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Rosa Ferrada, dirigente feminista de 80 años: “No puedo pasar un 8 de marzo si no es en la calle marchando”

Por: Antonia Orellana | Publicado: 08.03.2017
Rosa Ferrada, dirigente feminista de 80 años: “No puedo pasar un 8 de marzo si no es en la calle  marchando” |
Con más de cinco décadas de movimiento feminista y de mujeres a cuestas, la histórica dirigenta Rosa Ferrada Díaz hace un recuento de los movimientos recientes y llama a «recuperar la mística».

Nacida en 1937, Rosa Ferrada Díaz puede resumir en sí misma buena parte de la historia reciente de las mujeres chilenas de izquierda. A los 18 años empezó a trabajar en un área de contabilidad del Estado, ingresando a las Juventudes Comunistas. Sintió el llamado y entusiasmo de la revolución cubana, trabajó por la Unidad Popular y fue exiliada.

Una vez de vuelta en Chile, luchó por el fin de la dictadura articulando el movimiento feminista y de mujeres. “Pasábamos en la calle, esa es la verdad. El riesgo era necesario porque estábamos en dictadura. Ahora, no puedes pensar que siempre vivirás en medio de una actividad política tremenda. Eso está dado por las condiciones del país, también”, explica.

-Llevas décadas en el activismo feminista. ¿Cómo has estado preparando el 8 de marzo?
-Fíjate que el lunes nos juntamos con hartas compañeras de varias épocas. Fuimos a una conmemoración y después nos comimos un sándwich con una cerveza. Conversando nos acordábamos de tanta cosa, pero bueno, claramente voy a estar en la calle. El 8 lo más importante es marchar. Cuando he estado mal y con problemas voy no más. El año pasado estaba media enferma, no me acuerdo de qué, y dije «voy como siempre con mi amiga Adriana Gómez». ¡Y nos perdimos! Yo marché todo el camino sola, me iba encontrando con gente que no conocía, me iban pasando pancartas y conversábamos, llegué hasta el acto y me devolví.

Según explica, su primera experiencia política fue en las Juventudes Comunistas. «Yo trabajaba en el Servicio Nacional de Salud y veía los problemas que había. Era liquidadora de sueldo y fui siempre una dactilógrafa muy pero muy rápida. Me sentaba y listo. Estuve a cargo de un área contable, sin mayores problemas. Trabajaba mucho porque tenía un compromiso de ayudar a mi mamá», relata.

El 1 de enero 1959, el día que llegó la revolución cubana, marcaría un punto de inflexión en su vida. «Partimos para allá al tiempo. Muchos profesionales y técnicos se habían ido, nos llegó la convocatoria de que faltaban. El proceso revolucionario no podía sucumbir y cualquier cantidad de personas nos fuimos. Yo tenía 27 años. Llegamos a La Habana y era como un país que condensaba Latinoamérica: había gente de todos lados», cuenta.

-¿Cómo fue el trabajar en pleno periodo post revolución en Cuba?
-En Cuba estaba todo en el suelo. Yo obtuve una beca de estudio y me fui a trabajar a granjas de reeducación como profesora de Educación Física. Allí estábamos con adolescentes abandonadas, las que sobraban de los últimos tiempos de decadencia de la anterior época. Toda la podredumbre del tiempo de Batista se veía en esas muchachas. Recuerdo mucho a unas mellizas que me llevaba el fin de semana a mi propia casa. Se alfabetizaron, estudiaron y tuvieron una profesión. Mis amigas me decían: «¡como tú las llevas, míralas, está Leo!». Y yo las miraba y les decía «a ellas les falta una familia y tú no conoces a mi compañero», punto. Allí en Cuba me empecé a especializar en actos masivos y las presentaciones nos salían impecables. Las muchachas nos decían “no vamos a ponernos cualquier cosa, no somos putas malas”, y había que buscar buenos disfraces. La educación para ellas fue fundamental, aprender un oficio que permitiera vivir, no cualquier cosa».

