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El Desconcierto
Opinión

Zurita

Por: Cristián Zúñiga / Publicado: 11.09.2020
Zurita / Foto: Agencia Uno
En las primeras páginas de “Anteparaíso”, se relatan los últimos minutos del atardecer del lunes 10 de septiembre de 1973 y entonces aquel fatídico instante político que determina nuestras vidas hasta hoy se inmortaliza cual tragedia griega desde aquellos versos. Esa tarde del 73, Zurita entendía que su rol de poeta era abstraerse del “tic-tac” del presente y sumergirse en los fundamentos de toda una época.     

Nuevamente la poesía chilena ha sido reconocida con uno de los más importantes galardones de las letras del mundo. Esta vez, el XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana recae en las manos de nuestro poeta Raúl Zurita.

Y digo nuestro Raúl Zurita, pues se trata del vate que, desde sus arduos versos, ha descrito a la cordillera de Los Andes y el desierto de Atacama, de una manera sorprendente; revelando rincones de la imponente naturaleza que nos rodea, nunca antes percibidos por nuestros automatizados corazones.

Hay un barco en medio del desierto. Un barco reclinado sobre las piedras del desierto y arriba la losa a pique del cielo.

Zurita ha develado al país más allá de las piedras, océanos y arenales. Es decir, la poesía de Zurita nos invita a cuestionar el tiempo cronológico, ese que a ratos nos convierte en predecibles seres arrastrados por la vorágine de la modernidad, para llevarnos a la dimensión del tiempo que constituye a la experiencia: el acontecimiento que irrumpe y lo cambia todo.

En las primeras páginas de su obra Anteparaíso, se relatan los últimos minutos del atardecer del lunes 10 de septiembre de 1973 y entonces, aquel fatídico instante político que determina nuestras vidas hasta hoy, se inmortaliza cual tragedia griega desde aquellos versos. Esa tarde del 73, Zurita entendía que su rol de poeta era abstraerse del “tic-tac” del presente y sumergirse en los fundamentos de toda una época.       

Atardecer del 10 de septiembre y la primavera avanza como si aún fuese posible el amor. Adelante, el océano lame los escombros amontonados desde hace milenios sobre la playa.

Las imágenes desde donde Zurita describe la historia reciente de Chile son magníficas y terribles, pero a su vez otorgan significados para una realidad que se construye desde el lenguaje. Nuestras vidas y quehaceres son puro lenguaje y, por lo mismo, la poesía juega un rol fundamental, al igual que la filosofía, en los momentos donde se debaten épocas y culturas.

El enredado presente cultural y social por el que atraviesa nuestro país, y gran parte del mundo, no trata sólo de una coyuntura política o es consecuencia de la actual pandemia. Estamos siendo testigos de un cambio epocal, donde las formas y categorías desde donde entendemos la realidad han ido mutando drásticamente. Creer que sólo a través de leyes, economía o políticas públicas podremos hacernos cargo de este cambio es no estar entendiendo nada.

No cabe duda que el mundo se ha transformado en un territorio en disputa, pero ya no sólo entre potencias que buscan imponer sus ideologías, sino que entre la experiencia de ser “humanos”, frente a la pulcra uniformidad y eficiencia de la inteligencia artificial.

El actual confinamiento global será el comienzo de días cargados de interrogantes respecto al sentido de la vida y las cosas; sobre el tiempo y los espacios desde donde nos relacionamos. Al hombre, y su imperio de autosuficiencia, le asaltarán algoritmos que pronto llegarán a reemplazar hasta nuestras intuiciones.

La automatización de la vida ha llegado para quedarse y lo más probable es que pronto surjan sensores que, situados dentro de nuestro cuerpo, sean capaces de determinar nuestro sentir. Entonces, no será extraño escuchar canciones y leer poemas creados por algoritmos biométricos y a la medida de nuestras emociones.

Para Heidegger la crisis del sentido es el olvido por la pregunta del ser como tal. Por tanto, la salida de la crisis, plantea él, provendrá de la deconstrucción de sus fundamentos. Y claro, nuestros fundamentos son sólo palabras, es decir, la obra gruesa de las civilizaciones radica, tal como lo escribiera otro gran poeta chileno, en el palpitar, el dolor y el bla, bla, bla, bla, bla.

La poesía llega para instalar en el mundo cosas que, sin ella, veríamos sin ver. Por lo mismo es que este importante reconocimiento entregado a Raúl Zurita aparece en el momento preciso, justo cuando necesitamos de sus versos para ir sembrando nuevas significaciones que nos confirmen la irreemplazable experiencia del existir.   

El desierto de Atacama son puros pastizales

Mira a esas ovejas correr sobre los pastizales del desierto  

Miren a sus mismos sueños balar allá sobre esas pampas infinitas

Y si no se escucha a las ovejas balar en el Desierto

De Atacama nosotros somos entonces los pastizales

De Chile para que todo el espacio en todo el mundo

En toda la patria se escuche ahora el balar de nuestras

Propias almas sobre esos desolados desiertos miserables

Cristián Zúñiga
Profesor de Estado. Vive en Valparaíso.
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