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Opinión

Lo hermoso de volar

Por: Carlos Tromben / Publicado: 30.05.2020
/ Ignacio, miembro de la familia Cueto Plaza, socios históricos del clan Piñera Morel.
Un rescate estatal de Latam plantea una serie de obstáculos de índole jurídica, financiera y moral, dada la manera en que la empresa fue adquirida por sus actuales controladores y el rol que le cupo en ello a Sebastián Piñera.

La mañana del 26 de mayo de 1994, el senador Sebastián Piñera dio una conferencia de prensa para hablar del programa legislativo de la bancada de Renovación Nacional en el Senado. Habló de una “fiscalización implacable” del nuevo gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, pero también de una “disposición de llegar a acuerdos”.
De pronto uno de los periodistas presente le consultó por los rumores según los cuales había incrementado su patrimonio personal en unos 200 millones de dólares durante su gestión como parlamentario. Descolocado en un principio, Piñera respondió con un “no” rotundo.

La expansiva fortuna del entonces joven senador era un tema que constantemente le reprochaban sus enemigos al interior de la derecha. Millones más, millones menos, lo cierto es que al día siguiente de aquella conferencia de prensa su fortuna personal iniciaría un despegue meteórico gracias al uso de información privilegiada, la vista gorda de las autoridades y la ayuda de sus amigos.

Al día siguiente de aquella conferencia, la Corfo debía desprenderse de su último paquete accionario en LAN, la aerolínea creada por el dictador Carlos Ibáñez del Campo y privatizada por su sucesor Augusto Pinochet. La corredora Banedwards, a cargo de la subasta, sólo recibió una oferta por el 24% de las acciones de la compañía Inversiones Costa Verde S.A., una sociedad perteneciente a la familia Cueto, que ya controlaba el 42% tras adquirir en febrero de 1994 la participación de la aerolínea escandinava SAS, y del abogado Guillermo Carey Tagle.

Los periodistas de economía y finanzas se encontraron con un contrasentido. Pese a la compra del paquete estatal, se informó que la participación de la familia Cueto permanecía igual que en febrero. Más aún, entre los nuevos accionistas de la aerolínea figuraban ahora dos sociedades vinculadas al senador Piñera. Consultado al respecto, Piñera respondió sin arrugarse que él había comprado la participación de la aerolínea escandinava SAS en febrero del mismo año.

O los Cueto habían mentido en febrero o Piñera mentía en mayo.

A toda evidencia, un senador de la república se había hecho del control de un activo estatal a vista y paciencia del mercado financiero, de los reguladores y de todo el sistema político.

Pero la vida te da sorpresas, y 26 años más tarde, ahora como Presidente, Piñera tiene en sus manos la decisión de salvar a sus antiguos socios de la bancarrota.

Hay que reconocerlo: la gestión de Piñera y los hermanos Cueto transformó por completo a LAN. Cuando la compraron nadie daba un peso por ella frente a la competencia de colosos como American, United o Lufthansa. 15 años más tarde, LAN era en una potencia latinoamericana con filiales en distintos países de la región y un sólido posicionamiento en el mercado de carga y pasajeros.

Con su nuevo ropaje multinacional de Latam, llegó a ser también la empresa regalona de los fondos de pensiones. Según cifras de la superintendencia del ramo, a marzo de este año las AFP poseen el 23,3% del capital accionario de la aerolínea, más que en ninguna otra sociedad anónima cotizada en bolsa.

Cada vez que la aerolínea repartía dividendos (en sus buenos tiempos) se producía un fenómeno similar al de otras sociedades anónimas en las que estos fondos invierten los ahorros previsionales de la población. De los 50 millones de dólares en utilidades que Latam repartió hace apenas unas semanas, en plena crisis del Covid-19, la familia Cueto se quedó con 18 millones y las AFP con 11 millones. La diferencia, por cierto, estaba en que los hermanos Cueto, sus hijos y nietos, son un pequeño puñado de personas, mientras que las AFP representan a 12 millones de cotizantes. Lo que recibe cada uno en su cuenta individual es lo que en buen chileno se denomina “la mesa del pellejo”.

Si el negocio es asimétrico a la hora de distribuir las ganancias, la pregunta obvia hoy es qué hacer con las pérdidas. Si el Estado interviniera, a través de una fórmula cualquiera, ¿estaría salvando el patrimonio de la familia Cueto o de sus socios, Qatar y Delta? ¿Cuándo perderían los cotizantes con un desplome sin retorno de la acción?
Uno de los principales motivos por lo que Latam y decenas de aerolíneas están en el suelo no es sólo la caída del tráfico aéreo debido al Covid-19. Como si no bastara con eso, las compañías sufrieron un golpe letal con la caída de los precios del petróleo.

Al contrario de lo que se piensa, el crudo a precios absurdos no implicó un alivio en sus costos operacionales, sino todo lo contrario. Por la naturaleza del negocio, las aerolíneas deben contratar seguros contra el alza del crudo, conocidos como “futuros” y “opciones”. Estos contratos, a diferencia de los seguros normales contra incendios u otras calamidades, obligan al contratante a pagarle a su contraparte si ocurre el fenómeno contrario al que los llevó a comprar el seguro: una caída dramática, radical, en el precio del crudo. Es como si a uno lo castigara su seguro médico por no enfermarse en un lapso determinado.

A Latam ya le había ocurrido algo parecido en 2013, cuando sus cuadros técnicos sobreestimaron la trayectoria del precio del crudo y se vieron enfrentados a una importante pérdida financiera por un exceso de contratos a futuro en caso de alza.

Todo esto, las vicisitudes del tráfico aéreo, del mercado petrolero y de los contratos a futuro, son parte del negocio y ninguna empresa de ningún sector las puede esgrimir a la hora de pedir ayuda estatal dentro de un modelo económico como el que nos rige. La pérdida de empleos tampoco. Si hay demanda por viajes y si ésta recupera, aunque sea parcialmente, su nivel previo a la pandemia alguien se hará cargo de ella.

Pese a las sensibles y emotivas palabras de los ministros de Hacienda y Economía respecto del carácter estratégico de Latam, el gobierno tendrá que superar algunos obstáculos legales y administrativos para ir en rescate de la antigua joya del empresario Sebastián Piñera y sus amigos, los hermanos Cueto. Si el Estado hiciera un aporte de capital a la empresa, en la práctica lo convertiría nuevamente en accionista, algo que la Constitución vigente prohíbe. La alternativa de un préstamo blando, sin intereses, del Banco Estado, enfrentará al gobierno con otras empresas privadas que exigirían, y con razón, el mismo trato. Al final, ¿qué otra diferencia tiene Latam con otra empresa, aparte de que sus dueños son amigos entrañables y ex socios del Presidente?

Lo más apropiado, dentro de la lógica en que se mueven Piñera, los Cueto, la CPC y la derecha chilena, sería dejar que el mercado actúe. Que otros inversionistas conocedores del mercado aéreo adquieran los activos (aviones, permisos, derechos de losa y otros) de la aerolínea que alguna vez fue de la nación, y echarle para adelante.

Y ya que estamos en esa, sería hermoso que Sebastián Piñera invirtiera de su propio bolsillo en rescatar a sus amigos. Tiene los recursos para hacerlo y sería muy emotivo y gentil de su parte.

Una vuelta de manos por la turbia operación de 1994.

Carlos Tromben
Escritor, periodista e ingeniero comercial. Hace pocos meses publicó el libro "Breviario del Neoliberalismo" (Mandrágora Ediciones). También es autor de “Crónica Secreta de la Economía Chilena”, “Balmaceda” y “Santa María de Iquique", entre otros.
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