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Opinión

La pulsión policial

Por: Francisco Javier Flores / Publicado: 11.10.2020
La pulsión policial Foto: Cristóbal Escobar / AGENCIA UNO
Cuando el exceso es la norma, se trata de un asunto estructural y no sólo de manzanas podridas. Donde incluso el victimario, casi siempre alguien de la tropa, en algún sentido es también víctima (subjetiva y no legal) frente a un Estado que reniega de su rol y del cual tácitamente se confía. La fuerza policial necesita no sólo equipamiento. Dosis de credibilidad y confianza son imprescindibles en su labor para que ésta no sea desbordada, como lo hemos vivenciado estos últimos meses. Por eso la violencia es muchas veces el desahogo del impotente. Entre policía y sociedad habrá siempre una tensión irreductible. Pero se trata, como dijo Freud, de convertir el padecimiento excesivo en infortunio común. Chile está lejos de contar con una policía, en terminos de legitimidad, como algunas otras existentes y posibles.

“La desmentida” es el nombre que el psicoanalista francés Jacques Lacan le dio a un particular mecanismo de defensa. A aquel que opera sobre una determinada percepción de la realidad externa, pero que al mismo tiempo que es registrada es negada a sí mismo por el sujeto. Una creencia que resulta impermeable a las anomalías. Es decir, lo que se rechaza o anula, subjetivamente, son las consecuencias de esa percepción. Digo esto a propósito del conflicto con las actuaciones de Carabineros.

Crecientemente se parece advertir, desde octubre pasado, la transformación de la policía en aquella de los 17 años de dictadura. Tal vez no haya algo del presente que actualice tan vívidamente esos años, al punto que algunos creen que incluso la están volviendo a vivir: represión, tortura, mutilaciones, comunicados, desmentidos, encubrimientos, amenazas, etc. Donde sus defensores a ultranza siguen siendo los mismos y con las mismas razones. “¿Qué andaba haciendo un joven de Puente Alto en Providencia?”, esgrimió uno de ellos. Convencidos que así como el bienestar y la prosperidad, ciertos derechos esenciales también son asunto de meritocracia.

Sin embargo, es iluso pensar que esta transformación sólo sea asunto de estos últimos años. Probablemente los diques de contención ahora parecen haber aflojado aún más. Es paradojal que los agentes de la represión parezcan estar libres de toda contención. Pero la pregunta no es ¿cómo se llegó a este estado actual de cosas en Carabineros?, sino más bien: ¿cómo es que pensábamos que se estaba en algo distinto?

Hay muchos registros previos que indicaban que nada muy sustancial había cambiado; que la cultura organizacional, es decir la manera de percibirse y percibir a los otros, no había variado en su seno. Basta revisar las sostenidas denuncias sobre su actuar tanto externo como interno. O algo a la vista todo este tiempo. El conflicto en el Wallmapu, donde los mapuche padecen y denuncian desde hace mucho lo que hoy ocurre en los centros urbanos en el país.

Los gobiernos democráticos de centro izquierda más bien aplicaron la estrategia de la evangelización democrática, y para eso la política de El Principito: crear vínculos, lazos, confraternizar, intentar domesticar, confiados en que eso sería suficiente. Y que la genuflexión protocolar uniformada era la constatación de su éxito. Pero quien lo haga, decía el zorro, se hace responsable para siempre de lo domesticado. Y como toda ilusión siguió la misma suerte de todas ellas: la desilusión. Y el periodo de latencia entonces duró sólo hasta que el cuerpo social se volvió a convulsionar. Mínimos esfuerzos de reformas, nada más que los suficientes para pensar que algo se hacía: Eppure non si muove, fue en este caso. La medida de lo posible más bien como lo posible a medias. Operó la desmentida como mecanismo de defensa.

Al igual que todos, reconocemos, porque lo hemos presenciado, la labor abnegada de muchos de ellos. Incluso en los peores años, en plena dictadura. En 1986, con un puñado de dirigentes estudiantiles fuimos detenidos por 20 días, ya que éramos reincidentes, en la comisaría de calle Miguel Claro. La negativa de los oficiales a cargo de la unidad impidió que la CNI sacará a algunos de los que estábamos detenidos, como había ocurrido unos meses atrás. La misma tropa a cargo de nuestras detenciones nos advirtió de esta situación para ponernos de sobre aviso y comunicar al exterior.

