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Opinión

Sobre la transitoriedad y la pandemia

Por: Pablo Santander / Publicado: 12.10.2020
Sobre la transitoriedad y la pandemia / Foto: Pilar Valenzuela
Ha sido un golpe a un narcisismo nacional que prefería no tomar contacto con la realidad. Sin duda, este último aspecto de nuestro país se asocia con los eventos previos a la pandemia, que fueron llamados “estallido social”, y contienen en la palabra “estallido” la mención a un emerger brusco, como si no hubiera habido elementos para el conocimiento de lo que ocurría.

En 1915, en medio de la Primera Guerra Mundial, Freud escribió La transitoriedad, texto conmovedor que aparecería luego de publicar una de sus obras más importantes de la metapsicología: Duelo y melancolía. En este, relaciona lo transitorio con sus recientes descubrimientos sobre el duelo. Relata que, paseando con un famoso poeta y otro amigo, estos se muestran muy conmocionados al mirar qué cosas a su alrededor, y mucho de su cultura, se perdería (están pensando en la guerra que estaba muy próxima) por la transitoriedad de la belleza que nos rodea. Ante esto, Freud plantea que la belleza está en el hecho de que las cosas sean transitorias. Sin duda, detrás de este argumento está la dificultad, planteada en Duelo y melancolía, acerca de la separación respecto de los objetos queridos (aceptar su partida para establecer nuevos vínculos con objetos diferentes). Nos habla del hecho de aún no conocer por qué nos es tan doloroso desprendernos de nuestros objetos amados. Freud propone reconstruir una cultura distinta que considerase todas las inmensas pérdidas que dejará la Gran Guerra.

De acuerdo con lo que él sugiere, una pérdida importante que debía hacerse era la de nuestra imagen de seres humanos como especie, al conocer sus aspectos más crueles y despiadados, manifestados en pasiones violentas y destructivas, impensadas, que asumen y dirigen a la sociedad. Lamentablemente, desde una mirada actual, sabemos que esta parte del duelo de la experiencia que significó la Primera Guerra no fue hecha de manera adecuada. Se hizo el duelo por las pérdidas, pero no se consideraron los elementos violentos y crueles del ser humano en sí, y antes de lo pensado surgieron nuevamente estos aspectos de nuestra especie, generando una Segunda Guerra Mundial, que acrecentó el rango de atrocidades que como especie somos capaces de hacer.

Hoy hemos tenido que enfrentar nuevamente importantes pérdidas. Por supuesto que lo que vivimos en estos días es diferente a los daños sufridos con las dos guerras mundiales, sólo traigo este ejemplo para mencionar que, si no miramos adecuadamente este duelo, es posible que tengamos que sufrir pérdidas aún mayores en el futuro.

La pandemia nos ha hecho enfrentar importantes pérdidas, tanto concretas como simbólicas. Las muertes de seres humanos, a cuyo número estamos atentos día a día, nos enfrentan en forma permanente a lo transitorio de la vida. El estar encerrados en nuestras casas nos ha hecho perder el contacto con amigos y familiares. También el abrazo físico se ha perdido, así como el mirarnos a las caras cercanamente. Hemos vivido un cambio significativo en nuestras formas de relaciones interpersonales, ya no podemos reunirnos sino virtualmente. Estas pérdidas son dolorosas y buscan ser procesadas; pero como dice Freud en su texto de lo transitorio, es necesario poder valorarlas para, en un futuro, buscar ese encuentro afectivo necesario, y para eso se debe pasar por el dolor de aceptarlas. El riesgo está en la adopción de una posición melancólica en la que asumamos una mirada muy crítica y no podamos recuperar y restaurar los elementos buenos, por un desdeño o ataque a nuestra naturaleza humana; u otra respuesta sería una posición maniaca que aminorase o negase la pérdida y prefiriese la relación a distancia o el aislamiento.

Por otra parte, las pérdidas simbólicas están asociadas con una situación de seguridad y un cierto delirio de estabilidad. He escuchado en distintas exposiciones la sorpresa que ha generado esta situación pandémica, lo impensable que resulta el estar viviendo lo que vivimos. También ha llamado la atención un esfuerzo inicial de triunfo, de mostrar que no nos ocurriría lo sucedido en otros países; una prematura visión exitista, o una mirada inicial de este virus como “una gripecita”. También se observaron teorías conspirativas, respecto de un ataque del comunismo chino al mundo occidental. En este sentido, lo que subyace en ambos casos es el hecho de que son eventos que atacan un cierto narcicismo de nuestra especie. Este narcisismo es una defensa contra la a veces intolerable vulnerabilidad de nuestra especie (y de cada individuo particular).

