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El Desconcierto
Opinión

Contra el confinamiento: el derecho al vínculo

Por: Adolfo Estrella / Publicado: 14.07.2020
Contra el confinamiento: el derecho al vínculo Santiago en cuarentena / Agencia Uno
Este confinamiento total en la Región Metropolitana y en otras grandes ciudades es el resultado de cuarentenas parciales fracasadas que no han hecho más que extender hasta límites intolerables el encierro colectivo atentando contra todo tipo de vínculos, no sólo los económicos. Gobernados por una clase política arrogante, ignorante y éticamente miserable, complementada por una oposición política menesterosa, el confinamiento ha reducido al mínimo nuestras posibilidades de estar juntos.
  1. La bandera contra el confinamiento la están sosteniendo, en la actualidad, las derechas y las extremas derechas en el mundo. Conviven aquí desde ignorantes y patéticos negacionistas hasta liberales de pro apelando a los derechos individuales de movimiento y a la necesidad de “reactivar los mercados”. Estos energúmenos o semi energúmenos adquieren más beligerancia en países con gobiernos progresistas como sucede en España y Argentina. Su estrategia es reaccionaria y bajo esta apelación a la libertad yace todo el totalitarismo de la ideología que los sostiene.
  2. Por lo mismo, desde las izquierdas, es necesario reflexionar sobre este confinamiento aportando razones contra él, éticas y políticas, sustancialmente distintas a las argumentadas por las derechas. Esto significa, desde nuestro punto de vista, considerar el impacto que, en los vínculos sociales, tiene el encierro y en las posibilidades de construcción y reconstrucción de los lazos solidarios y emancipadores durante y después de las cuarentenas. Es importante tener como contexto, el carácter acelerador que tiene la pandemia en la transformación del capitalismo hacia economías de plataformas, es decir, cibernético, hiper racionalizado e hiper conectado digitalmente que celebra, eufórico, la reducción de los vínculos corporales. El cumplimiento de la hipótesis cibernética y el “sueño de una máquina de gobernar” (TIQQUN) han arribado.
  3. Distingamos, básicamente, entre pandemia biológica (virológica), pandemia sociopolítica e ideológica y pandemia subjetiva. La primera, el orden es convencional, tiene que ver con las dinámicas propias de este ente extraño que la codificación científica ha llamado coronavirus. Está definida por el funcionamiento molecular del virus, por su particular manera de existir y propagarse en la naturaleza, por su forma de interactuar con las células humanas y animales, por sus estrategias de reproducción, por sus semejanzas o diferencias con otros virus, por las posibilidades de inmunidad de sus huéspedes, en fin. Esta pandemia, conceptualizada por la ciencia, no obstante, hoy por hoy carece de la legitimidad y el consenso que en otros tiempos pudo tener, al menos externamente, el discurso científico. Si algo ha sorprendido en esta pandemia es la divergencia de conceptos, hipótesis y predicciones en el propio cuerpo institucional de la ciencia mundial.
  4. En segundo lugar y entrelazada con la anterior, está la pandemia sociopolítica e ideológica que tiene que ver entre otras cosas, con las decisiones acerca de los tiempos y modos de las cuarentenas, con las estrategias hospitalarias llevadas a cabo, con la decisión acerca de las poblaciones de riesgo y con la asignación de recursos, por ejemplo. Aquí se definen nuevos criterios de estratificación social: contagiados y contagiables, salvables y sacrificables, imprescindibles y prescindibles… Esta dimensión corresponde a la construcción social de la pandemia desde el poder, desde su arbitrariedad (para sí) y desde su normatividad (para los otros) a partir de interpretaciones contingentes y variables que hace de la información científica disponible, pero también produciendo sus propios sistemas de registro, acumulación, interpretación y uso de los datos.
  5. Por último, añadiendo otra trama más al tejido anterior, está la pandemia vivida y sufrida. Es la pandemia subjetiva que tiene que ver con la experiencia y percepción del daño, con las estrategias de prevención individuales y grupales, con la credibilidad de los mensajes institucionales, con las actitudes y comportamiento de alejamiento y acercamiento a los otros, con las confianzas destruidas, con los lazos de solidaridad reconstruidos, con los riesgos asumidos y muchas otras cosas. El rango de variabilidad aquí es alto: encontramos desde autorreclusiones egoístas e indiferentes al destino común, sostenidas por una ilusoria economía de delivery, hasta prácticas de apoyo mutuo, éticas, solidarias y arriesgadas, como las ollas comunes que, con todas precauciones del caso, no renuncian a la cercanía física.
