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La sonrisa de Natalia: El femicidio que estremeció a Colina

Por: Carolina Rojas @carolarojasn / Publicado: 22.03.2020
La sonrisa de Natalia: El femicidio que estremeció a Colina Natalia 4 /
El miércoles 16 de marzo tras cuatro días agonizando falleció Natalia Davison, joven de 24 años –que junto a su pequeña hija- fue golpeada y apuñalada por su pareja. La niña acaba de salir de riesgo vital, pero estuvo grave varios días. El sábado sus vecinos la despidieron, en su mayoría mujeres que hablan de la vida difícil en un sector de la capital que parece abandonado y de cómo la violencia de género es pan de cada día en las poblaciones de la comuna. Esta es su historia.

A la familia se le hizo costumbre ver la ropa de Natalia esparcida por toda la pieza mientras secaba la blusa rosada con la que le tocaba trabajar, la plancha de pelo encendida y los cosméticos desordenados en el baño. Era una joven pretenciosa, o al menos así la describe Zaida Escobar (39), su madre, mientras recorre Santiago camino al Servicio Médico Legal. Otros recuerdos son verla bailar en la Plaza de Colina como parte del grupo folclórico “Suyai”. La danza era lo que más le gustaba hacer, hay una foto en la que esta vestida de “china”. Tiene 13 años, parece feliz.

Reconoce como esa joven alegre y preocupada fue desdibujándose hace tres años cuando conoció a su segunda pareja José Valenzuela, su agresor. Antes había tenido a su hija M (6) en una relación que no prosperó.

Con José todo fue distinto, ese joven dos años menor que ella, había sido su amigo en la etapa escolar y se reencontraron adultos. Aparentaba ser un hombre tranquilo, pocos lo conocían, pero a los meses se enteraron de sus problemas con las drogas y falta de adhesión a los trabajos. Comenzó a golpear a Natalia, la obligó a abandonar la casa familiar y en medio de los abusos ella se embarazó de su segunda hija: “V”.

–Fue difícil tratar de ayudarla, él la metió en cosas oscuras, en “el consumo”, ella estaba enferma, quería salir de esto, me lo dijo llorando, pero fue tarde–, recuerda su madre.

El problema de Natalia con las drogas afectó progresivamente a su círculo. Zaida reconoce que si algo caracteriza el problema de un hijo con consumo es que toda la familia también se va enfermando. Para ella su hija se evadía para sortear el dolor.

Natalia a los 13 años, vestida de «china».

La buscaron en todos los lugares que arrendó junto a José y desde donde los echaron, llegaron hasta a una casa ocupa. Siempre que la encontraban, la volvían a perder.

Por esta razón, dos semanas antes del asesinato, habían tomado medidas drásticas y su hermano la llevó de vuelta a la casa familiar. Zaida habló con ella, le dijo que tenía que cambiar, Natalia lloró: “Ya estoy cansada de esto, mamá, estoy cansada de esta vida”, le confesó. Un día después ya tenía las fotocopias de sus documentos para salir a buscar trabajo. Quería empezar de cero. Se instaló con su hija en la pieza trasera de la casa, pero no quiso dejar a su pareja y llevó a José a vivir con ella. Su madre cree que quizás esa promesa de un cambio de vida hizo un “clic” en el agresor.

-Fue la sentencia de muerte, no sé por qué aguantamos que viviera con él, este tipo se ensañó con ella y con mi nieta-, dice Zaida.

Sabía que la vida de su hija estaba en riesgo con José. Las madres son intuitivas y la mirada esquiva de ese hombre no le gustaba. Tuvo decenas de peleas con Natalia. “Déjalo, él no es para ti”. “Tú eres linda, trabajadora, y no puedes seguir con él”, pero nada, eso solo no hacía más que alejarla.

-Él la terminó aislando, así son estos agresores y hasta a mí me amenazó de muerte por teléfono, yo sé que debería haber hecho más, siempre se puede hacer más-, se recrimina.

***

Son las 12:20 del día sábado 21 de marzo, los vecinos están reunidos en el  pasaje Marlene Ahrens, en la Villa Oro Olímpico de Colina. Es una población de gente humilde donde se amontonan pequeñas casas pareadas con mansardas hechizas, un canal cruza el costado de la calle, hay zarzamoras y muchos sitios eriazos con mini basurales improvisados. Por este paisaje los vecinos dicen que viven una comuna “semi rural”.

De rural también tiene otras cosas, por ejemplo el abandono que ellos mismos denuncian: Cuando Natalia con su hija estaban heridas no llegó ninguna ambulancia, allí las necesidades se llenan con la solidaridad de los vecinos, uno de  ellos las trasladó hasta el servicio de urgencia.

En ese abandono también se cuentan decenas de casos de violencia intrafamiliar, abusos sexuales a niñas, como denuncias que no quedan en nada, las agrupaciones feministas son testigos de esas historias. Agresiones que ocurren como parte del resabio machista de la ruralidad del sector y el aislamiento. Quizás por eso llegaron tantas mujeres a despedirla. Quizá muchas se vieron reflejadas en ella. Según cifras que arroja el Centro de Estudios y Análisis del Delito (CEAD), en Colina hubo 921 casos de Violencia Intrafamiliar en 2019, de los cuales 704 correspondían a detenciones y denuncias por violencia contra la mujer.

