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Bienes Comunes

Volver a pensar la educación como un bien común

Por: María Eugenia Letelier Gálvez / Socióloga, Doctora en Educación / Publicado: 18.05.2020
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La comprensión de la educación como un bien común y no como un gasto, permite recuperar o fortalecer valores de solidaridad y cooperación indispensables para el aprendizaje y para el logro de un consenso social. La generación de espacios educativos orientados hacia una convivencia inclusiva, democrática y pacífica constituye un desafío para las comunidades que solo podrá lograrse en plenitud, con una profunda transformación de los principios rectores de nuestro sistema educativo.

Las propuestas de Educación Mesa COVID 19, elaborada por un equipo interuniversitario, tiene el valor de asumir la emergencia sanitaria y social desde los desafíos inmediatos en educación, relacionados con tres ámbitos fundamentales: el bienestar de las comunidades escolares, la priorización curricular y evaluativa y las condiciones de la educación remota. El énfasis dado a potenciar comunidades escolares activas que faciliten la protección del bienestar socioemocional y el sentido de pertenencia, es esencial. Las propuestas de flexibilización curricular y postergación de pruebas estandarizadas son sensatas y el tiempo se encargará de hacerlas evidentes. Los límites de la educación remota son una radiografía de la tremenda inequidad social del país. No estamos viviendo la innovación educativa online, lo que hacen profesores y establecimientos es asumir la educación en tiempos de pandemia, como un desafío enorme en un tiempo record.

Con más de 3.600.000 niños, niñas y adolescentes en el sistema escolar y cerca de 800.000 niños y niñas en jardines infantiles lo que suceda con la escuela tiene un impacto enorme para las familias, para el país. El sistema educativo organiza, en gran medida, la vida de las personas; la pandemia evidencia el sentido de la educación como espacio de aprendizaje y de socialización. Todos los esfuerzos que se realicen hoy por mantener comunidades educativas activas son fundamentales para el futuro inmediato. Estamos ante un riesgo latente, el aumento de la deserción escolar ¿cuántos niños, niñas y adolescentes quedarán fuera de escuelas y liceos después que termine la emergencia? Los datos previos a la pandemia ya eran preocupantes: cerca de 100.000 niños y niñas en edad escolar abandonan la escuela anualmente y, según datos del Mineduc, 15,2% de niños en el sistema escolar está en riesgo de deserción.

El debate que necesitamos instalar no se puede limitar a cómo se utiliza la tecnología, cómo reinterpretamos el currículum para dejar lo esencial o cómo rebatimos propuestas confusas, que llevaron primero a vacaciones anticipadas incomprensibles para luego anunciar una vuelta a clases que nadie consiguió imaginar factible y, más recientemente, señalar fechas para un nuevo SIMCE.

Esta pandemia nos debe remecer como sociedad. La segmentación escandalosa del sistema educativo chileno ha enceguecido la posibilidad de producir cambios radicales, se naturaliza la tremenda desigualdad híper comprobada en cada medición. La prevalencia de la visión consumista, extremadamente individualista, competitiva ha llevado al aumento de la exclusión y a la intensificación de la violencia al interior de las propias comunidades. En Chile hemos llegado al límite del abandono de la educación como un bien público y común.

La educación como un bien común para la humanidad, concepto desarrollado por la UNESCO “Replantear la educación como un bien común mundial” (2015), resalta la necesidad de reafirmar una visión humanista de la educación. En esta visión, el propósito fundamental de la educación es sostener y propagar la dignidad, capacidad y bienestar de los seres humanos en su relación con otros y con la naturaleza. Implica, también, una preocupación por el desarrollo humano y social sostenible; en términos de la educación, esta perspectiva demanda una preocupación por la equidad-inclusión, es decir, una educación que no excluye ni marginaliza”.

La comprensión de la educación como un bien común y no como un gasto, permite recuperar o fortalecer valores de solidaridad y cooperación indispensables para el aprendizaje y para el logro de un consenso social. La generación de espacios educativos orientados hacia una convivencia inclusiva, democrática y pacífica constituye un desafío para las comunidades que solo podrá lograrse en plenitud, con una profunda transformación de los principios rectores de nuestro sistema educativo. No hay ciudadanía sin escuela pública, renunciar a esta visión se puede constituir en una auténtica tragedia para nuestro país, para la humanidad.

La pandemia abre una oportunidad para repensar la educación desde nuevos principios y valores, donde las personas se reconozcan con humildad y respeto como seres humanos que requieren de la cooperación y el trabajo colectivo. Es también una oportunidad para transitar hacia un cambio de paradigma en el currículum, orientado por la interdisciplinariedad e intersectorialidad con temáticas transversales que conecten y articulen las distintas disciplinas. En el momento histórico y cultural que vivimos a nivel mundial, los Objetivos de Desarrollo Sostenible acordados por las Naciones Unidas (2015) constituyen los temas transversales para la humanidad en el siglo XXI.

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