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Opinión

Una ventana de oportunidad abierta

Por: Simón Rubiños / Publicado: 01.08.2020
Plaza de la Dignidad /
Las protestas ocurridas desde octubre de 2019 son resultado de una conflictividad construida a lo largo de los últimos años, producto de una élite político-económica que aprovechó toda instancia para cambiar las reglas a su favor. Mientras nos vendían el discurso del emprendimiento y la excelencia del sector privado, se apropiaron del contexto, y en él hicieron y deshicieron a su gusto, con el descaro y libertad de quien se sabe impune.

Si bien algunas opiniones conservadoras señalan que el ambiente político, las prácticas y tendencias del último tiempo estarían dañando la democracia, estas opiniones están profundamente equivocadas. El momento que vivimos combina una politización de la sociedad con discusiones parlamentarias con posturas marcadas, debates públicos sobre el devenir del país y la concentración de la atención sobre eventos que antes se pasaban por alto, lo cual, a diferencia de periodos anteriores, y de forma indirecta, han permitido incidir en procesos políticos.

El hecho que proyectos como el retiro del 10% y la suspensión del corte de servicios básicos por no pago durante la pandemia, entre otros (peyorativamente categorizados como populistas por los mismos conservadores del párrafo anterior), hayan tenido un espacio en la agenda política y se aprobaran durante una administración de derecha, responde a lo que el politólogo John Kingdon denominaría como el aprovechamiento de una ventana de oportunidad. Pero ¿de qué se trata esto? ¿podría haber espacio para otros proyectos?

Kingdon plantea la Teoría de Corrientes Múltiples para comprender cómo y por qué determinados problemas se instalan en la agenda política. Estas corrientes son tres: la corriente de problemas, (condiciones que se incorporan a la sociedad como elementos percibidos por quienes entienden, comparan y valoran que determinada situación amerita intervención pública); la corriente de políticas (procesos de ideas por parte de quienes tienen que responder ante las inquietudes colectivas, donde sobrevivirán aquellas de mayor validez para responder a la coyuntura); y la corriente política (compuesta por el clima político o contexto, que incide en cómo se va a recibir una propuesta).

De la convergencia durante un tiempo de dos o más corrientes, se establece lo que se denomina como ventana de oportunidad, momento en que se presenta la posibilidad de incidir en el actuar del gobierno, aumentando la probabilidad de que un problema se instale en la agenda pública, permitiendo que ciertos actores utilicen estrategias para influir en la selección de alternativas al respecto. Sin embargo, estas ventanas se abren por poco tiempo y se cierran en cualquier momento debido a decisiones alternativas; se fracasa en instalar el tema en la agenda, se altera la atención pública, hay cambios en las esferas de tomas de decisiones o no existen alternativas al problema.

Entonces, hablemos de las corrientes para abrir la ventana. Pero, primero, es necesario precisar un par conceptual clave: conflictividad y conflicto. La primera se entiende como condiciones económicas, políticas, sociales, territoriales y culturales, entre otras, de carácter estructural que facilitan conflictos, los cuales corresponden a una lucha expresada entre al menos dos partes donde una percibe que la otra interfiere en la consecución de sus metas y objetivos.

Así, las protestas ocurridas desde octubre de 2019 son resultado de una conflictividad construida a lo largo de los últimos años, producto de una élite político-económica que aprovechó toda instancia para cambiar las reglas a su favor. Mientras nos vendían el discurso del emprendimiento y la excelencia del sector privado, se apropiaron del contexto, y en él hicieron y deshicieron a su gusto, con el descaro y libertad de quien se sabe impune.

Los partidos, que administraron gerencialmente la democracia, se adujeron una representatividad mediante épicas narrativas que convencieron a partidarios e indecisos, pero en la práctica se arrogaron dichos votos como aval para profundizar la precariedad de un Chile que tuvo que vivir al crédito y ver cómo la justicia funcionaba de forma subjetiva y parcial.

Tras años de protestas por la democracia y los derechos humanos, siguieron aquellas por la educación, medioambiente, salud, género y pensiones, entre otras. Por separado y/o en conjunto, estas fueron clara expresión de que algo estaba mal. Como respuesta a regañadientes, quienes detentaban el poder corrían un poco el cerco para aceptar determinadas demandas, cobrando el favor mediante reformas por otro lado, a manera de mostrar siempre quien tiene el control.

Esto en cuanto al problema. Ahora, sobre la corriente de políticas, el hartazgo transversal con las condiciones vigentes se expresa desde octubre como conflicto, entre otras cosas, porque la actual gerencia gubernamental se constituyó como un actor transparente, colmando la paciencia producto de su incapacidad de gobernar, gerenciando para satisfacer determinados intereses, principalmente de la misma élite político-económica a la que pertenecen.

