Crónicas

VOCES| Ante un virus no democrático: solidaridad multirracial y de clase

Por: Pilar Villanueva, escritora y editora en @revistazanganos / Publicado: 12.06.2020
FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO /
Es cierto que al parecer cualquier ser humano es un organismo de contagio, sin embargo, esto no lo hace democrático, debido a que existen factores de raza, clase y género que definen quién morirá y quién no. Si vamos más lejos y tomamos otros ejemplos, ningún elemento de bienestar social como la vivienda, la educación, las oportunidades, la expectativa de vida, etc. son democráticos, ya que al estar sujetas a relaciones de poder son en sí desiguales.

Aunque ya no es sorpresa para nadie la forma en que el virus se ha esparcido alrededor del mundo desde diciembre del 2019, causa algo de extrañeza la forma en que los discursos se han ido articulando acorde a este mismo. Una de las frases que más se ha escuchado entre políticos, profesionales y algunos académicos es “esto nos afecta a todos por igual” o “este es un virus democrático”. Entre los tantos personajes que sostuvieron la supuesta democracia de este virus, se encuentra el ingeniero y actual presidente de Perú Martín Vizcarra, el viceministro de Salud de Irán, Iraj Harirchi, entre otros. Junto con esto, ha sido común en este mismo tipo de personas afirmar que estamos “en una guerra” contra el virus, tal como dijo Emmanuel Macron, presidente de Francia. Sin ir más lejos, el mismo secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Gutiérrez, dio aviso de esta ‘guerra’ para llamar a la ‘solidaridad’ entre países.

Es interesante como guerra y democracia son los conceptos que más se repiten en los discursos de las elites de casi todos los países al referirse a esta pandemia. Sin embargo, ¿no debieran ser estos conceptos, en su raíz, contrarios entre sí? El que estos vayan juntos en el discurso de la elite no es casualidad, sobre todo si miramos la forma en que las sociedades contemporáneas se han construido. Esta analogía de la guerra, en el caso de Chile, nos lleva indudablemente a la famosa frase del actual presidente Sebastián Piñera para referirse al levantamiento popular de octubre del año pasado, cuando dijo “estamos en guerra contra un enemigo poderoso”. Es claro que es debido a las múltiples guerras que los líderes de los Estados nación han expandido sus territorios y sus riquezas, pero ha sido bajo la ilusión de la democracia que han logrado avanzar con estos ideales y legitimar sus prácticas. Y digo ilusión porque basta con mirar la etimología de la palabra, sin tener que referirnos a ningún academicx en particular, para darse cuenta de esto. Demos equivale a pueblo y kratos a gobierno, es decir, “gobierno del pueblo”. Así, la pregunta naturalmente es, ¿donde está el pueblo en estos gobiernos?

La respuesta a esta pregunta pareciera ser una sola para la basta mayoría de los territorios y fronteras: el pueblo no está. La reflexión en torno a la democracia nos lleva así, más que al análisis de cómo se desarrolla, a cómo se ha desarticulado y distorsionado. Volvamos, por ejemplo, a la frase con la que partí que plantea la pandemia como democrática. Es cierto que al parecer cualquier ser humano es un organismo de contagio, sin embargo, esto no lo hace democrático, debido a que existen factores de raza, clase y género que definen quién morirá y quién no. Si vamos más lejos y tomamos otros ejemplos, ningún elemento de bienestar social como la vivienda, la educación, las oportunidades, la expectativa de vida, etc. son democráticos, ya que al estar sujetas a relaciones de poder que se articulan en torno a raza, clase, género y sexualidad, son en sí desiguales. 

Alguien bien podría decir que vivimos en democracia, ya no estamos sujetos a un régimen dictatorial como el de Augusto Pinochet. Sin embargo, ¿podemos llamar democracia a una participación reducida a votar cada cuatro años por candidatos y candidatas elegides por partidos que son en su mayoría conformados por una elite? ¿Podemos llamar democracia a la supuesta “democracia representativa? ¿Dónde está el pueblo en la democracia representativa? Ante esta última pregunta, la respuesta que tenemos es: está endeudado para poder pagar por educación, el arriendo, las cuentas, etc.; está sobreviviendo a los balazos en los barrios periféricos; está resistiendo el terrorismo de Estado, como es el caso del pueblo mapuche; está viviendo hacinado en cuartos que albergan 15 personas por la criminalización de la migración y el invento fronterizo de los Estados nación; y como hemos visto este último año, está en las calles alzando su voz. 

La llamada COVID-19 lo que hace es reflejar el vacío de las democracias que han arremetido contra migrantes, disidentes sexuales, pueblos originarios, afrodescendientes, personas en situación de calle y les más empobrecides. Está lejos de ser un virus democrático porque la sociedad en sí no lo es. Lo que vivimos hoy son seudodemocracias (neo)liberales y patriarco-coloniales, como diría Paul Preciado, que despojan a estos grupos recién mencionados. En este sentido, hay un problema aún mayor que el coronavirus para estos grupos sociales: el imperialismo racial blanco, que bien lo analizó la activista y afro feminista bell hooks. Este imperialismo que ha enriquecido y legitimado a un cierto grupo de personas a la vez que despoja a otras a través de la historia, es una amenaza mucho mayor que la actual. El hecho de que las protestas se hayan expandido globalmente a raíz del asesinato del afroamericano George Floyd por parte de la policía, es justamente una muestra de ello. Les afrodescendientes han sido asesinades desde la conquista, al igual que los pueblos originarios, y esto representa una pandemia mucho mayor que la de COVID-19: el racismo y el capitalismo. Digo capitalismo porque no nos olvidemos que lo que motivó en su origen la trata de esclavos, fueron principalmente razones económicas, como bien lo evidenció el escritor afrocaribeño Eric Williams. Así, el que las protestas en apoyo al movimiento negro tomaran revuelo, pienso tiene que ver con esto; con que este virus puso en evidencia la hipocresía del discurso democrático e igualitario de la elite, y mostró cómo estos sistemas de despojo social, político y cultural actúan sobre las vidas que son desechadas por una sociedad de supremacías. 

Necesitamos seguir haciendo ruido tal como ocurría previo a la existencia de COVID-19. Si bien estamos confinades y es necesario que muches se mantengan de este modo, debido a que el virus no es democrático y afectará más a les más despojades, podemos construir otras formas de alzar la voz y prepararnos para cuando las calles se vuelvan a abrir. Utilicemos este espacio, quienes podamos, de construir y planear lo que se venga, a la vez que construimos solidaridad multirracial y de clase, a través de la donación, reflexión y micropolítica. La única solución para el verdadero virus global, el que ha existido por siglos y continúa quitando y despojando vidas, es la lucha colaborativa, popular, multirracial y feminista. Un comienzo bien sería escuchar atentamente lo que la comunidad afrodescendiente, migrante, originaria, feminista y popular tienen que decir y las razones para organizarse y rebelarse. Solo así podemos generar un movimiento unitario que se mueva en torno a la guía de estos grupos sociales y no desde las elites. 

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