Natalia nació en una familia monoparental el 13 de enero de 1996, hasta su adolescencia vivió con su medio hermano Leonel y mientras Zaida trabajaba de guardia para mantenerlos, ella lo cuidó o más bien fue “la mamá de Leo”. En la historia de Leonel también hay trazos de desigualdad. El joven tenía una medida de protección desde los ocho años, su caso de desescolarización llegó hasta el Programa de Intervención Especializada (PIE) de Sename, “Comuna Amiga de la Infancia y Juventud” de donde fue egresado a los 17 años. En ese tiempo Natalia ya era mayor de edad y aunque una de las profesionales habría planteado la posibilidad que la medida de protección se extendiera a la primera hija de la joven, la jefatura hizo caso omiso.

Junto a algunos familiares está Abigail, una de las mejores amigas de Natalia. Un grupo de mujeres vestidas de negro infla globos blancos y morados. Zaida aparece con un tazón de café, tiene el pelo ordenado con un moño y el rostro cansado. Se para en el umbral del portón mientras repasa los preparativos.

-¡Oye si por hoy no las voy a molestar!-, bromea. En el living está el féretro y en la esquina inferior cuelga un pañuelo morado de que dice “Ni una menos”. En el jardín de tierra un cachorro blanco juega con un plástico, ajeno al alboroto que lo rodea.

En el mismo pasaje una niña observa a los vecinos desde una terraza, su única entretención es saltar sobre un colchón roído. Zaida confiesa como la falta de oportunidades para niños y jóvenes golpea fuerte al sector más marginado de la comuna. Cuenta que siempre tuvieron muchos problemas en medio de la pobreza, pero que Natalia hizo todo lo posible por salir adelante. Trabajó como reponedora en un supermercado y también atendió una cafetería en Chicureo. Ese destino que parece signado para las mujeres de esta zona: su casa o terminar sirviendo en los lujosos condominios que colindan con su realidad.

Paola Molina, está afuera de la casa de Natalia y sigue de lejos todo lo que ocurre. Fue su profesora de danza, tras unos anteojos de sol que le cubren casi la totalidad del rostro, esconde los ojos hinchados de tanto llorar. Recuerda esa risa contagiosa de la que todos hablan y el talento innato para el baile de “La Nati”.

-Llegó a integrarse al grupo hace tres años, andaba con su guagüita. Su hija tenía meses, le dijimos que no había problema porque había varios apoderado que la podíamos cuidar mientras ensayaba, ese día audicionó y bailó precioso-, comenta.

Natalia al principio llegaba tres veces a la semana hasta el colegio Pablo Neruda, pero con el tiempo comenzaron las inasistencias. Ella entregaba excusas un poco extrañas sobre los dobles turnos en el supermercado para ocultar lo que estaba pasando.

-La veía caminar con él, ella no miraba a nadie. Al contrario, los vecinos decían que el tipo era tranquilo, pero se mostraba de otra forma-, confirma.

Los últimos días antes del asesinato, la vieron paseando por Colina con la cabeza gacha, sentía miedo de que nadie notara lo que estaba viviendo. En Facebook posteaba avisos para conseguir trabajo para su pareja.

Paola la vio un par de veces junto a José afuera de la botillería. Ya era otra. El paso apurado y el terror que proyectaba. Ya no sonreía.

-La última vez que la vi ella no miraba a nadie, me dio miedo saludarla, quizá él no quería que lo hiciera-, recuerda.

El 13 de marzo a las 7:20 de la mañana Natalia estaba durmiendo junto a su hija de dos años, cuando llegó José. Los vecinos lo habían visto deambular en la calle de madrugada. Las atacó, las golpeó y apuñaló. Los ruidos alertaron a Leonel, quién al ver la escena corrió a buscar ayuda.

Zaida y sus vecinos tienen recuerdos confusos: los gritos, un llamado a Carabineros, un viaje a toda velocidad hasta el centro de urgencia que queda a diez minutos, los hombres del pasaje –y trabajadores de la basura- reteniendo a José para que no escapara. Golpeándolo. Natalia agonizó cuatro días en la Posta Central y murió el 16 de marzo, el mismo día del cumpleaños de su hermano. Su pequeña hija acaba de salir de riesgo vital.

José Valenzuela ya tenía antecedentes penales y una denuncia por violencia intrafamiliar contra otra mujer el 2014. Su reformalización recién tendría lugar en el mes de mayo o junio y eso es lo que más preocupa a sus seres queridos.

***

A las 12.30 del sábado llega la carroza funeraria, Abigail transporta los floreros con crisantemos y rosas blancas. El féretro lo cargan amigos y los hombres de la familia. Los autos avanzan por la salida del pasaje y suenan las bocinas. El cementerio de Colina queda a menos de diez minutos, está ubicado en medio de un sitio eriazo, rodeado de mediaguas.

Una nube de polvo anuncia la llegada de los buses con la gente, son casi cien personas a pesar de la pandemia que afecta al país y al mundo. Un par de jóvenes llevan un lienzo que reza “Vuela alto Nati”, en una de sus poleras también se lee la frase “Ni una menos”. No llegó ninguna autoridad.

La procesión va lento, el sol pega fuerte, las señoras mayores van con mascarillas de acuerdo a los resguardos que pidió la familia. Zaida da un discurso de despedida improvisado en el que habla de poner todas la esperanzas en la pequeña “V”.

-Estoy feliz porque mi hija al fin se va a descansar, ahora vamos por mi nieta. ¡No hay tiempo para rendirse!-, dice con la voz dura y un poco impostada para no quebrarse.

-¡Grande tía!-, gritan los amigos de sus hijos. Paola y un grupo de jóvenes pasan al frente y ofrecen un último esquinazo y zapateo sobre una madera. Todos marcan el ritmo con las palmas.

-¡Gracias niña alegre, gracias por dejarnos conocerte!-, dice Paola en medio de la emoción de los vecinos.

 

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