¿Qué hace, por ejemplo, que un joven de 22 años arroje, imprudente o negligentemente, a otro de tan sólo 16 bajo un puente? Existe algo como una pulsión policial. Una cierta erótica de la agresividad y la omnipotencia subjetiva, que hace en todas partes del mundo un atolladero de conflicto su sujeción y desbordes. Esta pulsión, para una labor tan ingrata e incomprendida, es también necesaria. Pero son los instintos, propios del reino animal, los que tienen su satisfacción anclada en un objeto preciso y fijo; la pulsión permite en cambio permutar plásticamente la satisfacción de esos impulsos. Y esa es la labor de las instituciones que los cobijan y las autoridades que las dirigen. Disponer los dispositivos culturales para que esas energías sean puestas al servicio de un bien social. Así como el cirujano corta gustosamente para sanar o el matarife para alimentar. Asi el erotismo subordinado a la agresividad implica el sadismo, pero la agresividad subordinada al erotismo resulta propio a la ternura.

Cuando el exceso es la norma, se trata de un asunto estructural y no sólo de manzanas podridas. Y donde incluso el victimario, casi siempre alguien de la tropa, en algún sentido es también víctima (subjetiva y no legal) frente a un Estado que reniega de su rol y al cual el que ingresa tácitamente confía. La fuerza policial necesita no sólo equipamiento. Dosis de credibilidad y confianza son imprescindibles en su labor para que ésta no sea desbordada, como lo hemos vivenciado estos últimos meses. Por eso la violencia es muchas veces el desahogo del impotente. Entre policía y sociedad habrá siempre una tensión irreductible. Pero se trata, como dijo Freud, de convertir el padecimiento excesivo en infortunio común. Y Chile está lejos de contar con una policía, en términos de legitimidad, como algunas otras existentes y posibles.

Mucho más se puede hacer al respecto. Las mismas FF.AA., con motivo de los tiempos extraordinarios del estallido social y la pandemia, pudieron sortear con éxito, salvo excepciones, tanto por sus declaraciones (“No estamos en guerra”) como por sus actuaciones, los fantasmas que se erigían al ver su presencia masiva nuevamente en las calles. Y eso, si se persiste en esa dirección, puede ir marcando un punto de inflexión. Lo mismo ha ocurrido con la PDI, que según varias encuestas es una de las instituciones que obtiene mayor valoración ciudadana positiva.

La cultura institucional en Carabineros parece anclada no sólo en operadores ideológicos, sino también en mecanismos de defensa primitivos; como la escisión, que implica la parte que contiene los impulsos destructivos (los otros) y la parte que se siente conteniendo los impulsos “buenos” (el nosotros). Esta disociación que permite tener a raya la angustia causa también estragos, ya que es a costa de gran esfuerzo psíquico y aspectos de nuestra personalidad, empobreciéndola. Prueba de ello son los propios informes de Carabineros, algunos filtrados recientemente, donde, por ejemplo, el suicidio aparece como segunda causa de muerte entre sus filas. La violencia sin causa o “desproporcionada” esconde muchas veces, lo hemos visto, un estado de apatía y sin sentido, y por ello su despliegue resulta una vía para salir de ese estado de desvitalización.

Los actores políticos e institucionales tienen uno de los desafíos más cruciales y sensibles como urgentes. Donde el parapetarse en posiciones rígidas es sólo una manera de escabullirse del problema. Con unos, negando los evidentes abusos, extendiendo su semblante histórico de “cómplices pasivos”. Con otros, intentando discursivamente como si la supresión de una fuerza policial fuese posible y deseable. Las distintas fuerzas progresistas tienen que tener la capacidad de asumir los temas de seguridad y orden público, que son una demanda popular (por donde justamente los sectores conservadores y autoritarios hacen su entrada en vastos sectores sociales). Hoy es urgente un horizonte de sentido en la institución, acorde con una sociedad democrática. Reponer lo que fue en algún momento la pretensión de su propio ideal de yo: somos, del débil, el protector.

Francisco Javier Flores
Psicólogo. Director de la ONG Mente Sana.
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