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Opinión

COVID-19 y Siches: el ocaso de la arrogancia

Por: Victor Peredo / Publicado: 01.04.2020
COVID-19 y Siches: el ocaso de la arrogancia iskia /
Siches se popularizó en las redes de internet con cada intervención y comunicado de prensa. No era una doctora más ni una portavoz de un partido o movimiento, sino la representante del sentido más popular: esto es más que una crisis sanitaria. Sus declaraciones no han dejado de causar incomodidad en los sectores conservadores. La acusan de sobrepolitizar la emergencia, de desdeñar los esfuerzos —tardíos— del gobierno e incluso de ser una advenediza en un mundo donde poder e inteligencia se concentra en los hombres con décadas de exhibición en la palestra de la realpolitik.

Desde su aparición en Wuhan hasta la llegada a nuestro país, el COVID-19 nos ha tenido expectantes. La primera alerta fue recibida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 31 de diciembre de 2019 y —en víspera de año nuevo— un problema político más del gobierno de Xi Jiping caía bajo el tupido velo de la propaganda o del secretismo. Posteriormente, el 11 de enero, funcionarios de salud chinos anunciaban la primera muerte, la primera víctima de un desastre sanitario. Y, sin más prólogo, aquí comenzó el objeto y materia del deseo de conspicuos filósofos globales: ¿la economía colapsará, se derribará o no al capitalismo y cuán ficticia es o no la letalidad de la enfermedad?

Por supuesto, Chile no podía quedar ajeno a esta pandemia y fue así como el 03 marzo se da a conocer el primer caso de COVID-19, el cual se detectó en un hombre en la ciudad de Talca, Región del Maule. Se trataba de un médico de 33 años que estuvo viajando durante cerca de un mes por distintos países del sudeste asiático, entre ellos Singapur, Indonesia, Malasia y luego cruzó a España. El Presidente Sebastián Piñera lo comentó y, con ello, la infección se elevó a tema socialité.

El anónimo profesional «retornó el 25 de febrero sin problemas, pero el 1 de marzo comienza con sintomatología respiratoria por lo cual consulta y es derivado, activándose los protocolos de sospecha de este virus que cumplió cabalmente. Hoy día [martes] se nos informa que el examen salió positivo, por lo tanto, se confirma la infección por este coronavirus en el paciente», indicó en este entonces Alfredo Donoso, director del Hospital de Talca.

Cabe destacar que al principio causaba sospechas la información. Comenzaba marzo, el descontento social se volvía a sentir, y pocos creían en las declaraciones del gobierno. La mayoría en las redes sociales afirmaba que no era más compleja que una influenza del tipo A, cuando las variedades son muchas y que la letalidad era bajísima. Los partidos políticos del Frente Amplio eran representados por sus elites —asiduas a la internet—, negando la gravedad del problema e incluso acusando manejo político. Más de algún analista denunció que era verdadero negacionismo científico. La otrora Nueva Mayoría negociaba con parte de sus parlamentarios el calendario electoral. No obstante, el paso del tiempo fue acusando más casos y concentrando su número en el sector oriente de Santiago. Uno tras otro, los contagiados contaban en sus bitácoras de navegación el paso por ciudades ya colapsadas e identificadas en el panorama global de riesgo. Sin embargo, los protocolos de las autoridades chilenas de salud parecían poco satisfactorios e ignorantes en materia epidemiológica y de bioseguridad, argumentando que se tenía como referente a Europa, donde el virus ya se había expandido rápidamente.

El escenario político se petrificó

Hubo un punto de inflexión. El gran teatro de la pequeña y la política mayor quedó paralizado.

El 8 M había sido la última postal de un país que entraba en el camino hacia una nueva Constitución. De un día para otro, el panorama desolador de Italia se transformó en un horizonte posible. Luego fue la debacle de España. El gobierno informa —jugando a ganador—, que la red hospitalaria está lista para atender los casos que se presenten. No obstante, las fallas del sistema público de salud no tardaron en manifestarse, surgiendo los cuestionamientos contra las erráticas declaraciones del ministro Mañalich.

