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Opinión

El Neocartismo (chileno)

Por: Rubén Santander / Publicado: 10.06.2020
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El Neocartismo actual cierra filas junto a la élite empresarial. Los cartistas ingleses no podían conformarse con hacer llegar epístolas idealistas al Parlamento. Los neocartistas chilenos se contentan con el rugido de sus frecuentes cartas y de sus poderosos apellidos.

La historia de la redacción furiosa de cartas como actividad política tiene su ejemplo paradigmático en el movimiento “Cartista”, vigente en Reino Unido entre 1836 y 1848. Hoy surge un nuevo Cartismo en Chile, pero el único parentesco con los cartistas originales es el valor que le otorgan a la carta como vehículo de presión. Ahí donde el movimiento del siglo XIX se contentaba con ponerse detrás de sólo tres textos a lo largo de una década, los neocartistas chilenos han pregonado su alianza a través de una multitud de documentos en unos pocos meses, cuyo último ejemplo es la “Carta Abierta por Cristián Warnken” dada a conocer el reciente 7 de junio.

Los cartistas luchaban por la democratización del Estado, profesando una cerrada defensa por la clase trabajadora. El Neocartismo (chileno) actual, en tanto, cierra filas junto a la élite empresarial. Los cartistas ingleses no podían conformarse con hacer llegar epístolas idealistas al Parlamento, por lo que se apoyaban en convenciones, ligas regionales y revueltas. Los neocartistas chilenos se contentan, aparentemente, con el rugido de sus frecuentes cartas y de sus poderosos apellidos.

Se hace difícil llevar registro de las numerosas cartas que el Neocartismo ha prodigado. Fundacional fue el apoyo al gobierno recién iniciadas las revueltas sociales de 2019, cuando el 20 de octubre un grupo “transversal” publicó la carta “La democracia es diálogo”, un urgente llamado a no “recriminar, pedir renuncias, ni sacar ventajas”, firmado por personalidades como Mariana Aylwin, Javiera Parada, Felipe Harboe, Jorge Burgos, José Miguel Insulza, Matías Walker, Clemente Pérez y Cristóbal Piñera, entre otros. El 23 de octubre aparece otra carta, impulsada por una agrupación llamada “Convergencia Liberal”. Con el título “En defensa de la democracia”, este nuevo emplazamiento a un acuerdo nacional estaba firmado por Mariana Aylwin, Cristóbal Piñera, Felipe Harboe, Jorge Burgos, Matías Walker y otros. El 26 de febrero de 2020 se da a conocer una nueva carta con el nombre “Es tiempo de un acuerdo nacional”, reclamando el acercamiento de aquellos sectores políticos no movidos por “la estrategia de la confrontación y de la polarización”, para retomar el camino del crecimiento económico. Las firmas en esta ocasión eran de Pepe Auth, José Miguel Insulza, Jorge Burgos, Felipe Harboe, Clemente Pérez, Soledad Alvear y Mariana Aylwin.

Los nombres de los firmantes se reiteran una y otra vez. La prensa se refiere a las mismas personas como si formaran parte de diferentes “movimientos ciudadanos”. El adjetivo “transversal” se vuelve ubicuo a la hora de describir estos esfuerzos por “ampliar el diálogo”, “promover acuerdos”, “tender puentes”, etcétera.

El ejemplo más reciente de actividad neocartista es el texto en apoyo a Cristián Warnken y contra los “ataques” que ha recibido a través de las redes sociales por participar en un espacio de Icare (uno de los organismos que reúne al gran empresariado) entrevistando de forma lisonjera a diferentes miembros de la élite. Pero es difícil ver en esos supuestos ataques algo diferente a lo que antes se conocía como crítica. La molestia del Neocartismo tiene su origen en una columna bastante amigable de Rudy Wiedmaier en El Desconcierto, donde se pone en cuestión el timing, la necesidad y el tono de la reciente entrevista de Warnken al ministro Jaime Mañalich.

A raíz de dicho texto, el investigador de COES Alfredo Joignant se refirió en Twitter a la “lamentable degradación de Cristián Warnken”, apuntando, como aclaró más tarde, a los esfuerzos del columnista por criminalizar al movimiento social. “La funa a la que el profesor ha sido sometido bajo la protección de las redes sociales es algo que los demócratas no debemos tolerar”, declara el documento de los neocartistas (chilenos). ¿Sus firmantes? Los mismos de las anteriores: Mariana Aylwin, Soledad Alvear, Pepe Auth, Felipe Harboe, José Miguel Insulza, Clemente Pérez e Ignacio Walker, entre otros. Como se ve, un grupo transversal.

Lo que viene demostrando el Neocartismo (chileno) desde el 20 de octubre de 2019 es su urgencia por entrar en cerrada alianza con la derecha tradicional para contrarrestar el turbulento espíritu de un tiempo del que se sienten llamados a seguir liderando. No se trata de suprimir las ambiciones populares de justicia social (no es preciso ni justo atribuirles insidia), sino de la pretensión, por un lado, de mantener las expectativas sociales bajas y oponerse a cualquier cambio radical, y, en segundo lugar, impedir que aparecidos, especialmente desde la izquierda, disputen el poder (el famoso miedo al populismo).

No sería novedad que el centrismo extremo representado por el Neocartismo nacional beneficie a la larga más a las posiciones de extrema derecha que lo que afecte a una izquierda ciudadana disgregada y en sospecha permanente. La negación de la política, de la facultad y posibilidad del ejercicio del disenso público que enarbola el centro extremo neocartista, con su proclama incombustible sobre la “democracia” como “diálogo” vacío, es abrirle las puertas de par en par a las posiciones que niegan a las instituciones políticas, a los políticos y la discusión política. Ya hemos visto cómo el acoso a la democracia (a aquella forma de gobierno que admite y valora del disenso) que los centristas extremos han llevado a cabo en otras latitudes ha conducido no al gobierno del Partido del Orden que pretenden los neocartistas chilenos, no a una vuelta al clima de los 90”, sino al ascenso del fascismo.

Censurar el disenso público porque la democracia es diálogo es un evidente contrasentido. En primer lugar, no hay diálogo posible en el terreno yermo de disenso político que pretende el Neocartismo. En segundo lugar, ¿qué consenso puede haber sin incluir en el diálogo al soberano popular? Sólo el consenso de las élites autoinstituidas y autoconvocadas como garantes del orden: es decir, la oligarquía.

Así, de tener que asignarle un lema a los neocartistas (chilenos), cabría tomar prestada la disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo y modificarla para demarcar con claridad el tipo de gobierno que promueven y el tipo de gobierno al que beneficia su celo de clase: ¡Oligarquía o Fascismo!

Rubén Santander
Antropólogo y guionista.
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