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Economía & mercados

Los diez elementos que la comunidad universitaria debería poseer

Por: Roberto Mayorga y Bruno Jerardino / Publicado: 26.05.2020
/ Agencia Uno
La ausencia de voz, presencia y liderazgo de las universidades del Estado frente a la grave crisis que vivimos se explican en que, por décadas, han adolecido de los requisitos antes descritos.

Comunidad-Finalidad.

La finalidad o misión ha de ser la transmisión y el progreso del saber superior que implica la búsqueda de la verdad, la construcción de una imagen del universo y la formación de profesionales con conciencia crítica. Las actuales universidades del Estado se han limitado casi en totalidad a labores profesionalizantes y, lo que es peor, de carácter mercantilista, abandonando casi por completo su misión. Al sustituir el cultivo del saber superior, adherir a un cuestionado modelo mercantilista y dar prioridad a precios sobre valores, se han convertido en la antítesis de una universidad fundada en una “conciencia crítica de la nación”.

Comunidad Humanista.

La ciencia y la técnica, el arte, la investigación y la docencia han de tener como meta última la idea de servir a la humanidad y la biodiversidad toda. No da lo mismo, por ejemplo, una teoría económica que plantee resolver las necesidades elementales de la población a través de satisfactores sinérgicos (Max Neef, 1993) a aquella que, a pretexto de lograr el crecimiento económico, someta a esta población, aún sea por periodos breves de tiempo, a costos incompatibles con la dignidad de la persona humana. Por ello, la universidad debe asegurar la formación integral de las y los estudiantes, en cualquier profesión, que lo capacite a comprender la humanidad y su entorno. Hay dos grandes temáticas que deberían ser incorporadas como cátedras necesarias: a) Derechos Fundamentales de la Persona Humana y, b) Desarrollo Integral, Inclusivo y Sustentable (DIIS). Es evidente que, salvo excepciones, las actuales carreras universitarias no están entregando dicha formación al estudiantado.

Comunidad Pluralista.

Impedir que la diversidad tenga expresión es destruir la universidad en su carácter de comunidad, manteniéndose quizás como estructura pero vacía de contenido. “El espíritu universitario es cosa frágil y sensible ante esos intentos y termina por retrotraerse y apagarse, como lo muestra el ánimo medroso y apocado de algunos docentes”, (Millas, 1981) -según lo expresara el eminente filósofo Jorge Millas -, cuando, presos de temor y de las presiones de la autoridad, caen en la autoinmolación intelectual, incapaces de sostener en público lo que legítimamente piensan en privado” (Millas, 1981). Dicha aseveración, lamentablemente, posee aún vigencia en cuanto gran parte de las universidades del Estado continúan regidas por estatutos autoritarios y excluyentes provenientes de la dictadura utilizados instrumentalmente a discreción por los rectores que se han entronizado en sus cargos.

Comunidad participativa

La verdad o la imagen del mundo se descubren o construyen a través de la reflexión, en la aceptación del otro como un legítimo otro, con sincera y efectiva participación de todos sus integrantes, sin las exclusiones a que suele someterse a académicos, estudiantes y funcionarios.

Un caso paradigmático se dio tiempo atrás en la USACH cuando su autoridad, -con el apoyo del CUECH (Consorcio de Rectores de Universidades del Estado)-, implementó una elección de rector amparándose en el DFL 149 de la dictadura cívico-militar para excluir a 1.800 profesores por hora de clases, esto es, aproximadamente un 70% del cuerpo académico, desconociendo la esencia misma de una comunidad universitaria participativa.

Comunidad Ética

Es esencial una disposición íntima de rectitud y buena fe (sinceridad). La rectitud se refiere especialmente al sujeto que formula opiniones explicitando, en su argumentación, criterios de distinción y validación en situación; y la buena fe hace referencia al sujeto que escucha y que les da la calidad de auténticas bajo su criterio de aceptación. La disposición íntima debe encontrar cauce de expresión en un comportamiento efectivo y coherente, esto es, en una conducta basado en el respeto mutuo. Suele preguntarse acerca de los límites del respeto o aceptación mutua y la respuesta es simple: no necesitamos un artículo de una ley o un manual para actuar frente a la necesidad del otro. Y cuando no se da una conducta guiada por la aceptación mutua, se recurre a los derechos fundamentales como la vara para apreciar los límites, puesto que su transgresión y daños a terceros fijarían las fronteras de lo tolerable. El tema es que sin una auténtica libertad, como veremos, las personas tienden a disimular sus opiniones, distorsionando así este elemento ético. 

Comunidad Libre.

La libertad es un presupuesto esencial para la existencia de una comunidad universitaria. Desde un punto de vista estructural la libertad significa estar dotada de autonomía debiendo ejercerse en forma tal que las distintas casas de estudio actúen en permanente coordinación entre ellas, atendiendo al interés general del país, ofreciendo respuestas armónicas más que competitivas a los requerimientos planteados por la comunidad nacional, requisito que ha estado prácticamente ausente en las políticas de las universidades del Estado.

La libertad no es sólo el enunciado de normas o textos que la reconozcan sino que requiere de un ambiente exento de temor a represalias. Es evidente que en muchas de las actuales universidades del Estado, regidas aún por normas de la dictadura y rectores que la siguen aplicando teniendo la potestad de no hacerlo, se experimenta temor como consecuencia de la falta de genuina libertad. 

