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VOCES| Adiós a una Constitución impuesta a punta de metralleta

Por: Pía Gonzalez Suau, escritora / Publicado: 13.10.2020
VOCES| Adiós a una Constitución impuesta a punta de metralleta /
No da lo mismo qué constitución nos rija. Si no importara, ¿ustedes creen que Guzmán y Pinochet habrían puesto tanto empeño en cambiarla? El grupo económico que nos instaló el actual sistema, sabía que era esencial. No porque los volviera legítimos, sino porque les daba carta abierta para extraer, acumular y aumentar sus patrimonios, sin obstáculos.

Después de cierta cantidad de años es posible mirar atrás y revisar el actual estado de las cosas. No sucedió de la noche a la mañana. Ha sido necesario un largo y lento proceso para estar como ahora.

Hubo hitos, como en toda historia. El golpe de Estado fue uno de ellos, posiblemente el más radical, el fundacional de otro Chile. Por eso, para los civiles y militares que gobernaban, formular una nueva Constitución se volvió imprescindible. Una que respaldara y sellara los principios que buscaban instalar. 

En un cuarto cerrado la escribieron y pudieron aplicarla a punta de metralleta. Habría sido imposible establecer en el país el actual sistema neoliberal con “consenso” ciudadano. Las huelgas y protestas de una ciudadanía empobrecida, lo habrían impedido. Porque la instauración de este régimen arrasó con muchas empresas nacionales, generó una cesantía brutal, sectorizó la riqueza, terminó con lo que se había alcanzado en la organización del tejido social, se vino abajo el prestigio de la educación pública, más un largo etcétera. Se impuso a punta de una violencia tanto solapada como de abiertas violaciones a los DDHH.

Como toda dictadura, de cualquier lado, el sistema económico se construyó a partir de una represión sin límites. Sin dejar espacio ni aire para oponerse, a pesar de estar sufriendo situaciones de hambre y pobreza extrema. 

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En los primeros años del régimen, la derecha económica se encontró sin trabas para imponer el modelo económico. Pero era necesario mantenerlo en el tiempo. Por esto se escribió una nueva hoja de ruta, tan ajustada a esos intereses, como fuese posible. Jaime Guzmán lo sabía y por eso amarró mediante reglamentos inamovibles una serie de situaciones políticas y económicas, que debían impedir desviarse de este inflexible esquema económico. Esa fue su inspiración. Así, el poder financiero se transformó en el mandamás del país. Actualmente, en palabras simples, solo el que tiene plata puede acceder a derechos y privilegios que afectan su vida completa. Una buena salud, un barrio privilegiado, una educación de calidad y todo lo que puede (o no) pagar. 

El dinero es sinónimo de poder y se volvió una carrera frenética para algunxs. Una cruzada sagrada, similar a una religión, a una ideología donde se venera la riqueza como el verdadero dios. De a poco, otros valores se fueron restando. Sobre todo aquellos enlazados al valor del bien común. La base del sistema neoliberal está en la iniciativa individual. Cuestión que no parece tan fuera de lugar, por el contrario, podría hablar de una libertad original. Siempre y cuando se parta de una base igualitaria donde todos los ciudadanxs tienen una educación similar, se alimentan bien, acceden a una salud pareja y de buen nivel. 

Eso no era así cuando se escribió la Constitución del 80. Cuestión que sabía su autor, como sabía que contaba con un Ejército que lo respaldaba. Cuando esa multitud de pobres se viera con la soga al cuello y gritara, la silenciarían en nombre de la seguridad y el orden público.

Las mismas razones que ahora se esgrimen, por esa misma clase y por la gente que ha internalizado en su mente que teníamos que elegir: o vivir en paz (simulada o no) o aceptar la pobreza. Si no queremos tener toque de queda, manifestaciones, represión policial, entonces, aceptemos las cosas como son. Hagamos bingos para comprar medicamentos, aceptemos los precios desvergonzados de las farmacias coludidas (hasta el día de hoy y a pesar de pomposos anuncios de control), aguantemos una pensión miserable (aunque ofrezcan grandilocuentes reformas que terminan significando un aumento que debería avergonzar a quienes las pregonan). Quedémonos callados, agachemos la cabeza y vamos al mall a endeudarnos. Y si ni eso puede, la represión caerá sobre usted. Mientras más fuerte grite, mayor será la violencia ejercida. Sino, basta ver lo que está pasando en las calles. La escalada de violencia va en aumento. Esta amenaza ya perdió la eficacia de antaño.

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La crisis no llegó de repente, se fue acumulando como una bola de nieve hasta terminar en una avalancha. Tampoco surgió de la imaginación popular. Se creó en base a una forma de vida que ha permitido a la clase poderosa un enriquecimiento amparado por triquiñuelas legales. Hasta ahora funcionan porque hace cuarenta años civiles encomendados por Pinochet se juntaron y escribieron nuestro futuro.

No da lo mismo qué constitución nos rija. Es la base que determina ciertas reglas del juego en nuestra cotidiana convivencia. No todas, pero sí las esenciales que indican finalmente cómo será nuestra calidad de vida. No arreglará la salud de esa manera milagrosa (en menos de dos años) como promete la campaña del Rechazo. Pero abrirá otras posibilidades, otras formas de acceso a ella, considerando no a un pequeño grupo, sino a un país entero. Si no importara, ¿ustedes creen que Guzmán y Pinochet habrían puesto tanto empeño en cambiarla?

Tal vez para el dictador era un símbolo de esa trascendencia que tanto buscaba. Pero el grupo económico que nos instaló el actual sistema, sabía que era esencial. No porque los volviera legítimos, sino porque les daba carta abierta para extraer, acumular y aumentar sus patrimonios, sin obstáculos. El perdón millonario dado a Ponce Lerou, a Johnson, la colusión del Confort, son algunos burlescos ejemplos. Cuando se tienen reglas y leyes acomodadas a los grandes intereses, es posible volver legal lo inmoral. Eso también es violencia.

Cuando una sociedad tiene a la mano fórmulas de robo y estafa simuladas bajo la apariencia de normalidad, peligra todo. Se concentra la rabia por un lado y las mentiras por otro. Entonces la mayoría asfixiada y cansada, vuelve a mirar atrás. Pero ahora es distinto. Llegó el momento de gritar. 

Apruebo, porque digo No Más.

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