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Opinión

Pandemia y emancipación

Por: Miguel Orellana Benado / Publicado: 27.05.2020
/ Foto: Agencia Uno
La mayoría de las sociedades ricas han sido seducidas por el aumento sin precedentes de la riqueza material, un fenómeno que ya intrigó a Adam Smith (un desamparado estudiante escocés, que pudo doctorarse en Oxford en el siglo XVIII gracias a una beca de Balliol College) en los albores de la modernidad. Me refiero al proceso que dio un gran salto adelante en la era digital y que ha culminado en la sacralización de la codicia, actitud que estuvo vigente hasta la actual pandemia. Para el sector dirigente en la mayoría de las sociedades ricas de hoy, la educación sólo tiene como objetivo permitir a las personas ganarse la vida.

Las horrorosas consecuencias de la pandemia actual son de todos conocidas. ¿Acaso no las hay también buenas? Sí, hay. La primera y quizás, la más importante, es haber hecho difícil para millones (quizás miles de millones) de personas sufrir las consecuencias de pasar por alto que, desde 1989, estamos viviendo en una época histórica nueva: la era digital. Me refiero a la que nació cuando el oxoniense Tim Benders-Lee inventó la web, abriendo así nuevas formas de interacción humana. Un ejemplo: jefes de Estado que no toman en consideración que su vida privada en lugares públicos será difundida de inmediato por las redes sociales.

Una segunda consecuencia positiva es destacar el actual florecimiento, sin precedentes en la historia, de la investigación experimental. Meses después del inicio de la pandemia, la inducción y la colaboración (internacional), los pilares del conocimiento científico, han bastado para que los investigadores conozcan más acerca del virus covid-19 de lo que antes de la era digital hubiera tomado años, y décadas, de trabajo.

Aunque ahora quiero poner el foco en una tercera lección: una paradoja educativa que está en el corazón de la era digital. Las sociedades ricas nunca habían sido tan ricas. Pero, en la mayoría de tales países, el sector dirigente (la conjunción de las élites académica, económica, mediática y política) nunca había sido tan pobre en términos educativos (espirituales o intelectuales). Una demostración de esta paradoja es su total desprecio tanto de la historia como de la filosofía.

Sin embargo, el aprendizaje de estas disciplinas (como lo supieron las élites anteriores durante siglos hasta la era digital) es esencial para tomar distancia de la realidad, entenderla de manera cabal y así tratar de controlarla. El conocimiento, como enseñó Lord Bacon, es poder.

La mayoría de las sociedades ricas han sido seducidas por el aumento sin precedentes de la riqueza material, un fenómeno que ya intrigó a Adam Smith (un desamparado estudiante escocés, que pudo doctorarse en Oxford en el siglo XVIII gracias a una beca de Balliol College) en los albores de la modernidad. Me refiero al proceso que dio un gran salto adelante en la era digital y que ha culminado en la sacralización de la codicia, actitud que estuvo vigente hasta la actual pandemia. Para el sector dirigente en la mayoría de las sociedades ricas de hoy, la educación sólo tiene como objetivo permitir a las personas ganarse la vida.

Si se concede tal premisa, ¿cómo negar que los criminales (y sus familias) son los mejores maestros? Por cierto, los criminales se forman y prosperan en todas las clases sociales, en todas las sociedades y en todas las ocupaciones. Bien entendida, la educación tiene un objetivo moral por completo diferente: habilitar a los jóvenes para promover el encuentro respetuoso, productivo (en términos materiales como espirituales) y festivo del mayor número de personas. ¿Cómo lograr tal cosa? Para empezar, mostrando a la juventud el valor de tres cosas: la información empírica sólida, el pensamiento riguroso y, sobre esas bases, la imaginación. En ese orden, y no al revés, como tantas veces los medios sociales de hoy en día invitan a creer, tanto a los jóvenes como a los mayores.

La valoración de la información empírica sólida y del pensamiento riguroso comienza cuando se aprenden las lecciones de la historia y de la filosofía. Por ejemplo, la historia enseña que las teorías simples son generalmente erróneas. La teoría más simple sobre la experiencia cotidiana de ver salir el sol en un extremo del horizonte y ponerse en el otro es la teoría geocéntrica, que fuera defendida por el incomparable Aristóteles en la antigüedad y por Santo Tomás de Aquino en el medioevo. Pero esa teoría es falsa.

Las cosas son más complejas que eso. La teoría heliocéntrica, mucho más compleja que la geocéntrica, es mejor. Según ella, la experiencia cotidiana es una apariencia (un término filosófico clave, que Platón popularizó con su Alegoría de la Caverna). El heliocentrismo explica mejor la experiencia ordinaria, porque, además, explica la sucesión de las estaciones. Por lo tanto, es preferible como teoría, aunque sea más compleja.

Una cosa análoga ocurre con los fenómenos normativos, los que surgen de la libertad humana individual: la moral, el derecho, la economía y la política. La teoría más simple es el maniqueísmo: las personas se dividen en buenas y malas. Las personas buenas sólo hacen cosas buenas, las que solo tienen consecuencias buenas. Y las malas, al revés. Simple, ¿no? E irresistible para quienes creen ser buenos.

Pero ésta es, también, una teoría falsa. Porque desconocen las lecciones de la historia y de la filosofía, una imaginativa plétora de teorías conspirativas sobre el origen (y el supuesto propósito) de la actual pandemia seduce a un número creciente de jóvenes, tanto en Europa como en América Latina.

¿Tomarán las autoridades educativas nota de estas tres lecciones antes de que sea demasiado tarde? Sería un primer paso hacia la emancipación.

Miguel Orellana Benado
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