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El único preso con bigotes: La intensa vida “canera” del choro Smith

Por: Claudio Pizarro / Publicado: 27.04.2020
El único preso con bigotes: La intensa vida “canera” del choro Smith /
Álex Smith lleva 21 meses privado de libertad. Estuvo una semana en la casa de su padre con arresto domiciliario y acaba de volver a la cárcel de Pitrufquén, donde se ha ganado el respeto de los presos como monitor de su galería, haciéndole escritos a los internos y consiguiendo mejorar las condiciones carcelarias. “El profesor” luce hoy un vistoso bigote y en la cárcel lo bautizaron como “el choro Smith”. Esta es primera vez que habla de su estadía en un recinto penal, luego del escándalo por la denominada Operación Huracán.

Álex Smith levantó el dedo índice al cielo, arrodillado al medio de un pasillo, imitando la famosa celebración de Marcelo Salas. Son 20 meses los que lleva preso en la cárcel de Pitrufquén y tiene motivos de sobra para festejar: acaban de modificarle la medida cautelar de prisión preventiva por arresto domiciliario total. Si todo sale bien, en unas cuantas horas más, podrá ver nuevamente a su familia.

Fue el miércoles 1 de abril, hace poco más de tres semanas, cuando lo llamaron a una videoconferencia por zoom. El mismo fue quien ingresó la clave en un computador y se conectó de manera online con el Tribunal de Garantía de Temuco.

No tenía muchas expectativas en la audiencia hasta que escuchó a Karina Riquelme, abogada de los mapuches encarcelados con pruebas falsas en la Operación Huracán, comentar que no tenía inconveniente que los imputados en la causa pudieran obtener un cambio de medida cautelar, atendiendo la grave crisis sanitaria que atravesaba el país.

–Te vai pa’ la calle– le comento un gendarme.

–Ojalá– le respondió Smith, todavía incrédulo.

La audiencia tuvo un receso y lo mandaron de vuelta a su celda. Al rato regresó a la sala, pero habían cambiado la clave de acceso. Esperó más de dos horas, hasta que un gendarme le dijo que fuera a despedirse de los presos porque esa misma tarde se iría a su casa.

Fiel a una antigua tradición “canera”, Smith regaló todos los bienes que acumuló en la cárcel, incluido un viejo televisor a color. Y luego, así con lo puesto, caminó en búsqueda de su añorada “libertad”.

–Wena Choro esmíh– le gritaron varios presos desde sus celdas.

Al llegar a la sala de guardia, uno de los gendarmes le entregó un oficio que recién había llegado del tribunal. Era una resolución que dejaba sin efecto el cambio de medidas cautelares.

–No lo podía creer, quedé terrible achacado– recuerda.

Smith sintió que el destino volvía a ensañarse en su contra. Amargado, le pidió a los gendarmes que lo devolvieran de inmediato a su celda. Cuando sacaron las llaves para abrir la reja, los celadores no aguantaron más y estallaron en carcajadas. Todo había sido una broma. Una pésima broma.

***

Álex Smith llegó a la cárcel de Pitrufquén, en octubre del año 2018, luego de una breve temporada en la enfermería del penal de Temuco, donde se encontraba imputado por 29 delitos, entre ellos falsificación de instrumento público, obstrucción a la investigación y asociación ilícita en la denominada Operación Huracán, un operativo policial destinado a capturar a las cúpulas de dos organizaciones mapuche, la coordinadora Arauco Malleco y Weichan Auka Mapu, supuestamente involucradas en atentados incendiarios en la Araucanía, a partir de mensajes telefónicos que resultaron ser falsos.

Tras la llegada a la unidad de Daniel Canio Tralcal, herido de un balazo luego de la quema de cuatro camiones en Lautaro, el alcaide del penal le ofreció trasladarlo a un recinto campestre, con pieza individual y cultivo de hortalizas: la cárcel de Pitrufquén.

–No tuve otra alternativa y acepté la oferta– dice hoy.

Fue así como llegó a una diminuta celda con “un catre, un colchón lleno de chinches y una mesa hecha de cajones de manzanas”. Tenía 23 horas de encierro y estaba ubicado al lado del taller de carpintería. Todo el día escuchaba el sonido de la sierra eléctrica y aspiraba el polvo de la madera que se colaba por los barrotes. Fueron días difíciles. “Uno se daña sicológicamente”, resume.

