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El beat de un corazón verde: La lucha por el aborto libre, seguro y gratuito desde dentro

Por: Carolina Rojas @carolarojasn | Publicado: 25.07.2019
El beat de un corazón verde: La lucha por el aborto libre, seguro y gratuito desde dentro A_UNO_969062_8558f |
Miles de mujeres de todas las edades salieron a la calle la tarde de ayer para pedir aborto libre, pero la organización de esta sexta marcha tuvo su previa. Entre pañuelazos, fogones y asambleas, la fiesta de los pañuelos verdes iba adquiriendo fuerza. Aquí, su anatomía por dentro. Esto recién comienza.

“Vamos ya, vamos ya, vamos ya, vamos ya, ya, ya (..) por el aborto legaaal” es el cántico en tono de Bella ciao (el himno antifascista de la segunda guerra mundial popularizado ahora por la serie La casa de papel), todas corean y se prende el ambiente en la puerta del Ministerio de Educación. A las 10:13 del día lunes una veintena de mujeres y estudiantes forman un círculo. Una adolescente sostiene un cartel que reza “Porque tengo derecho a conocer mi cuerpa, educación sexual”. Unos minutos después, al frente del grupo está Rosario Olivares, vocera de Red de Profesores de Filosofía de Chile, quien habla con megáfono en mano. Desde lejos las miran algunos oficinistas somnolientos mientras apuran un café con cierto aire de derrota. Otros hombres pasan raudos cerca del grupo a empujones. Ellas hacen caso omiso y siguen con los cánticos. “¡Nosotras parimos, nosotras decidimos (..)!”. El círculo permite calentarse un poco, capear el frío, a esa hora el viento helado araña la cara. Estudiantes y jóvenes de cabellos verdes, pañuelos, piercings y labios rojos son una fiesta. Las flanquean los carabineros, uno toma foto para intimidarlas. Ellas siguen indiferentes y se despliega el pañuelo de tres metros. Las mujeres juntas no saben de miedo.

Alondra Arellano se frota los brazos del frío cada tanto. Universitaria y parte de la Secretaría de Género y Sexualidades de la Universidad Católica, habla sobre la objeción de conciencia institucional y de que no se enseñen métodos anticonceptivo a quienes están estudiando, como en su propia casa de estudios o la Universidad de los Andes. Dice que las estudiantes están de acuerdo con el aborto tres causales, pero es la institucionalidad católica la que rechaza decidir sobre sus cuerpos, además menciona una realidad que conoce de cerca: la gran cantidad de universitarias con embarazos no deseados que viven totalmente precarizadas. Circunstancias que determinan el futuro, aunque se tengan buenas notas.

– No existe ningún compromiso desde la educación o el gobierno para facilitar que a esas jóvenes puedan estudiar y tampoco se promueve la corresponsabilidad. Entonces, ¿qué queda? Que se les vaya añadiendo más carga a la estudiante por ser madre, por ende viene la deserción de los estudios y las dificultes en su carrera-, se pregunta y se contesta antes de volver del grupo.

Veinte para las cinco de la tarde del lunes. Portal Ñuñoa. Los transeúntes entran al mall en filas, mujeres con hijos y hombre salen del supermercado y el tránsito ya comienza a atocharse. Llegan las mujeres de pañuelo verde repartiendo cancioneros, primero son cuatro, diez y cerca de las cinco, ya son casi cincuenta. Empiezan los primeros gritos, hasta allí ha llegado el pañuelo gigante, hay chicas ciclistas, adolescentes y madres con hijos. Joseffe Cáceres, o “Zicuta” para sus compañeras, militante del colectivo Pan y Rosas, auxiliar de aseo e integrante de la coordinadora 8 de marzo, observa la actividad para que todo salga a pedir de boca.

/ Agencia Uno

En el mismo lugar está Bárbara Retes (26), una joven trigueña de anteojos dice que pertenece a Acción feminista Ñuñoa, levanta las manos, da indicaciones de cómo subir correctamente el pañuelo. Vive en la Villa Olímpica, como casi todas las integrantes de este colectivo. Explica que se reunieron desde que se enteraron del caso de la violación de una joven por barristas de la Universidad de Chile en las cercanías del Estadio Nacional. Pensaron que era la hora de hacer algo y desde entonces se juntan casi siempre en la Plaza San Eugenio. ¡Chiquillas, levanten un poco más los tubos! Se interrumpe y vuelve a la conversación.

– Ahora somos un grupo más circunscrito, las más activas de siempre y decidimos empezar a hacer estas acciones de manera territorial como venir a este pañuelazo, estamos recién empezando, ya era hora de unirse…- dice antes de tomar el megáfono.

¡Aborto legal, en el hospital! Comienzan a gritar las mujeres a su alrededor. Después de unos minutos bajan a la calle en cada luz verde del semáforo, los autos tocan las bocinas en señal de saludo, una vendedora ambulante reclama para que no le “pasen a llevar” su mercadería extendida en el suelo y un señor de edad balbucea algo con enojo. “¡Que tienen en la cabeza, la cosa es darle y abortar!”, dice al viento y se va con dos pequeños niños tomados de la mano.

Acciones territoriales en distintas comunas, asambleas y entrega de pañoletas. Organizadas en coordinadoras, colectivos y organizaciones barriales. El primer pañuelazo partió en el Tribunal Constitucional la semana pasada y así saltó el pañuelo de comuna en comuna. Esa fue la previa a la sexta marcha (la primera fue el 25 de julio del 2013) por el aborto, pero la primera unificada con el movimiento argentino y latinoamericano hasta en el color de las pañoletas. Hay un aire de retrospectiva, pero también de algo nuevo.

