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Opinión

Sácate la máscara

Por: Jaime Coloma / Publicado: 04.05.2020
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¿Será que somos cómodos? No creo. Más bien me parece que el problema radica en, justamente, el miedo. Ese que paraliza, no el productivo que te permite enfrentar el problema y salir de aquello que creemos confortable para generar un cambio. El miedo a lo desconocido evidentemente es real, el punto es si ese temor/terror a lo que no sabemos o no entendemos nos anula o, por el contrario, nos obliga a buscar nuevas formas para solucionar lo que nos hace sentir en una instancia sin salida.

Hace unos días les pedí a mis alumnos que desarrollaran un escrito a partir de un texto realizado por Jaime Rodríguez Z. – periodista, escritor y cronista peruano radicado en Madrid, España – sobre su estadía en un hospital de esa ciudad tras dar positivo y agravarse con el virus  covid-19. Su texto trata del miedo y la represión del mismo en pos de dar la imagen de un hombre que responde coherentemente a los designios propios de una masculinidad “bien armada”, sin embargo no me quiero referir a esa idea sino más bien como, a partir de una cita que se hace hacia el fin del relato, podemos ver que los cambios son vistos como peligrosos y sin vuelta atrás.

Al respecto el mismo autor de la crónica nos dice: “MI amigo Robert me ha mandado para la convalecencia unos capítulos de The Mandalorian, la serie sobre un cazarrecompensas del universo de Star Wars. La veo con la mascarilla puesta, en el aislamiento que comparto ahora con mi hije Coco. En una escena una mujer le pregunta al protagonista por qué nunca se saca el casco. “Entonces ¿qué pasa si te sacas esa estúpida cosa? ¿Vendrá alguien a matarte?”. “No —responde él— simplemente no podré volver a ponérmela nunca”. Lo sé. Y tengo miedo.” (J. Rodriguez, “El miedo en tiempos del coronavirus”, VICE.com 2020), en ésta cita se puede observar lo complejo que es dejar de lado eso que llevamos como propio, eso que podemos sacarnos pero no queremos por temor a no poder volver a ser lo que éramos, a esa suerte de comodidad/incomodidad que creemos define nuestra existencia, como si esa visión, eso que “éramos” fuera bueno o, como se dice popularmente: “más vale diablo conocido que diablo por conocer”.

¿Será que somos cómodos? No creo. Más bien me parece que el problema radica en, justamente, el miedo. Ese que paraliza, no el productivo que te permite enfrentar el problema y salir de aquello que creemos confortable para generar un cambio. El miedo a lo desconocido evidentemente es real, el punto es si ese temor/terror a lo que no sabemos o no entendemos nos anula o, por el contrario, nos obliga a buscar nuevas formas para solucionar lo que nos hace sentir en una instancia sin salida.

Dicen, ya no sé si es cierto o no, que Albert Einstein planteaba algo tan obvio y simple como que si quieres resultados distintos debes repensar lo que hacías y, evidentemente, hacerlo de otra forma. Bastante obvio ¿No? Sin embargo nada de fácil.

Cada proceso de cambio conlleva cierto grado de trauma y dificultad, más aún si la sociedad que hemos desarrollado se establece en la idea de que cualquier cosa distinta no amerita siquiera una posibilidad de reflexión.

Hemos ido armando un relato acorde a esto, donde ojalá todo vuelva a la “normalidad”, no entendiendo que esa “normalidad” no es más que un constructo estadístico que en muchos casos ha respondido a las ideas que han naturalizado los poderes fácticos, alguna prensa mediante, para generar una ciudadanía poco crítica y sometida.

“Sacarse el casco o la máscara”, que para éste efecto  viene a ser lo mismo, es un imperativo para establecer un mejor país. Pero para que eso ocurra debemos aprender a lidiar con el pesimismo: gestionarlo, manejarlo, pensarlo.

Nos convertimos en un país negador donde se suceden comentarios como: “da lo mismo quien esté en el poder porque mañana igual debo ir a trabajar”;  “mejor no hablar de eso” o “en esta casa no se habla de política, religión o fútbol”, como si evitar el conflicto hiciera que éste no existiera. Pero existe y crece hasta que se hace evidente y no sabemos cómo solucionarlo porque pareciera que hay que cambiarlo todo y tan radicalmente que nada quedaría en píe, sin embargo y por mucho que nos pese lo que ha equilibrado nuestra cultura y situación socioeconómica, a la hora de hacer justicia en la historia de la humanidad, ha sido la violencia representada en epidemias, guerras, revoluciones o colapso de los Estados, como nos plantea en su libro “El gran nivelador” el historiador austriaco Walter Scheidel – escritor, ensayista y académico de la Universidad de Stanford -.

Evidentemente la idea es poder generar cambios sin pasar por un colapso o trauma, pero para que algo así ocurriera se necesita una sociedad crítica, analítica, pensante, que entienda nuestra especie como una entidad gregaria que funciona en comunidad y colaborativamente y eso, por el momento, no parece que ser el camino más a la mano, todavía empecinados en mantener el “statu quo” queremos estar con ese casco/máscara que creemos nos protege sin entender que en muchos caso ese es justamente el problema y sacárselo la solución, pero al igual que ocurre muchas veces nos paraliza el miedo.

Jaime Coloma
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