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#AllendeEnlaCultura| Faride Zeran y el 4S: «Un día en la historia en la que Chile daba su lección al mundo»

Por: Faride Zeran, Premio Nacional de Periodismo 2007 y actual vicerrectora de Extensión y Comunicaciones U. de Chile / Publicado: 04.09.2020
#AllendeEnlaCultura| Faride Zeran y el 4S: «Un día en la historia en la que Chile daba su lección al mundo» /
En el contexto de la guerra fría, donde se vivía entre dos mundos polarizados por la URSS y Estados Unidos, se daba entonces un gran debate en la izquierda chilena respecto a la posibilidad de llegar al socialismo por la vía del voto popular. A pesar de que había quienes no creían en absoluto en esa posibilidad, el movimiento popular logró que Salvador Allende llegara a la presidencia democráticamente.

Era nada menos que esa la meta alcanzada aquel célebre 4 de septiembre, un día en la historia en la que Chile daba su lección al mundo demostrando que era posible llegar democráticamente al socialismo. Lo que conmovía era eso: una movilización popular intensa y pacífica, un socialismo alegre de empanadas y vino tinto. Era nuestro sello, habíamos logrado algo increíble, algo inédito. 

Allende, eterno candidato

Me acuerdo hasta el día de hoy de la gran efervescencia y el fuerte ánimo electoralista que giraba expectante en torno a este hito. Allende era el eterno candidato de la izquierda, ya había perdido varias elecciones, y ahora se daba la posibilidad de que pudiera por fin lograrlo.

Apenas me enteré del triunfo en las urnas, sentí que estábamos ante algo espectacular. Aquel día salí de la casa de Ñuñoa, donde vivía por entonces (quedaba cerca del Pedagógico, de la carrera de Periodismo de la Universidad de Chile de la que yo participaba como estudiante) y caminé recorriendo varias veces la Alameda, que estaba repleta de gente. El pueblo estaba en la calle, es una imagen inolvidable, todo el mundo celebraba con alegría. 

Fue todo muy emocionante, había festejos por todos lados, yo tenía veinte años pero recuerdo con nitidez, como si fuera hoy los rostros llenos de expectativas, esas miradas abiertas que expresaban algo más que un mero triunfo. Resultaba evidente que se abría a partir de ese día un nuevo Chile, un Chile distinto, y la esperanza en que las cosas fueran así se palpaba en las calles, en las consignas coreadas por distintos sectores, en los cantos, en las caminatas y en las conversaciones, con familias enteras que se volcaron a la Alameda para celebrar. 

«Fuimos el centro de atención mundial»

Por esos días comenzaron a llegar corresponsales de todas partes del mundo, lo que hablaba a las claras de que la expectativa no estaba solo en nuestro país, sino que abarcaba una extensión del planeta. Era una experiencia inédita a nivel mundial, que despertó por esto mismo el interés de diferentes sectores progresistas: periodistas, intelectuales, comunicadores. Todos y todas parecían estar con nosotros. 

Hay que considerar que el contexto latinoamericano era por entonces bastante complejo y que acababa de darse, por citar un ejemplo, un golpe de Estado en Brasil. Sin embargo, esta apertura que se estaba dando en Chile, y que plasmaba de un modo real la experiencia de la vía democrática al socialismo, concitó el interés y la adhesión de un número extraordinario de extranjeros. En algún minuto fuimos el centro de atención mundial.

Durante la década del 60, que culmina en los 70 con esta elección en un país que ya había iniciado la reforma agraria con Alessandri, luego con Frei Montalva y que con Allende no haría más que profundizarla, se produjo el auge del movimiento obrero y del movimiento sindical que tenía una gran adhesión. Pero también se fue dando una toma de conciencia de los sectores obreros y trabajadores, que configuraron no solo un poder popular muy potente, sino también un tipo de organización que, lejos de la lucha armada y el uso de la violencia, mostró a través de los cordones industriales todo lo que se podía lograr pacíficamente.

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A pesar de esto, y a pesar de que la toma de las armas no fue jamás una opción para ninguno de los sectores políticos que participaban de este proceso, la derecha contraatacó, hizo todo por desestabilizar lo que se había conseguido. A través de El Mercurio, financiado en ese entonces por dineros que venían de la CIA, se alentaron y promocionaron los paros de camioneros. Hoy están de nuevo, cortando las rutas, interceptando la libre circulación, al modo de un contrahomenaje de estos cincuenta años del triunfo de Allende que muchas y muchos celebramos. 

«Nunca hubo en Chile tanta libertad de expresión»

De los énfasis de Salvador Allende no se podrá decir nunca que no estuvieran vertidos en la democracia y en el respeto a un marco de legalidad: se trata de un discurso que mantuvo hasta el último minuto. El hecho de que se quedara en el Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, y que asumiera el gesto político del suicidio frente a los bombardeos, exhibe la manera en que estuvo dispuesto hasta los últimos minutos de su existencia a pagar con su sangre la legalidad que jamás dejó de defender. Fue un presidente electo constitucionalmente, votado por las mayorías y rodeado de un conjunto de normas democráticas que fueron alevosamente violadas por los responsables del golpe. Allende respondió dando su vida al proceso que encabezaba, un gesto de coraje que deja entrever su dignidad y coherencia. 

El compañero Presidente, como se llamaba a sí mismo, fue un hombre respetuoso de la libertad de expresión. Aceptó los peores insultos que le dirigieran algunos medios opositores, nunca en su gobierno se censuró a nadie, y a diferencia de lo que sucede por nuestros días, los medios que proliferaban entonces podían ser libremente de izquierda o de derecha. Había un gran debate, una prueba más de que la censura no intervenía en lo que se podía pensar, decir, escribir. El diario El Mercurio, por dar un ejemplo, jamás fue tocado, y se podía decir que nunca hubo en Chile tanta libertad de expresión como la que existió durante aquellos tres años. 

Tengo la suerte de haber pertenecido a una generación que vivió esos tres años geniales y que vio con sus propios ojos el florecimiento de la prensa libre. Podíamos vivir y decir responsablemente lo que queríamos. Así lo prueba la revista Chile Hoy, un semanario dirigido por Marta Harnecker, en el que trabajé desde su fundación hasta el golpe.

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La libertad es la condición de la creación, abre el mundo y amplía sus dimensiones. Fue por eso quizá que todos los ámbitos vinculados a la creación se vieron en aquel entonces particularmente favorecidos, no solo en el periodismo sino también en el teatro, en el cine, en la literatura y en el resto de las expresiones artísticas. Sumemos la música, cuyo protagonismo fue crucial, con figuras como Víctor Jara, los Parra, Patricio Manns, Inti-Illimani, Quilapayún y otros muchos de grupos de gran calidad. No se trataba de cantar o escribir panfletariamente; había una calidad y una creación cultural, había una eclosión de imaginación y de creatividad, que mucha gente que vino de afuera la consignó.

En fin, tuve la suerte de haber vivido esos tres años, aunque después tuviera que sufrir el desgarro del exilio. Viví lo mejor, y luego de eso, al menos no fue lo peor, porque lo peor fue la situación de los que ya no están. De toda una generación, la mía, brutalmente asesinada y luego hecha desaparecer. 

 

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