En medio de toda esta conmoción y perplejidad de la oposición, surge una sola voz y figura que enfrenta al gobierno con aplomo, racionalidad y eficacia: la presidenta del Colegio Médico Izkia Siches, quien estudió Medicina en la Universidad de Chile, realizó su especialidad en Medicina Interna en el Hospital San Juan de Dios y cuenta un Magíster en Salud Pública en la Casa de Bello.

Siches se popularizó en las redes de internet con cada intervención y comunicado de prensa. No era una doctora más ni una portavoz de un partido o movimiento, sino la representante del sentido más popular: esto es más que una crisis sanitaria. Sus declaraciones no han dejado de causar incomodidad en los sectores conservadores.  La acusan de sobrepolitizar la emergencia, de desdeñar los esfuerzos —tardíos— del gobierno e incluso de ser una advenediza en un mundo donde poder e inteligencia se concentra en los hombres con décadas de exhibición en la palestra de la realpolitik. En este sentido, en una entrevista visionaria de La Segunda, enfatiza que ella rompió con un estereotipo, tras 21 directores desde 1949: «Siempre los presidentes fueron hombres, blancos y en su mayoría conservadores. Y yo soy mujer, joven, de izquierda, morena, de Arica, medio aimara, con los ojos achinados, crecida en Maipú, educada en un colegio picante que nadie conoce». Junto a poyar el aborto se ha enfrentado al ministro de Salud en cuanto a las medidas adoptadas ante esta pandemia.

Tras los cuestionamientos de la presidenta del Colegio Médico al control de la crisis, la presidenta de la UDI, Jacqueline Van Rysselberghe, no tuvo nada mejor que hacer que referirse al currículum de Siches: «Lo que pasa es que ella es médico cirujano, no especialista. Acá las decisiones tienen que ser tomadas por un grupo de expertos. Si ella tiene más antecedentes, que los entregue». También se sumó al blindaje de Jaime Mañalich la diputada María José Hoffmann, quien subió a sus redes sociales un afiche en donde criticaba la participación de la presidenta del Colegio Médico de Chile en la Marcha 8M por el Día Internacional de la Mujer, que no sólo se realizó en nuestro país, sino en el mundo entero. «El 3 de marzo se confirmó el primer caso de Coronavirus en Chile. Cinco días más tarde los contagiados habían subido a 10. ¿Qué hacía la presidenta del Colegio Médico ese día? Juzgue usted mismo quién hacía la pega», rezaba el meme de la diputada de la UDI. Acción que se asemeja a los realizado por Vox y el Partido Popular en España, luego que la ministra de Educación, Isabel Celáa y la ex ministra del trabajo Magdalena Velero asistieran a la marcha de 8M con guantes de látex morados. Las especulaciones tomaron fuerza entre militantes y adherentes a las filas conservadoras, sin embargo, dichos implementos no se llevaron durante toda la marcha. Se trataba sólo de un símbolo feminista ya usado en otras manifestaciones.

Siches versus la antigua realpolitik de las mujeres

Sin duda, el COVID-19 llegó a causar revuelo no solo en la salud pública, sino también en lo económico y sociopolítico, y además —por qué no decirlo— tiene entre los conspiracionistas la doble función de fundar o refutar sus posiciones, según la veleta de viento que miren.

Por un lado, vemos la caída del liderazgo patronal, negacionista-obtuso liderado por Mañalich y el círculo cercano a la Presidencia. Tanto que desde la misma derecha se ha cuestionado el actuar de su gobierno. Y el itinerario de una derrota cuyos efectos se van reconociendo a medida que vamos conociendo las cifras de infectados en el país.

