríe naturalmente, a cada segundo, y eleva el tono de voz cuando condena el actuar represivo de Carabineros y del gobierno de Sebastián Piñera.  “Los medios de control social del cuerpo a través del castigo son los mismos que hace 47 años”, plantea.

Hija y nieta de mujeres torturadas, Andrea guarda una historia familiar dolorosa, pero prefiere no hablar a título personal. Busca, en cambio, relevar el espíritu colectivo detrás de su acción en la marcha del 8M. En este acto solitario de subir al caballo, dice, procuró hacer un cruce generacional entre las ancestras mapuche y las estudiantes secundarias que llevan la batuta en el movimiento social vigente desde octubre. “Había que rescatar nuestro origen y contextualizar el momento que estamos viviendo como pueblo”, acota Olivares.

La idea, asegura la bailarina, fue espontánea, sin mucha planificación, cuando ya había aterrizado en Chile para visitar a su familia y conocer por dentro la revuelta popular que solo veía emocionada a la distancia en Inglaterra. “En este momento somos un ejemplo mundial: este no es solo un cambio político, sino un cambio de paradigma espíritu-político”, cree.

Autor del video: @rodchalabs

-¿En qué momento te imaginaste arriba del caballo?

-Fue hace como seis semanas. Yo sabía que ahí tenía que estar una mujer. Lo hice porque esta policía militarizada está castigando a las mujeres y a mi pueblo. El castigo al cuerpo lo tienen por libro. Hay que cambiar a Carabineros de pies a cabeza, el pueblo los odia. La clase política tiene a estas bestias de su lado resguardando sus intereses. Yo pensaba en esta deidad, en este símbolo que somos todas. Todas querían estar ahí en el caballo; yo solamente lo hice. Cuando leí “Diosa de la Dignidad”, me emocioné. Yo estaba cagada de susto, llevaba días sin poder dormir. Soñaba que me caía del caballo. Y me preparé un sistema de seguridad porque no quería confiar solo en mi musculatura. ¡A la mierda! Me agarro con un sistema de arnés y logro el objetivo. Yo siento que esta Diosa de la Dignidad tiene una madre mapuche y una hija capucha secundaria. Siento que las mujeres organizadas tienen mucho más que decir que los individuos, y la mujer ya no es la víctima ni la débil.

-¿Quiénes te ayudaron a escalar al monumento?

-Bueno, ahí conté con la ayuda en el entrenamiento de los hombres que están todos los viernes en Plaza de la Dignidad: el Caballoman, el Máscara Colores, el Renuncia Piñera. El Caballoman me dijo: ‘Voh vení conmigo, nadie te va a venir a huevear para que te bají’. Él está sagradamente los viernes con su bandera chilena rayada por todos. Fui como cinco o seis veces a entrenar. Aproveché que en febrero había poca gente en la plaza. Hasta llevé cámara para entrevistarlos. El viernes, dos días antes del 8M, fui a practicar con la escalera que yo misma creé, hecha con cuerda y tubos de PVC. Lo practiqué con todo, solo que no mostré las boobies. Para mí, cada uno tiene un lugar en la lucha: la primera línea, los brigadistas, los que se manifiestan en otros espacios y los que se suben a un monumento. Resignifican un monumento que es conquista, y los hombres lo subían para reconquistar el espacio. Entonces, una mujer, ¿cómo no? Era algo más fuerte que yo. Al principio quería subir a muchas minas…

-¿Y qué pasó?

-Lo que pasa es que cuando estaba entrenando me subí al caballo y un día por grabar me afirmé tanto de las piernas que quedé con una contractura y no pude caminar por tres días. Me puse muy apretada arriba, solo por los nervios de no caerme. Entonces, dije que no podía ser tan irresponsable de querer subir a todas las cabras, y no abrí la convocatoria. No quería que quedáramos en la historia como las mujeres que se subieron y se cayeron del caballo. Mejor me subo sola, pero terrible de agarrada, con mucha ingeniería.

-Pero también te ayudaron algunas amigas…

-Claro, mi compañera creativa de la vida, la diseñadora escénica Omaira Araya, con quien he trabajado en muchos proyectos. Ella hizo la parte estética de la propuesta: llevó la bandera negra y el sistema de arnés. Yo no soy circense, pero he entrenado mucho circo. De ahí la fuerza, yo creo. Llevaba unos mosquetones para tener una línea de vida. Si yo me caía, estaba agarrada a una cuerda. Otro amigo me enganchó a la muesca más alta e instalé la escalera. Había unas muchachas que querían hacer un ritual mapuche y se iban a subir. Yo les dije: ‘No, poh, cabras, no queremos ninguna muerta’. Entre nosotras no hay conflictos, podemos compartir. Esa es la diferencia. Lo masculino tiene que ver con la competencia; las mujeres no somos competitivas. Todas podemos habitar un lugar, venimos a cambiar el paradigma.

-¿Cómo trabajaste los símbolos ya arriba del caballo?

-Era importante tirar una bandera negra, porque es un luto. Es un grito por nuestros oprimidos, por los torturados, por las mujeres violentadas. Es un grito de guerra. Y esta mujer que se empelota es como yo. La verdad es que no me basé mucho en nada.

-En las redes sociales lo comparaban con el cuadro “La Libertad guiando al pueblo”.

-Cada uno le da el símbolo que quiere. Los artistas tenemos una idea: algunos son pura guata y otros son más teóricos. Yo soy de la guata. Ni siquiera había visto esa imagen.

-¿Tenías alguna referencia?

