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El Desconcierto
Opinión

El narcisismo de la época y un debate necesario

Por: Jaime Collyer / Publicado: 30.08.2020
El narcisismo de la época y un debate necesario Eco y Narciso, pintura de John William Waterhouse. /
Los escritores consagrados postean cada tanto autohomenajes o fotos de su infancia o bien proclamas existenciales en que alardean de su condición apacible y de que ellos, o ellas, se saben en los grupos de riesgo, pero han aprendido a no temerle a la muerte. Todo encaja dentro de esa vena performática y autoensalzatoria, mientras las víctimas jóvenes del estallido continúan en la cárcel.

Un debate sustancial es el que acaban de sostener en la revista Palabra pública, de la Universidad de Chile, la académica y crítica Lorena Amaro y la escritora Lina Meruane. Muy distinto a las habituales “controversias” literarias, que suelen descender en este país a niveles prescindibles, como cuando en ella se le reprocha al contrincante el hecho de ser chico o feo, o alguno de los polemistas enuncia al bulto su confianza en tal o cual segmento de narradores.

Mejor este ejercicio de altura desarrollado por Amaro y Meruane, significativo no sólo para el oficio literario en términos amplios o para la progresiva visibilización de la narrativa femenina, sino –me parece a mí– en dos sentidos adicionales. Por un lado, porque sugiere la que debiera ser la postura del intelectual de ambos géneros en las circunstancias actuales, es decir, confrontado a las secuelas que aún inciden del estallido social (con gente que aún espera reparaciones por los estragos causados por la fuerza pública o con centenares de adolescentes aún retenidos alevosamente en las cárceles).

Por otra parte, porque podría ser un punto de encuentro entre las posturas feministas, sustentadas hasta aquí mayoritariamente por mujeres –lo que tal vez sea redundante, aunque no lo creo–, y las de los varones que a su vez apuestan por la erradicación del orden patriarcal, visto como un subproducto del neoliberalismo arrasador y sus fases precedentes, la del capitalismo decimonónico en un sentido igual de amplio. Desde esa perspectiva, cuando esas posturas reivindicativas de la mujer hablan de “orden capitalista patriarcal”, me parece que sería más correcto hacerlo de “orden capitalista y patriarcal”, en el bien entendido de que nada impide, o ha impedido en el curso de la historia, la existencia de un capitalismo igual de malo que el otro y gestionado por mujeres. En la vena irremediablemente sexista que hoy impregna este asunto en Chile, nadie me ha dado alpiste en la aludida controversia de Amaro y Meruane, pero igual me siento incentivado, por las razones expuestas, a meter la cuchara.

Lorena Amaro aludía de entrada a cierta vocación autopromocional (principalmente en las redes sociales) de algunas narradoras jóvenes –no todas– cuyo nombre empieza a circular en los medios y el sector editorial. Su artículo abarcaba otras aristas y era, desde luego, más complejo que este resumen, pero no es este el espacio para profundizar en todo ello (quien quiera ahondar en sus planteamientos puede ir al sitio de la mencionada publicación). Su texto recomendaba, además, como una suerte de corolario, la necesidad de atender a la escritura en sí de esas autoras y a sus textos, más allá de sus afinidades doctrinarias.

A ello, Lina Meruane replicó poco más o menos –su réplica fue a su vez más vasta y compleja– que, antes de reprocharle nada al presunto narcisismo autopromocional de esas voces emergentes, había que atender al contexto opresivo y supresivo en que ellas asoman, vale decir, a los cerrojos perpetuos y aún vigentes del patriarcado.

Parece claro que ambas posturas abordan el asunto por flancos diversos, aunque complementarios, y que atender a los textos literarios en sí es hoy tan necesario como considerar la vocación y necesidad militante de sus autoras.

Lo que Amaro sugiere, con todo, y que me parece entre lo más atendible de su postura, es que, aparte de focalizar el análisis en dichos textos, es preciso sortear hoy cierta lectura facilista o militantista de los mismos. Una lectura que, por el hecho de provenir tales creaciones de plumas jóvenes y femeninas, está dispuesta no sólo a perdonarles sus ripios y defectos, sino a legitimarlas, aunque puedan ser nítidamente reaccionarias y proclives, en sus contenidos, a las mismas taras clasistas y la violencia psicológica o física del mundo patriarcal. La literatura masculina ha incurrido de manera endémica, en el curso de su historia, en ciertos comportamientos reprochables y análogos a los que el patriarcado evidencia en otras esferas, como el compadrazgo, el despliegue mafioso y lobbista, las componendas con la crítica instalada e influyente, el ensalzamiento de autores aproblemáticos y complacientes con el statu quo, entre otras cosas, y sería triste –por decir lo menos– que la literatura hecha por mujeres cayera esclava tan tempranamente de los mismos usos mafiosos.