–Un día llegó un imputado que le había comido la color a un tal Braulio– recuerda. Miré todo desde una ventana de mi puerta que daba al pasillo. El tipo pedía a gritos que lo sacaran de la celda. Lo acuchillaron. El preso que lo apuñaló corrió a esconder el cuchillo. Nunca lo encontraron.

Su abogado finalmente presentó un escrito y pudo modificar el régimen de encierro. Lentamente Smith se fue adaptando a su nueva vida.   Una vida que sorteó con estoicismo, primero, y luego con abierta rebeldía. Situaciones que a todos parecían normales, pero que a él terminaban sacándolo de sus casillas.

–Me afectó el nivel de deshumanización que existe con los presos– dice.

La falta de condiciones básicas en la cárcel, lo llevaron a escribir una carta al director regional de gendarmería. En la misiva solicitaba sillas y mesas para poder comer, explicando que habían ancianos que no tenían donde sentarse, que carecían de enchufes en los espacios comunes para calentar agua en hervidores, que tuvieran al menos una hora de luz al día y pudieran ir al baño cuando estuvieran encerrados. Esto último, a su juicio, era lo más denigrante.

–Cuando nos encerraban en las celdas a las tres de la tarde no podíamos ir al baño y los compadres tiraban la caca al pasillo en unas bolsas. Le dicen el guaguazo. Yo lo guardaba en la pieza y lo botaba en la mañana. Al otro día estaba el pasillo lleno de mierda. Era un asco. Uno salía a la cuenta y te daban ganas de vomitar.

Tras la visita de una comitiva enviada por la dirección regional, Gendarmería accedió a la solicitud enviada por Smith. Para él, sin embargo, tuvo un costo. La institución abrió un sumario en su contra y le prohibió el uso de lápiz y cuaderno.  “Se picaron”, dice.

La iniciativa le granjeó el respeto de los presos. Los jóvenes valoraron su arrojo y los viejos le agradecieron el gesto. Así fue asumiendo, poco a poco, un liderazgo que ni el mismo se esperaba. Partió con cosas sencillas como cambiar las monedas del teléfono público por billetes y solicitar a nombre de toda la galería al menos una compra diaria de mercadería. El mismo se encargaba de pasar, celda por celda, armando el listado para entregárselo a los gendarmes. Hasta jornadas de cine organizó para entretener a los reclusos los fines de semana.

Como era uno de los pocos reos alfabetizados, Smith comenzó a ofrecerse para hacer escritos a tribunales o solicitudes para venusterio. “Todo el mundo me pagaba con cigarros”, recuerda. Había veces que alcanzaba a juntar hasta dos cajetillas diarias. De a poco su opinión empezó a ser escuchada y comenzó a animarse a hacer otras cosas.

–Si llegaba un preso nuevo, tenía que protegerlo para que no lo cogotearan. Como los imputados no teníamos ninguna garantía, peleaba por cosas que marcaran la diferencia. Entrar una pizza, harina tostada, carne de caballo que les gusta harto. Si moría un familiar de alguien, me encargaba de hacer una cucha y mandaba a comprar un ramo. Si la ducha no tenía cortina, me la conseguía con los gendarmes, y si faltaba cloro igual. Todo eso comenzaron a valorarlo los cabros– recuerda.

Smith sintió que con inteligencia podía hacer cambios y vencer cualquier atisbo de violencia. “La cana no tiene que ser pura pelea, que el más vivo la lleve. Hay que tener a todos contentos y lograr cosas tangibles. En el fondo, lo que hice, fue humanizar la cana”, dice.

Así fue como el profesor Smith, el hombre acusado de inventar pruebas falsas en contra de organizaciones mapuche, se ganó el respeto del módulo de imputados, una galería plagada de violadores, que terminó por ungirlo como su nuevo monitor. El único preso que se atrevió a dejarse bigotes en todo el penal. Una look que, reconoce, le cambió la vida.

-Cuando me dejé bigotes, los gendarmes me querían sacar un parte por falta al régimen interno. Les pedí que me pasaran el reglamento y en ningún artículo encontré que era una falta dejarse bigote o barba. Así que me lo dejé no más.