-Mi referencia era la mujer mapuche, la guerrera, la machi. Esa era. Y yo como mujer mestiza, sentía que era muy bonito agarrar el origen y contextualizar el momento actual. Eso de sacarse las tetas es muy contemporáneo. Todas las minas se sacan la polera. Yo soy muy acomplejada con mis pechugas, pero, repito, esto era más fuerte que yo.

-¿Esos miedos de los que hablabas aparecieron el día en que subiste?

-No, ese día no. Había una convicción. Estamos en un cambio de conciencia. Somos un país colonizado y estamos descolonizándonos recién ahora. Todas las temáticas del mundo están reunidas en un solo lugar. Tenemos que puro darle. Yo respeto todas las formas de lucha: desde las cabras que están tirando piedras hasta las que van a una asamblea. Todos somos partícipes desde distintos lugares.

-¿Sientes que esta imagen tan potente se puede convertir en una iconografía del feminismo?

-No soy quién para decir eso, pero si las mujeres lo necesitan, denle. Necesitamos afirmarnos de algo, porque la religión y el Estado se fueron a la mierda. Quedamos solo el pueblo creando sus propios símbolos. Para mí, los cambios no vienen desde el Estado, sino desde abajo. No pueden venir estos lobistas de nuevo a hacer lo que quieran. Y yo escojo no ser madre porque no traeré un hijo al mundo así como está. Al contrario: quiero cuidar de mis hijos que están aquí vivos.

-¿Tiene más significado que el acto haya sido en el monumento a Baquedano, un símbolo del poder patriarcal y militar?

-¿Quién es Baquedano? Me encanta la historia, mi profe de historia está en la primera línea, pero ¿quién chucha es Baquedano? Por eso es que no hay ningún respeto. A Manuel Rodríguez me lo cuidan muy bien, no me lo tocan. Me pueden tratar de ignorante, pero a Baquedano nunca me lo enseñaron como un gran personaje en la historia.

-¿Cuánto estuviste arriba del caballo y qué ocurrió cuando bajaste?

-Estuve como tres horas en total. Pasé piola cuando bajé. Me vestí y me fui a perrear con las cabras en medio de las lacrimógenas. Esta revolución feminista viene perreando, con ese cambio de lógica. Porque para ocupar un short de este porte hay que tener la mansa actitud en este país. A todas nos han abusado de una u otra manera. Yo no soy víctima, yo sé pegar. No tengo la fuerza para pelearme con un hombre, pero a falta de fuerza, tenemos cabeza.

-Pero muchas mujeres elogiaron la fuerza de tus piernas en la foto.

-Ah, es que eso me encanta. Porque ese es mi origen mestizo. Yo tengo la pierna corta y fuerte, jajá. Tengo que ver más con ese cuerpo latinoamericano que con ese cuerpo que nos vende la publicidad de unas hueonas débiles. Ya no somos débiles, y perreamos hasta que choque el hueso. Me encanta esa contradicción en sí misma. Es una fuerza interior, más de la guata que intelectual. ¡Bailemos reggaetón, pero que ningún hueón se pase de la raya!

-¿Cómo viviste el estallido desde Londres? Me decías que era difícil tener el espíritu en Chile y el cuerpo en otra parte, y que admirabas mucho la creatividad del pueblo chileno…

-Pucha, un orgullo. No podía ver a Chile simplemente como Chile. Latinoamérica está mucho más despierto y consciente. Acá está el corazón. A Europa le falta Latinoamérica, se les fue el corazón. Yo creo que cuando no tienes salud ni educación, como pasa en Chile, lo único que te queda es una relación con el territorio. Y eso es totalmente indígena. Somos un pueblo que ha sido castigado desde sus orígenes, y hemos sabido ser resilientes y resistir. Y cuando salimos, no nos para nadie. Tenemos un espíritu mucho más grande que la conciencia. Somos un pueblo creativo, tal como somos creativos para llegar a fin de mes. Eso es la creatividad: la capacidad de solucionar un problema. Es preciosa la cantidad de personajes de esta revolución, es una manera actual de mirar nuestros orígenes: la tía Pikachu, el Pareman, el Matapacos. Hasta el perro es un luchador. Nos habían querido borrar la memoria, pero somos un cuerpo con historia.

Marcela Martínez, la fotógrafa que la retrató: “Creo que ella es una diosa, como un ser mitológico”

La diseñadora y fotógrafa Marcela Martínez González vivió un domingo muy especial: fue a la marcha del 8M con su hermana chica y su mamá, quien por primera vez asistía a la conmemoración. “En eso me encontré con esa diosa hermosa y fuerte, y aluciné”, recuerda Martínez. Mientras le pasaban la bandera negra, agrega, sonaba la canción “Shock” de Ana Tijoux, y la gente comenzó a tirar agua desde los departamentos aledaños a Plaza de la Dignidad.

“No me costó nada bautizar esta foto como Diosa de la Dignidad. Creo que ella es una diosa. Alguien la compartió por ahí e hizo el símil con un ser mitológico”, describe Marcela, quien pensó justamente en el cuadro “La Libertad guiando al pueblo”, del pintor francés Eugene Delacroix, al momento de hacer click.

Marcela (@mazurquica en Instagram y Facebook) logró contactar a Andrea Olivares y le envió la foto por mail. “Me dijo que hicimos equipo y me llena de orgullo haber captado lo que ella quería, sin saberlo. Fue una sinergia poderosa”, cuenta Martínez. “Si puedo compartir esta imagen para generar más feminismo, yo feliz”, complementa, sobre la eventual difusión de su foto en las poleras que se venden en Plaza de la Dignidad.

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