De hecho, las estrategias del binomio Larroulet-Piñera establecieron un escenario político dicotómico, dividiendo entre aquellos a favor de las demandas y aquellos a favor del gobierno. Esta polarización intensificó la anomia gubernamental, quienes se atrincheraron sobre la legitimidad de un modelo político-económico construido por ellos mismos, bajo el discurso de los beneficios económicos que trajo al país, cuando estos fueron sólo para unos pocos.

En este contexto apareció la pandemia, donde la gestión del binomio ha dejado en evidencia su preocupación por la imagen más que por el país, de la misma manera que cuando colgaron naranjas en La Moneda al comienzo del gobierno. Grandilocuencia combinada con ineficiencia, las medidas fundamentadas en diagnósticos alienados resultaron en más contagios, incertidumbre y dolor, logrando incentivar aún más el descontento.

Con esto, llegamos a la corriente política; el contexto de hoy de movilización social, para lo cual también haremos una definición. El politólogo Charles Tilly señala que los movimientos sociales reflejan la opinión de una masa perjudicada, que está en contacto con las autoridades y se moviliza en torno a su problemática. A su vez, el sociólogo Sidney Tarrow agrega que se pueden caracterizar desde una lógica de oportunidades en donde una vez que se presenta una, la acción colectiva, como mecanismo, se transforma en movimiento social propiamente tal, contando con acciones, marco de legitimidad y estructuras de vinculación con sus bases.

De un tiempo a esta parte, la presión social ha fluctuado, pero en caso alguno ha dejado de ser significativa. Fue producto de ésta que se lograron modificaciones más significativas de lo que querían los gobiernos, o al menos contribuyó con el escenario de legitimidad para desarrollar otras. En este conjunto se encuentra la reforma de la educación, la gratuidad universitaria, el freno a HidroAysén, cambio al binominal, aborto en tres causales, entre otras.

Siguiendo una progresividad con respecto a movimientos anteriores, el surgido en 2019 puso en entredicho no un tema puntual sino todo el modelo-país. Siguiendo la tradición de menospreciar la protesta, en un comienzo Piñera sólo ofreció su plan de gobierno, para luego avanzar medio milímetro al pedir la renuncia del gabinete, la que no se tradujo en cambios significativos. La tendencia conformista con su propia gestión permitió sostener el estado de movilización, lo que dio el campo suficiente para lograr un acuerdo para el desarrollo del plebiscito constituyente.

No obstante, el hartazgo era más grande y las protestas siguieron, también durante la pandemia.

En respuesta a los desaciertos de la administración Piñera, fue la gente la que adoptó medidas de distanciamiento. Fue ante el descontento y desamparo que distintos actores sociales, gremiales y políticos, presionaron al gobierno para que adoptara medidas, las que nuevamente con reticencia se incorporó en la agenda política. Fue tal el fastidio gubernamental con algunas de estas propuestas que el veto presidencial y el Tribunal Constitucional se instalaron como el mínimo esperable. Pero, nuevamente, la administración del 6% de aprobación tuvo que ceder y ver cómo parlamentarios de sus propias huestes votaron por el retiro del 10% de los ahorros previsionales, rechazaron sus vetos y aprobaron proyectos que no responden a su comportamiento histórico.

Como se señaló al comienzo, que proyectos y situaciones de este tipo hayan tenido espacio en la agenda política y se aprobaran en una administración de derecha, responde al aprovechamiento de una ventana de oportunidad, la que sigue temporalmente abierta.

Por lo mismo, es el momento de aprovechar su apertura para presentar y presionar por el desarrollo de políticas en favor de la sociedad, así vayan en contravía de un gobierno que es consciente de ello. La llegada de pesos pesados de RN y la UDI al gabinete se establece como un cambio entre los tomadores de decisión para cerrar la ventana y fortalecer el núcleo ideológico para la defensa del modelo.

A quienes conforman la oposición hay que decirles: existe una ventana de oportunidades que debe ser aprovechada para plantear políticas públicas que respondan ante las necesidades de la gente, a diferencia de las viejas reglas que la élite político-económica tanto defiende y que sirvieron sólo para algunos.

La ventana de oportunidad está abierta y debemos estar a la altura del momento y construir una agenda política con medidas bien pensadas, sin caer en pequeñas revanchas, apuntando a construir un mejor bienestar para el país.

Simón Rubiños
Ingeniero, magíster en Políticas Públicas. Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia. Coordinador del Grupo de Investigación en Desarrollo Territorial, Paz y Posconflicto (GIDETEPP-UNAL).
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