  6. El confinamiento, sobre todo si ha sido total, es una excepcionalidad justificable sólo momentáneamente. Nunca ha sido la única de las posibilidades que contenía la gestión de la pandemia. Lo que vivimos en Chile en la actualidad es el resultado de una pésima administración de la misma porque ha tenido desde siempre principalmente objetivos contrainsurgentes, es decir, dirigida a reprimir la posible reactivación de la revuelta de octubre, más que de salud pública.
  7. Las posibilidades de contener o por lo menos aminorar el desarrollo de los contagios estuvo siempre a la mano en un país con un foco inicial acotado y socialmente muy identificable: los sectores de ingresos medios y altos situados en una ciudad con una alta segmentación espacial de clase. Se utilizó y se sigue usando, una modelización estática de la población, basada en macro datos, que obvió el evidente carácter fluido e interaccional de la relación entre contagiados y contagiables. No hay que tener un doctorado para saber que el origen y destino de los viajes en transporte público de los trabajadores informa razonablemente bien acerca del curso probable los contagios. Demasiadas modelizaciones divergentes, con mala calidad de datos de entrada, nula sociología básica y poco sentido común al servicio de una estrategia de contaminación masiva y borreguil.
  8. Este confinamiento total en la Región Metropolitana y en otras grandes ciudades es el resultado de cuarentenas parciales fracasadas que no han hecho más que extender hasta límites intolerables el encierro colectivo atentando contra todo tipo de vínculos, no sólo los económicos. Gobernados por una clase política arrogante, ignorante y éticamente miserable, complementada por una oposición política menesterosa, el confinamiento ha reducido al mínimo nuestras posibilidades de estar juntos.
  9. Hay voces que celebran el confinamiento pandémico por lo que significa de “tiempo de introspección”, “encuentro con uno mismo”, puesta a prueba de nuestra “capacidad de resiliencia”, momento para “aprender que necesito menos para vivir”, “valorar las cosas importantes” o, incluso, un mucho más existencial memento mori, es decir, el encuentro con la evidencia de nuestra finitud, con las pruebas de que somos mortales y que podemos morir asfixiados y solos en tristes salas de hospital. Con mayor o menor intensidad se difunde, por parte de quienes pueden permitirse un espacio físico vital suficiente, una peligrosa resignación, de raíz religiosa, implícita o explícita, que entiende al sufrimiento pandémico como camino de redención.
  10. El supuesto es que la pandemia es un momento de interrupción más menos trágico, más o menos benévolo de una “normalidad” alterada, pero que volverá en gloria y majestad convertida en “nueva normalidad” en la cual nos insertaremos, un poco o mucho más empobrecidos materialmente, pero más enriquecidos existencialmente. De toda situación vital se pueden extraer aprendizajes, pero nunca se puede considerar bienvenido a un evento no deseado y limitador de libertades y solidaridades. Nunca se puede aceptar una política que ha sido impuesta con una rodilla sobre el cuello, toque de queda y con militares en las calles, aunque se diga que se hace por nuestro bien.
  11. Oponerse al confinamiento no significa renunciar a un principio de precaución elemental frente a lo real del virus y su capacidad destructiva. No significa quitarse las mascarillas y abandonar la práctica de las distancias físicas de seguridad, lavarse las manos con frecuencia, entre otros comportamientos de cuidado y autocuidado. Significa defender el “derecho al vínculo” como condición de una ciudadanía participativa y democrática frente al aislamiento indiscriminado impuesto. Significa odiar este confinamiento por indignante, por restrictor de autonomías y solidaridades. Significa arriesgarse a reconstruir la urdimbre social destruida por los años pandémicos y pre pandémicos. Significa imaginar y practicar formas lo más seguras de contactos posibles y de contagios imposibles; de escabullirse, con conciencia y responsabilidad, de los encierros físicos y mentales y ejercer la solidaridad activa frente a la barbarie. El capital no nos protege: debemos hacerlo por nosotros mismos. Las ollas comunes marcan el camino.
Adolfo Estrella
Sociólogo.
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