No es que el mostacho le haya otorgado súper poderes, pero admite que aportó a consolidar su nueva estampa. Una vez incluso se lo cortó y un gendarme lo vio y le dijo que había perdido la fuerza. Así que volvió a dejarlo crecer.

–Ahora me pusieron el choro Smith– cuenta.

***

En un descuido del gendarme, Smith se acercó al computador y apretó al mismo tiempo cuatro teclas. Luego se alejó en silencio y observó la reacción de los funcionarios.

–Yo veía como movían la cabeza sin entender por qué la pantalla estaba al revés. No cachaban que mierda había pasado, hasta que uno de ellos dice “el Smith fue”– recuerda.

Los gendarmes estaban convencidos que había hackeado el computador –ese fue el termino que emplearon– y lo obligaron a restaurarlo tal cual estaba. No hubo castigo, ni nada parecido.

En otra oportunidad, con la complicidad de un gendarme, Smith mandó a imprimir a distancia un documento a través de bluetooth. Iba dirigido al jefe interno que recibió en la impresora una notificación que decía: “Suboficial, por favor acérquese a imputado Smith”.

­–Era una talla, pero quedaron con la bala pasada. Igual como no entendían mucho, pensaban que había alterado el sistema. Sabían que había sido yo, pero como el celular era prestado no habían pruebas.

El humor, en el fondo, fue un arma para combatir el tedio. Como aquella vez que pasó por la oficina del alcaide y apretó unas teclas del notebook modificando el clásico cursor por una llamativa mariposa. “Le puso color, me dijo que le había adulterado el computador. Estaba picado y tuve que pedirle perdón”, recuerda.

Las bromas eran parte de la rutina. Los gendarmes en su mayoría eran viejos y estaban a punto de jubilar. Nadie, en verdad, se hacía mala sangre con las pitanzas.

Smith tenía buena relación con los veteranos  y empezó a conseguir regalías. Un tarro de duraznos para el campeonato de Pinpón y salidas esporádicas a la cancha de fútbol en plena pandemia. El mismo arbitraba y se hizo incluso un par de tarjetas de “palo”, pintadas de amarillo y rojo. “Si habían faltas, piteaba y ponía tarjetas, para evitar que se armaran peleas”.

Smith en el fondo fue alguacil, árbitro y defensor de causas perdidas. Por eso algunos gendarmes lo tildaban de comunista, al exigir derechos fundamentales como acceso a agua, luz o a un baño digno. Siempre que se enfrascaba en discusiones con los funcionarios, nombraba el decreto 518 que es el que regula los establecimientos penitenciarios. El mismo que solicitó cuando le dijeron que no podía dejarse bigotes. “Como no entendían mucho, se los nombraba y se urgían harto. Pero yo siempre lo hacía para mejorar las cosas para todos. Les decía que por el hecho de estar presos, no habíamos perdido nuestros derechos y por eso nadie podía tratarnos como perros. Teníamos una relación de amor y odio”, recuerda.

La crisis sanitaria terminó por ablandar las reglas. Para evitar motines en medio de la pandemia, las autoridades cedieron varios permisos de venusterio, autorizaron el ingreso de una lavadora y hasta las puertas de las celdas se mantuvieron abiertas por más tiempo.

El periodo de bonanza terminó con una medida inesperada para Smith: el cambio de medida cautelar. Luego de enterarse que su salida era efectiva y no una maldita broma de un puñado de gendarmes, Smith regresó por el mismo pasillo donde hacía pocos segundos había caminado como alma en pena. Luego firmó los documentos de egreso, volvió a despedirse de todo el mundo y salió a la calle por primera vez después de casi dos años de encierro. Afuera lo esperaba su padre, el otro Álex Smith, el único miembro de su familia que lo fue a buscar aquella tarde.

***

Volvió a sentir nuevamente la inmensidad del paisaje, la mirada perdida en el horizonte y ese cielo azul que encandila. Volvió a respirar el aire con olor a leña y a mirar las vacas tendidas en el campo. Un paisaje que había visto tantas veces, pero que ahora le parecía tan extraño.