Si consideramos que hace pocas semanas fue la marcha del 8M, los rostros de Van Rysselbergue y Hoffman distan bastante de lo que demandan las féminas hoy en día. Ellas son representativas de lo tradicional y el conservadurismo que ha mantenido a Chile en una burbuja de 30 años, asegurando siempre una pétrea defensa a quienes tienen el poder económico —con tal de estar cerca de éste y sus figuras casi monolíticas—, y aunque sepan el costo de ello lo naturalizan: nunca llegarán a la titularidad por sí solas y eso no les deja huella ni de culpa ni de vergüenza. Por cierto, también se diferencian de rostros de la derecha liberal, como Lily Pérez con quien la pugna solapada se mantiene —y seguirá siendo así— por años.

Jacqueline y María José han devenido en un binomio cultural y contracultural. Ambas saben que causan resquemor entre la gente, y en temas coyunturales o de debate valórico saben qué expresar para provocar más incomodidad, encono y mala publicidad. Son fundamentalismo político puro, aunque posen de posmodernas a la moda, asiduas a pintar mandalas y suscriptoras del alicaído acuerdo por una Nueva Constitución. Son los reyes y alfiles de su propio flanco de juego. Y, aunque no están obligadas a ser del agrado público —es su libertad— no se pueden dar el gusto de ser las Sarita Mellafe de la política local, cuando el gobierno que representan tiene un alto nivel de rechazo y todos navegamos en las aguas de la crisis, antes política, hoy de seguridad sanitaria. Y, a diferencia de Lily Pérez, quien goza del don palabra, belleza, inteligencia e imaginación poética (cuando quiere), las referidas parlamentarias se han centrado en ser fuerza de choque para blindar el poder de la UDI.

En medio de este regresionismo que debilita a derechas e izquierdas, replegarse a las líneas conservadoras y del discurso odioso es la mejor herramienta, solo de momento. Siguiendo las corrientes de la posverdad, en vez del retorno de los relatos en que hoy la mujer toma liderazgo sobre temas complejos, la élite chilena ha retirado sutilmente a los hombres de las arenas del coliseo político, instalando a rostros femeninos en el enfrentamiento: cada una se inspira en la antagonista de alguna telenovela o serie de vistosos vestuarios, pero con escasa formación política.

Por su parte, el ministro actúa como fiel representante de una masculinidad patriarcal con la que ya nadie quiere sentirse identificado: el paradigma de la soberbia patronal, carente de empatía que no se reconoce ni siquiera entre las filas de la derecha gobernante. Incluso lobistas —herederas y vicarios de autoridades vinculadas al golpe de Estado— admiran más a Siches que a sus propias féminas: desde como viste y su beauty make up, pasando por su tono de voz y su discurso… todas quieren la pulcritud de sus outfits y la racionalidad apabullante de sus expresiones. Comparada con las sobrerreacciones del ministro y la siutiquería de que carece de habilidades blandas, Izkia es la ministra que todos quieren.

La doctora emergió con fuerza es este etapa política. La particularidad de ella es que puede guiar mucho mejor en las medidas que adopte el Estado en materia sanitara que un errático ministerio donde todas las autoridades se amparan en el cursus honorum y académico propio del mercado de la salud. Al no tener un puesto gubernamental y al no tener militancia reconocida en algún partido, aunque cuente con la venia de Revolución Democrática y del Frente Amplio, parte de la DC y del Partido Comunista, su voz es la del servicio médico que conoce las cifras de la pobreza y cómo se vulnera el derecho a la salud en Chile.

Sin duda Izkia es una suerte de coronavirus para el poder político.

Así como el COVID-19 ha afectado a Europa, Siches altera y genera molestias en nuestra élite tan orgullosa de sus orígenes en el Viejo Continente, pero que tanto distan en lo ético, estético y moral de los líderes Europeos. Basta centrarse en las medidas de Macrón, presidente francés de Centroderecha en comparación con las medidas de nuestro país.

La presidenta del Colegio médico es el rostro del recambio en materia política, ya atrás queda el culto a lo extranjero, a lo blanco, a los apellidos vinosos y sin vino.

Izkia, la belleza y la estética política te acompañan.

Victor Peredo
Periodista y Lic. en comunicación social.
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