Comunidad Dialogante

El diálogo aporta la idea de un cambio de conceptos entre personas conservando un acento notable: no pone en juego a sólo dos o más sujetos, supone siempre un tercer término, un valor supra histórico, la búsqueda de la verdad, que a su vez descansa, como se ha visto, en disposiciones y conductas éticas, la rectitud, la buena fe y la tolerancia. En efecto, el diálogo como una actividad que se desarrolla en aceptación mutua es siempre una invitación a la reflexión y jamás puede ser una imposición.

En síntesis, el diálogo implica la determinación que es posible aproximarse a una verdad como un proceso de desocultamiento; el sentimiento de que la búsqueda y descubrimiento de esa verdad dependen principalmente del intercambio de proposiciones o ideas en aceptación mutua; el convencimiento de que existe una cierta igualdad intelectual entre los seres humanos, en un sano ejercicio de modestia y humildad, contra lo cual conspiran el exacerbado individualismo existente y las malas prácticas autoritarias y excluyentes que han ejercido muchas de sus autoridades.

Comunidad Solidaria.

Las universidades del Estado han de ser conciencia crítica de la nación, solidarias con su destino, inmersas en sus requerimientos. Señalamos al comienzo de este ensayo que han quedado sin voz, situación generada desde las últimas décadas, al desligarse de la realidad nacional, a cambio de conservar objetivos meramente mercantilistas y bajo paradigmas autoritarios. Aquella Universidad, Torre de Marfil, encerrada en sí misma, de espaldas a la sociedad y en contra de la cual históricamente se han levantado estudiantes y profesores, es más que nunca un arquetipo a ser derrotado.

Comunidad Organizada.

En la estructura de gobierno resulta inconsecuente la imposición de Juntas Directivas integradas por personeros extraños a la universidad que actúan, bien en representación del gobierno o de entes externos.

Las autoridades unipersonales, especialmente el Rector, deben poseer no solamente una reconocida trayectoria académica sino, por sobre todo, una irrefutable coherencia de vida con los valores de la comunidad universitaria, amén de tener su génesis en el sentir ampliamente participativo y no excluyente de los estamentos universitarios. El personal no académico ha de ser considerado genuinamente parte integrante de la comunidad universitaria, sin exclusiones. El estudiantado debe ser absolutamente libre en las formas en que se organice, penalizando drásticamente cualquier intento de la autoridad por “neutralizarlos” o interferir directa o indirectamente en sus determinaciones, impidiendo de esta forma el clientelismo. En efecto, una comunidad organizada requiere la participación triestamental en la elección de Rector.

Comunidad Financiada

Vemos cómo se ha vinculado a las universidades del Estado con el mercado, suponiendo que ésta está sometida al juego de variables económicas como la oferta y la demanda. Cuando se sujeta a las universidades estatales a criterios economicistas y de autofinanciamiento se atenta no sólo en contra de la propia institución sino que de las perspectivas de un desarrollo integral, inclusivo y sustentable, favoreciendo un mero crecimiento mercantilista, que es lo que ha sucedido por décadas, hasta hoy en el país, con el aval de aquellos que las gobiernan.

Conclusión

Estas reflexiones nos traen a la mano la noción de comunidad social y comunidad no social que el premio nacional de ciencias 1994 y doctor honoris causa por la Universidad de Santiago de Chile, Humberto Maturana ha desarrollado en sus producciones (Maturana, H. 2002) y junto a Ximena Dávila (Maturana, H. y Dávila, X., 2015).

En efecto, una comunidad social se caracteriza por conservar dinámicas de interacción que resultan en un reconocimiento del otro, de lo otro y de uno mismo como legítimos en la convivencia. Toda comunidad que no conserve dichas dinámicas de interacción e impidan la aceptación mutua da cuenta de una comunidad no social. En nuestro ensayo hemos acudido a la noción de comunidad entendida en los términos de una comunidad social, definida por Maturana donde solamente la emoción del amor es la que hace posible desplegar dinámicas relacionales de mutuo respeto. Vale decir, una comunidad social es aquella en que la interacción es guiada por la emoción del amor y, consecuentemente, la fraternidad y la solidaridad. Cuando autoritaria y discrecionalmente se impone la legalidad o una teoría de cómo deben ser las cosas, soslayando las premisas emocionales, inexorablemente somos parte de una comunidad no social.

Es tarea de las universidades impulsar todas aquellas acciones, prácticas y conductas entre sus miembros que favorezcan y conserven un modo de convivencia de interacciones en aceptación mutua; donde la participación universitaria sea un modo de con-vivir en el mutuo respeto, en la tolerancia y en la colaboración. Cuando nuestras universidades avancen decididamente hacia la conformación de comunidades sociales, por medio de actos de diseño acordados en un proceso de colaboración administrativa, podremos dar evidencias de una genuina preocupación por el país, contribuyendo a resolver los grandes problemas que nos aquejan, y que hoy vemos reflejados en el coronavirus, la crisis climática y las urgentes demandas sociales producto del estallido social.

En resumen, la ausencia de voz, presencia y liderazgo de las universidades del Estado frente a la grave crisis que vivimos se explican en que, por décadas, han adolecido de los requisitos antes descritos, razón del título de este artículo: “La cuasi o seudo universidad: una comunidad no social”.

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