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Opinión

Efecto mariposa, peste y Maldito gato

Por: Paulo Slachevsky / Publicado: 01.08.2020
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Las epidemias podrían ser una expresión de la Teoría del Caos de Norton. Un movimiento imperceptible, como un simple estornudo al otro lado del mundo, en una ciudad del lejano oriente de la cual la gran mayoría ni siquiera conocíamos, se transforma en un hecho gigante, que nos tiene a todos en vilo.

En estos días de peste, es difícil no recordar la teoría del efecto mariposa. Cuando gran parte de la humanidad ve sus vidas trastocadas porque unos meses atrás alguien tosió o estornudó en una ciudad lejana, compartiendo minúsculas gotitas de saliva contaminadas, después de que (probablemente) un virus saltará de un murciélago a un pangolín y de allí a los humanos, en un mercado de Wuhan, se impone con fuerza el viejo proverbio chino que inspiró al meteorólogo norteamericano Edward Norton Lorenz: “el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.

“Para explicar el comportamiento caótico de sistemas inestables, tales como el tiempo meteorológico”, Norton, uno de los pioneros de la Teoría del Caos, da cuenta de “la posibilidad de que un ínfimo acontecimiento como el aleteo de una mariposa, acaecido en un momento dado, pueda alterar a largo plazo una secuencia de acontecimientos de inmensa magnitud”, según nos dice Wikipedia. En 1972, en un encuentro científico, Norton se preguntaba: “¿el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil provoca un tornado en Texas?”. Llevaba años trabajando en modelos de predicción con computadores y se percató de cómo al realizar mínimas modificaciones en los datos ingresados, a la larga, se producían enormes cambios en los resultados. Las epidemias, en tal sentido, podrían ser una expresión de esa interrogante de Norton, en otro ámbito. Un movimiento imperceptible, como un simple estornudo al otro lado del mundo, en una ciudad del lejano oriente de la cual la gran mayoría ni siquiera conocíamos su existencia, se transforma en un hecho gigante, que nos tiene a todos en vilo. ¿Cuántas vidas interrumpidas definitivamente? ¿Cuántas vidas transformadas por el curso de los acontecimientos? ¿Cuántas vidas detenidas por largas cuarentenas?

La conciencia de esa interacción de la vida, de las dependencias de unos con otros, de los seres vivos y del sistema Tierra en general, que momentos como éste deberían instalar en todas y todos para sentar bases diferentes de la vida en común, ha sido expresada en múltiples ocasiones, desde diversas formas y disciplinas a lo largo de los siglos XIX y XX. En el registro de la imagen del efecto mariposa de Norton, pero desde la literatura, el texto “Maldito gato”, escrito más de tres décadas antes –en mayo 1934– por Juan Emar, no deja de sorprendernos como una representación abrazadora de ese lúcido entendimiento. También como un ejemplo más de las sincronías en las ideas y la creación humana. A saber:

No habría posibilidad alguna de llegar, de producir hecho alguno, desde la insignificancia de sus expresiones en aquel instante: un gato, una pulga y yo…  ¿qué temer? … ¡Pavor!Pavor de que, caído uno más en el Universo, el Universo perdiese su equilibrio y estallase.

Sé lo que me van a alegar, sé que tratarán de volver siempre a lo mismo: que tres gatos, por mucho que equilibre o desequilibre, tres gatos… etc…

Un gato…, dos gatos…, tres gatos… ¡Absurdo! ¡Imposible! ¡Nada ocurrirá en ninguna parte! ¡No hay tal equilibrio, no!”.

Entonces era la ira contra aquel animal maldito. Lentamente echaba mano atrás y cogía mi revólver. Sería tan simple apuntar. El cañón quedaría en la línea de él a mí; la bala la recorrería en toda su longitud e iría a destaparle los sesos fulminando, a su vez, a la maldita pulguilla. Por cierto, nunca he hecho fuego. Estamos aún los tres tal cual nos encontramos en aquel verano del 19. Nunca he hecho fuego ni nunca, creo, lo haré, pues siempre dos conjeturas me han sujetado y me sujetarán en lo sucesivo. Helas aquí:

1a) Junto con atravesar la bala el cráneo del animal, todo nuestro equilibrio quedaría roto. Esto, ni a qué dudarlo. Ni a qué dudar tampoco que, roto éste, se desequilibraría lo que nos rodeaba, trayendo como consecuencia un desequilibrio mayor, y éste otro más hasta el estallido total. Nuestro organismo, allí dentro del embudo, es de tal sensibilidad y precisión que no impunemente se le puede desbaratar, es exponerse a consecuencias mayores, es exponerse al caos.

En un mundo dominado por un sistema económico que arrasa y explota todo, un modelo extractivista que destruye la naturaleza y amenaza a los propios humanos, que ha propiciado un individualismo acérrimo, con sujetos fragmentados, relacionándose muchas veces con lo otredad como un potencial enemigo, es fundamental (como lo expresan tantos movimientos que buscan la emancipación social y ecológica) recuperar y revalorizar los sentidos de comunidad. ¿Cómo así? Cambiando radicalmente nuestra relación con la naturaleza, poniendo al centro la básica interconexión e interrelación del todo, como la conciencia de la solidaridad.

Esperemos que, como seres humanos, esta crisis nos ayude a tomar mayor conciencia de la fragilidad de las cosas. Retomando a Emar: “sepan que, por este hecho de no existir más que equilibrio, nada pueda ser inmenso ni nada minúsculo, que desaparecen tamaños y condiciones, para sólo ser el equilibrio mismo, sin posibilidad de un más uno ni de un menos uno.

Paulo Slachevsky
Director de Lom Ediciones.
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