–¿Hace cuánto tiempo que no veía vacas?– se pregunta Smith, mientras relata por teléfono el viaje desde la cárcel a la casa de su padre, el lugar que eligió para pasar esta tregua judicial. “Era como un sueño, me daban hasta ganas de pellizcarme”, agrega.

Lo primero que hizo Smith cuando llegó a Hualpin, ubicado a 85 kilómetros de Temuco, fue darse un baño de tina, con espuma, que lo hizo recordar sus años de infancia. “Metí la cabeza adentro del agua como cabro chico y me fumé como cuatro cigarros”, rememora.

Como salió de la cárcel con lo puesto – a lo “choro”– tuvo que pedirle prestada ropa a su padre y usar unos pantalones que “le quedaban nadando”. Así esperó hasta que su esposa llegó a la casa, alrededor de las 8 de la noche, junto a sus cuatro hijos. “Fue como volver de una guerra”, explica.

Maximiliano, el hijo menor, corrió a abrazarlo. Estaban todos cambiados, crecidos, distintos. “El mayor es todo un cibernético, la otra hija es deportista y la que viene quiere estudiar derecho”, resume orgulloso.

–No soy de lágrimas, pero con los hijos uno se quiebra, son emociones fuertes– describe.

Durante la cena Smith tomó la palabra y le pidió perdón a  toda la familia por arrastrarlos en sus malas decisiones. Nunca lo había hecho. “Voy a tener que luchar toda mi vida, me metí en cosas indebidas con los pacos y estoy pagando el precio de mis errores”, les dijo.

Su hijo mayor respondió algo que le quedó grabado en la memoria: “El papá se pegó el tremendo cagazo, pero es nuestro papá”. “Eso me marcó”, dice Smith. Luego fue el turno de su esposa, Yasna Villanueva, que también aprovechó la oportunidad para saldar deudas pendientes, en una pieza aislada, los dos solos.

–Me retó harto y tenía razón. Siempre me dijo que no me metiera en carabineros, que le daba mala espina, pero nunca le hice caso. No fui sincero. Estaba hasta el cuello y no la quise involucrar en lo que pasaba. Tuve que pedirle perdón– cuenta.

Al otro día la familia regresó a Temuco y Smith comenzó ayudar a su papá a desarmar un tractor, un antiguo Ford 5000 del año 68, que separaron en tres partes a pura fuerza bruta. El vehículo fue la metáfora de una relación oxidada que volvía a cobrar vida.

En los ratos libres Smith recorría el terreno, bordeando una huerta, entremedio de unos zapallos enormes. Rutinas sencillas que lo hacían apreciar el sentido de la libertad. Escuchar cantar a los pájaros, ver la octava temporada de Game of Thrones y saborear un helado de pasas al ron recostado en el living. Al atardecer, sacaba una banca al antejardín, como esos viejos de pueblo que dormitan en las fachadas.

–Llevaba mi bazuca con música de los ochenta, una taza de café y mis cigarros. De repente veía pasar a una señora con un perrito, uno que otro auto y me ponía a pensar. Sentía una especie de ocaso, después de haber viajado por Nueva York, Argentina, Uruguay y Brasil, y ahora estar sentado en el umbral de una puerta como un viejo triste y con bigotes– cuenta.

Justo el día que enteraba una semana afuera de la cárcel, Smith recibió una llamada indeseada: nuevamente habían cambiado la medida cautelar y debía regresar a la cárcel. “Fue como si me clavaran un puñal, me puse nervioso y se me cayeron unos lagrimones. Llamé para despedirme de la familia, quedaron todos en shock”.

Smith no quería que lo fuera a buscar la PDI y decidió entregarse voluntariamente al otro día. Fue al retén de Hualpin y no lo aceptaron. Le dijeron que tenía que irse directo a la cárcel, pero cuando llegó al penal tampoco lo querían recibir. Estuvo esperando dos horas con su papá en el vehículo hasta que autorizaron su ingreso. Como venía del exterior, le decretaron 14 días de aislamiento en una sala a un costado de la enfermería. Hace un par de días terminó la cuarentena y regresó de vuelta a la galería de imputados. El mismo lugar donde empezó a usar bigotes y donde los presos comenzaron a llamarlo choro Smith.

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