La estadía en Cuba duró dos años. Rosa cuenta que volvió «para el triunfo de la Unidad Popular. Llegué entre el corazón estrecho por abandonar Cuba y la alegría de ese triunfo. Fueron años súper duros, ya que Leo era vicepresidente de la Empresa Nacional de Comercio Agrícola, estatal, y apenas empezó el acaparamiento y la escasez su trabajo se puso muy difícil. Luego del golpe salimos al exilio a fines del 1973, nos asilamos en la Embajada de Honduras y luego nos fuimos, con dos hijos chicos aún».

La urgencia feminista

Rosa Ferrada

Foto: Archivo Fortín Mapocho

En 1984 Rosa Ferrada volvió junto a su familia desde Alemania. Desde hace dos años atrás Chile era sacudido por fuertes protestas populares y todos los sectores sociales estaban organizados en un nivel creciente de conflicto con la dictadura de Pinochet. En ese contexto se reorganizó el Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (Memch), la más masiva e influyente organización feminista que tuvo el país en la primera mitad del siglo XX.

“Cuando se reconstituyó el Movimiento por la Emancipación de la Mujer Chilena estaban todas las organizaciones, era tan entretenido, pero de bastante responsabilidad”, explica Rosa. “Yo trabajaba para la coordinación nacional y siempre llegaba a punto de que cerrara la oficina de correo para mandar materiales, circulares, documentos, noticias de avances, a las compañeras de otras ciudades. Rondando cerca siempre estaban las mujeres del Memch antiguo, me da risa ahora decirles las viejas como en esa época. Eran mujeres como Elena Caffarena y Olga Poblete. Elena iba sólo a algunas cosas porque ya tenía su edad y siempre fue generosa con todo su conocimiento y materiales”, relata.

-¿Cómo se reconfiguró el Memch en conjunto con la oposición a la dictadura?
-En los ‘80 en las poblaciones la organización de las mujeres era fuerte. La crisis obligó a organizarse para subsistir y se daban desde las ollas comunes hasta los matuteos. Estaban organizadas, pero faltaba algo: el conocimiento de la historia de sus propias luchas y derechos, en Chile y el mundo. Para acercarlas a eso tenías que hacer cosas atractivas porque si sentían que perdían el tiempo no volvían.

-Hoy la violencia de género tiene una visibilidad y conciencia que antes no. ¿Cómo la trabajaban ustedes?
-Conversábamos bastante de violencia. Se sentía mucho. En cualquier población se escuchaban los golpes, los escándalos del marido borracho. En un par de lugares logramos un acuerdo en que, cuando las pobladoras escucharan esos ruidos, todas empezaban a tocar pitos, llamar a Carabineros y aplaudiendo se acercaban a la casa a cercar al golpeador y hacerle saber que ella no estaba sola, que hasta ahí no más llegó eso.

-Más allá de la alerta y autodefensa, ¿cómo reaccionaba el movimiento feminista?
-Recuerdo particularmente el caso de una mujer a la que el marido golpeaba brutalmente. Fue en una pascua, no recuerdo ya que año: ella con mucho esfuerzo logró tener una navidad con regalos, árbol y cena para los niños. Él llegó borracho, como siempre, con todo lo que venía después. Esa mujer cogió un hacha y le cortó la cabeza para defenderse. Cómo sería el escándalo que se armó esa vez que dijimos «tenemos que apoyarla». Todo el movimiento de mujeres se puso de su lado. Nos decía «no puedo soportar un año más en que destruya todo lo que he juntado para mis hijos». Una de las abogadas, de las mejores, fue Lorena Fries. Las más puestas para ayudar a los hijos de esta mujer fueron las organizaciones de trabajadoras de casa particular. Juguetes, comida, cuidados, ropa, todo. Entregaron sus recursos, tan escasos, y compraron esas cosas. La situación histórica nos hacía tener un nivel de conciencia mayor, jamás se nos habría pasado por la cabeza decir «bueno, no se puede ayudar en todos los casos, el gobierno se hará cargo», se buscaba cómo y es así que se crean las redes. La solidaridad de las mujeres es una cosa muy hermosa y siempre estoy contenta de formar parte de este movimiento cuando la siento.

