Libros

Un mes en dictadura

Por: Rodrigo Miranda, periodista y escritor / Publicado: 23.11.2019
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Ha pasado un mes desde que los jóvenes chilenos empezaron a saltar los torniquetes y encendieron la mecha. Todo lo ganado se lo debemos a ellos. Como contrapunto a este hermoso estallido popular, la represión ha sido brutal. Las violaciones sistemáticas a los derechos humanos de los manifestantes no pueden quedar en la impunidad y deben ser investigadas hasta llegar a la verdad y la justicia. Aquí un relato de ficción sobre lo vivido en este primer mes de lucha. – Por Rodrigo Miranda

Te quiero contar lo que veo desde mi ventana, veo que en la calle todos mis vecinos escriben poemas en las murallas. Veo pasar gente disfrazada de alien con luces láser verdes y vaqueros con pañuelos que les tapan la boca. También jóvenes piratas con parches. Está lleno de bucaneros con un solo ojo. Parece una epidemia. Quizá se adelantó Halloween y nadie nos avisó. Veo unos meteoritos cruzar el cielo y aterrizar humeando. De pronto empieza a entrar a la casa una niebla extraña que pica en los ojos y me hace llorar. No puedo ver ni respirar. Con mi hermano, nos refugiamos en el baño. Me agarro la nariz y la aprieto con fuerza. Trago saliva y me pica la garganta.

Mi hermano me dice que no me asome por la ventana y que no saldremos al parque ¿Habrá un gran cumpleaños en la Plaza Italia? Escucho fuegos artificiales, aunque no es la final del campeonato de fútbol. Los vidrios empiezan a temblar, a moverse. Son los helicópteros que vuelan una y otra vez sobre mi casa metiendo mucho ruido. No me gusta ese ruido. 

Hoy mi mamá me despertó con la noticia que no tenía que ir al colegio. Pensé que podía ir al Parque Bustamante y jugar todo el día con mis amigas y amigos. Resulta que no pude salir a jugar y al mirar por la ventana me di cuenta que mis amigas y amigos tampoco habían ido al colegio. Los veía encerrados tras los vidrios. Tristes algunos, asustados otros.

Mi mamá guarda algo en su bolso y sale. Creo que son limones, una botella con agua y sobres con bicarbonato. Antes con unos cartones hizo unos letreros muy divertidos sobre una señora llamada Constitución, una señora mala pero muy malvada que debe ser cambiada. Me quedo con mi hermano mayor que me cuenta que no hay metro ni micros y que todos los vecinos se juntan en Plaza Italia para reclamar contra esa señora Constitución.

Mi mamá vuelve cansada y con los ojos muy rojos. Trae limones estrujados que bota en el basurero ¿Estará resfriada y habrá hecho limonada para mejorarse? Veo por la ventana que hay fogatas en las calles y que mamá tiene puntos rojos en las piernas y brazos ¿Se habrá enfermado de peste cristal como yo el año pasado? 

Me dijeron que la niebla se iba a acabar y no se acaba nunca. Me estoy quedando sin amigas y amigos al estar encerrada. En vez de estar jugando, paso aburrida y asustada. Otras amigas y amigos que viven en otros barrios me dicen que en sus casas no pasa lo mismo ¿Ellos vivirán en otro planeta? ¿Merezco vivir en un país así? ¿Las niñas y niños merecen esto?

Es de noche y mi mami me cuenta que cuando chica ayudó a mi abuela a esconder sus libros en el entretecho de la casa. Estaba prohibido hablar de esos libros en el colegio o en los cumpleaños. Una noche unos señores llamados militares entraron a la casa de la abuela buscando esos libros prohibidos, pero no pudieron encontrarlos al estar muy bien escondidos. En la esquina de su casa, esos señores militares destruyeron en fogatas muchos libros ¿Habrán tenido tanto frío que tuvieron que quemarlos? Los de mi abuela se salvaron. En ese albergue lleno de polvo arriba del techo mi agüeli los escondió envueltos en forros negros para que se camuflaran con la oscuridad y evitar que cayeran en las llamas. Esos libros son los mismos que están en mi biblioteca ahora. Mi mamá me cuenta que todos los días vuelve de la calle con los ojos rojos y con limones estrujados para que yo no tenga que esconder esos libros con forros negros de nuevo en el entretecho. Voy a leer una y otra vez los libros de mi agüeli. Los cuidaré y los mantendré limpios para que nunca más vuelvan a estar cubiertos con forros negros. Te lo prometo mami.

Mi mami me cuenta que desde chica le gustó leer especialmente cómics. Cuando niña su superhéroe favorito era Flash Gordon. Flash trataba de salvar el planeta Mongo del malvado Ming, un dictador con barba muy larga. Ming siempre escapaba por una puerta del palacio imperial cuando, al final del capítulo, era derrotado. Su ojo que todo lo ve estaba en todas partes y tenía una policía que vigilaba a los habitantes de Mongo.

Imaginaba a mi mami con una capa supergaláctica y su láser verde enfrentándose al tirano Ming, cuando unos hombres de verde parecidos a las tortugas ninja entran a mi casa en medio de la noche a buscarla. Mi mamá alcanza a abrazarme y darme un beso. Los tortugas ninja se la llevan. Son muy pesados y bruscos. Salen muy apurados. Parece que siempre andan enojados igual que el malvado Ming. Desde ese día mi hermano se encarga de cuidarme y me defiende de esa neblina que todos los días entra a la casa y nos hace toser y picar los ojos. Mañana saldremos a protestar a la Plaza de la Dignidad. Por los que ya no pueden ver, por los desaparecidos, por ti mamá, por todes. 

Para Carlos

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