Al decir narcisismo, menciono una cierta estructura defensiva que intenta apartar de la mente nuestra fragilidad, alejar de nuestra mirada la posibilidad de sufrir pandemias en las que el mundo queda desconcertado, debiendo volver a nuestros hogares buscando nuevamente la protección. Sin embargo, este virus nos mostró nuestra vulnerabilidad; que nuestra medicina y nuestros conocimientos son limitados y están en desarrollo. Esto ha dejado en evidencia un cierto delirio megalomaníaco en el cual se niega la posibilidad de que, por ejemplo, como especie somos vulnerables a extinguirnos. No debemos olvidar que esta pandemia se da dentro de un contexto de cambio climático y consideración de nuestra situación ecológica. Esta última es un ir saliendo de un delirio de que nuestro planeta es inmune a lo que hagamos como especie y, por el contrario, podemos en verdad dañarlo irreversiblemente. Pienso que no es azaroso el que un distinguido Premio Nacional de Ciencias haya estado dando conferencias públicas de cómo sería la vida del ser humano en Marte.

La situación social vivida con esta pandemia nos ha enfrentado a diferentes y difíciles situaciones. Por una parte, tanto a nivel individual como social, sufrir pérdidas de seres cercanos y queridos en número importante. Particularmente, el que el Covid represente mayor riesgo para los adultos mayores nos enfrenta a la pregunta de cómo hemos elaborado el conflicto intergeneracional y cuál es la preocupación por nuestros mayores. Así también, el grupo adolescente puede sentirse más despreocupado sabiendo que su peligro de enfermar es menor, y debiendo comprender que sus cuidados respecto de contagiarse tienen relación con el riesgo para la población mayor.

Como país, hemos debido correr el velo de negación a que un grupo no menor de compatriotas vive en condiciones sumamente precarias. Hemos visto cómo la condición económica constituye un factor de riesgo en esta pandemia, en la que tanto el hacinamiento como la imposibilidad de hacer cuarentena han hecho que sectores importantes de la población queden más expuestos. También este ha sido un golpe a un narcisismo nacional que prefería no tomar contacto con esta realidad. Sin duda, este último aspecto de nuestro país se asocia con los eventos previos a la pandemia, que fueron llamados “estallido social”, y contienen en la palabra “estallido” la mención a un emerger brusco, como si no hubiera habido elementos para el conocimiento de lo que ocurría.

Por último, como humanidad hemos estado percibiendo que somos presa de una forma de relación con nuestro medio, nuestro planeta, de una extrema voracidad, o de una acumulación excesiva, en la que existe una despreocupación por nuestro planeta, que ya no es sostenible, y debe hacernos pensar en las formas de vincularnos que tenemos.

En el texto de Freud citado al comienzo, el autor nos compele a aceptar la transitoriedad, al aprecio de lo bello a pesar de ella o en consideración a ella. En Duelo y melancolía nos enseña sobre lo que constituye un duelo normal, en el sentido de una verdadera elaboración de los dolores a los que estamos enfrentados, tanto en cuanto a las distancias emocionales y faltas de contacto como a la lejanía con nuestros seres queridos. Pero también es necesaria una apreciación de las realidades sociales de nuestro país. Quizás lo más importante sea la consideración de nuestra fragilidad que como especie tenemos. Este proceso elaborativo implica un reconocimiento doloroso de nuestra necesidad de sentirnos queridos, de que como país hemos preferido negar realidades penosas, de que como especie somos transitorios y que nuestra permanencia es incierta. Creo que estas son realidades develadas por la pandemia, difíciles de asumir, que podemos ir mirando parcial y paulatinamente, con el devenir de nuestra vida.

A modo de conclusión, sólo agregaría que, en Duelo y melancolía, Freud nos da luces respecto a la salida melancólica como a la maníaca, y nos dice que ambas son respuesta a un mismo contenido. En la primera el yo sucumbe, mientras que en la segunda el yo triunfa en desmedro de la consideración por la realidad. La solución melancólica implica un iniciar una recriminación interna por nuestras dificultades o ilusiones, que no nos permitiría tomar contacto con lo transitorio y lo nuevo posible. La solución maníaca sería una vuelta a la ilusión omnipotente. A mi modo de ver, ambos textos deben ser considerados en conjunto, pues para hacer un duelo de manera adecuada, se necesita tener en cuenta la concepción de la transitoriedad.

Pablo Santander
Psiquiatra y psicoanalista. Presidente de la Asociación Psicoanalítica Chilena.
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