A mi juicio, y por eso me parece relevante este debate, lo que hoy se plantea entre ambas articulistas respecto a las autoras emergentes y la literatura femenina, siempre confrontada ella con la tenaza del orden patriarcal, es válido y extrapolable en un sentido más vasto a los escritores como gremio y desde luego a la intelectualidad local, enfrentada ya digo hoy a cuestiones que se tornan ineludibles.

Como complemento quizás útil a lo precedente, y a lo que el debate deja en el aire, caben algunas precisiones en torno a ese concepto huidizo del narcisismo. Fue el sociólogo norteamericano Christopher Lasch quien rotuló, ya en los años 70 de la pasada centuria, el escenario que hoy habitamos como una “cultura del narcisismo”: una evolución sociocultural en el seno de Occidente cuyo origen el propio Lasch sitúa en la mencionada década, atribuyéndola a procesos de recomposición individual o grupal posteriores a los movimientos antibélicos o estudiantiles y a las luchas de la Nueva Izquierda de esos años.

Concluido el decenio convulsionado de los 60, se inició lo que Rudi Dutshke, el líder estudiantil alemán, llamó a su vez “la larga marcha a través de las instituciones”. Por una serie de razones que Lasch vincula incluso a una dinámica sicoanalítica en lo profundo, los antiguos rebeldes comenzaron a derivar a desarrollos y ajustes desconcertantes en su madurez: algunos se sumaron a la New Age y el misticismo de mercado, otros se hundieron en movimientos clandestinos que igual buscaban la resonancia mediática (piénsese en el caso de Patricia Hearst, la heredera del empresario comunicacional, y su derivación a una guerrilla urbana esencialmente performática), otros adscribieron a la institucionalidad y empresas que, más temprano que tarde, habrían de confluir al nuevo esquema neoliberal. Se volvieron todos, digamos, gente de orden, pero un orden que buscaba la figuración y las candilejas y que hoy se despliega en las pantallas y redes sociales, y el que esté libre de culpa al respecto, que arroje de una vez su celular al retrete. Me incluyo, por cierto, en el vasto universo que no lo hace.

Lo que hoy vemos a nuestro alrededor son quizá síntomas adicionales y más recientes –reforzados por los medios tecnotrónicos– del mismo narcisismo mediático, del cual proliferan ejemplos a diario: un Presidente aborrecido por un alto porcentaje de sus gobernados se despliega cada tanto en nuestras pantallas jugando a doblar el brazo, y saludar así a sus colaboradores ministeriales en fase de nombramiento, para parecer un ciudadano correcto, que acata las prevenciones sugeridas por la pandemia, aunque su gesto sea en esencia inútil a ese respecto (luego de ofrecerles el codo, les extiende su lapicera).

Los escritores consagrados postean cada tanto autohomenajes o fotos de su infancia o bien proclamas existenciales en que alardean de su condición apacible y de que ellos, o ellas, se saben en los grupos de riesgo, pero han aprendido a no temerle a la muerte. Todo encaja dentro de esa vena performática y autoensalzatoria, mientras las víctimas jóvenes del estallido continúan en la cárcel.

Entre el narcisismo en boga y la apatía propiciada por el confinamiento, las propuestas de Lorena Amaro resultan, a mi juicio, de la mayor relevancia y ciertamente extrapolables a la intelectualidad en términos generales, aquí y ahora, enfrentada a cuestiones apremiantes que ningún intelectual serio debiera eludir. Ya no basta con dar a conocer los propios libros o promoverse en las redes sociales como escritores y autoras en germen; además hay que escribir bien. No basta con definirse de manera nítida contra el patriarcado, porque la temática del autor o autora pueden acabar reforzando ese mismo orden espurio. Y, en fin, no basta –es lo que viene, creo, a sugerir Amaro en su respuesta a Meruane– con ser un buen escritor o escritora; hay que ser a la vez un escritor o escritora de nuestro tiempo y sus avatares arbitrarios, sus injusticias flagrantes, sus ansias de un mundo mejor y aún posible.

Aunque suene ingenuo, parece llegada la hora de aunar fuerzas entre la intelectualidad, la de ambos géneros, para oponerse de verdad a un orden que no da para más. En esa línea, debates como el aludido adquieren un peso no previsto. Como decía hace poco en otra columna en este mismo espacio, ya no sirve reemplazar a los ejércitos de hombres por ejércitos igualitarios y pareados; hay que abolir, lisa y llanamente, a los ejércitos. Quizás esté ocurriendo algo parecido con la figura del autor o autora en boga o en ciernes. Lo que hay que modificar son los usos viciados del rol.

Jaime Collyer
Escritor.
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