Tal como en su primera versión de la década de los ’30, el Memch ochentero mostraba todas las sensibilidades políticas de la izquierda y los sectores más movilizados de la sociedad en ese momento. “Estaban presentes todos los partidos que habían formado parte de la UP. Teníamos buenas relaciones, se compartía todo y si alguien quería ponerle un énfasis especial bueno, problema tuyo, lo hacías tú y por tu partido. Lo importante era el trabajo conjunto. La calle era un espacio político aunque estuviera Pinochet queriendo matarnos ahí”, explica.

-¿Cómo era su relación con las fundadoras del Memch que habían logrado el voto femenino en Chile?
-Les teníamos mucho respeto porque ellas tenían toda una tradición. Habían fundado el primer Memch y obteniendo avances históricos. Eran tremendos liderazgos, muy preparadas y siempre mostraban una lucidez política notable, sabiendo siempre leer el momento que pasaba el país. Las consultábamos siempre. No porque nosotras irrumpiéramos con algo nuevo íbamos a ignorar esa historia.

-Uno de los libros más conocidos de esa época es el de Julieta Kirkwood, “Ser política en Chile, las feministas y los partidos”, que habla de la tensión entre ambos.
-Esa tensión entre los partidos y las feministas yo no la sentía personalmente. Me rodeaba gente en el partido que no cuestionaba esto. Luego en los ‘90 el feminismo, bueno, pienso que en la sociedad siempre hay acomodos de acuerdo a la historia y, al igual que pasó con otros movimientos, el feminista declinó su actividad.

-Hoy de nuevo se ve actividad feminista y muy presente en el debate público. ¿Cuáles deberían ser sus tareas urgentes?
-Precisamente de eso hablábamos con antiguas compañeras el lunes, de todo lo que se hace y todo lo que falta. Dentro de lo que falta, yo creo que necesitamos un motor. Una cosa, un mecanismo que impulse más. Hay relaciones que se rompieron en un determinado momento y hoy la tarea es ver cómo se van reconstruyendo, porque seguimos teniendo carencias en derechos. ¿Cómo poder hacer conciencia? Es necesario rescatar la experiencia acumulada por años en el movimiento de mujeres y feminista y, también, recuperar la mística, que se ha perdido.

-¿Cómo se recupera la mística y la conexión con sectores más amplios?
-Tienes que pensar en el futuro para hacer presente. Y si cuando nos juntamos estamos hablando tanto del pasado nosotras las de más edad es porque no estamos mirando al futuro. Se mira mucho hacia las falencias del Estado y el gobierno en solucionar pero, ¿y el movimiento? El movimiento feminista nunca ha tenido avances por arriba. Siempre ha requerido educación política, de ciudadanas, que se organicen. Para eso tienes que estar cara a cara, tienen que ver cómo te emocionas, cómo te la juegas por ellas. Ahora, pese a lo que decía, igual creo que hoy habrá una buena manifestación.

-Y como experta en organización de actos masivos en Cuba, ¿qué opina de las marchas de hoy?
-Bueno, son pobres en colores e imagen (risas). No me importa, yo marcho igual. No puedo pasar un 8 de marzo en la casa, no puedo pasar un 8 de marzo si no es en la calle.  

-Si tuviera que preparar un cartel para llevar hoy, ¿qué cosas pondría?
-Creo que algo urgente es la salud. Las listas de espera, la falta de lugares donde atenderse, el costo. Es algo que no está resuelto y es transversal. Nosotros nos vacunamos en el consultorio y se nos hace eterno todo ahí. Las mujeres tienen mucho que decir ahí.  Sobre derechos, el aborto legal y seguro tiene que seguir instalándose. Es un derecho de las mujeres.

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