Para Alondra Carrillo vocera de La Coordinadora 8 de marzo, el objetivo es conseguir progresivamente la despenalización del aborto en Chile, porque este es el relanzamiento de una campaña que se fraguó desde el inicio como una acción de largo aliento y busca que esta discusión empiece a ser un tema de debate público y que se instale dentro de lo temas sociales más grandes de Chile, que la discusión se dé en distintas organizaciones sociales y el tema se despercuda. Es decir, quieren que el aborto salga del clóset.

– Ojalá la mayor cantidad de agrupaciones sociales puedan tomar una postura abierta de apoyo al aborto libre y legal. Este trabajo es parte de una articulación, a esas actividades asisten mujeres con hijos, niños pequeños, también van con pañuelos verdes, en términos de imagen es bien potente-, dice al teléfono.

Foto: Agencia Uno

Las feministas del barrio

Romina Aburto (32) es profesora de historia y vive en Curicó. El día miércoles se levantó temprano, allí la esperaban un par de compañeras de Los Niches y otras del centro de la ciudad. Como parte del Colectivo de Mujeres, trabaja con ellas y con otro grupo nuevo de acciones más individuales, se considera algo así como el puente entre las feministas históricas del lugar y las estudiantes. A las diez de la mañana se pusieron a panfletear en la entrada del Hospital de Curicó con más ganas que compañía: eran cuatro. Llegó rápido a su casa y posteó la acción en el Facebook de la coordinadora 8 de marzo. Fueron pocas, pero estaban contentas.

Para Romina ese acto en contra de la objeción de conciencia frente al Hospital de Curicó decía mucho. Además, es una conmemoración de la muerte de Estefanía Cabello de 22 años, que con cinco meses de embarazo llegó con un aborto séptico y se acusó que en el lugar no se habría aplicado el protocolo de aborto en tres causales. Romina sabe que este territorio es difícil, que cuesta convocar gente, porque hay una mirada muy latifundista. No esperaba que en la Plaza de Armas fueran más de veinte mujeres en la protesta del miércoles, así que el grupo reducido colgó un lienzo verde en la reja de la entrada del hospital y se quedaron estoicas.

– El caso de la Estefi lo vimos primero como una negligencia médica y luego nos dimos cuenta que detrás de todo esto había un incumplimiento de la ley de aborto, hoy día fuimos a entregar una solicitud al hospital para que el director haga una declaración pública después de este emplazamiento-, dice al otro lado de la línea.

En Villarrica pasó algo similar con las mujeres de un colectivo, compartieron mate y fogón antes de emprender a la marcha. En Santiago, las estudiantes y adolescentes llegaron a todas las actividades y así a lo largo de todo Chile.

/ Hisashi Tanida

 

Martina Escobar (15) asiste al Liceo Tajamar, va en segundo medio y dice que ya está curtida de tomas y protestas. Ayer su día partió temprano, pese a que había asistido al pañuelazo de su comuna (Maipú) en la tarde anterior y estaba cansada. Está de vacaciones y apenas se levantó, se enviaron WhatsApp con sus amigas: Belen, Aylín y Amanda. Se juntó con ellas, llevaron carteles y además se reunieron con niñas de otros liceos y comunas como Pudahuel, Ñuñoa y la Cisterna. Después de recibir algunas recomendaciones de sus padres, tomó la micro 401 que va de Maipú al centro y se demoró 45 minutos en llegar a Plaza Italia, una vez allí, marchó, tomó fotos para su Instagram, donde ya el miércoles había publicado una fotografía con sus “compas” con la leyenda: “Mañana todas a la calle, las quiero caleta”.

La marcha partió cerca de las siete y una fila de humo cruzaba la Alameda a esa hora como consecuencia de una barricada interpuestas por un grupo que intentaba impedir el paso de las mujeres. Al mismo tiempo, una decena de estudiantes ajenas al fuego cantaban “Alerta machista” y se enfilaban junto a alumnas de intercambio con carteles que decían “we give birth we decide”, “I choose”. Pasado unos minutos, el pañuelo gigante pasaba a la altura de la Calle Portugal y el grupo Tambores Unidos le daba el ritmo con una especie de danza afro. Alrededor, grupos de amigas se tomaban fotos y se hacían señas para encontrarse, celular en mano. Una decena de estudiantes de faldas plisada avanzaba gritando: “Me gustan las peras, me gustan las manzanas y en la cama me meto con quien me da la gana”. En el paradero de la calle Santa Rosa tres chicas, entres ellas una con sostenes y otra con el torso desnudo, agitaban los cánticos levantando las manos y aplaudiendo. La marcha siguió así, repleta de mujeres adolescentes, madres con hijos y familias. Niños comiendo anticuchos para matar el hambre, estudiantes tomando energéticas para el sueño, todo servía durante la caminata.

Al final de la columna, un Tinkunazo alegre era cercado por diecisiete carabineros. “Aborta tu patria”, decía un rayado de spray verde frente al cerro Santa Lucía, como anticipando todo lo que vendría después. Antes de terminar la marcha, los whatsapp se multiplicaron y se encendieron las alarmas. En Twitter ya se confirmaba la noticia: el apuñalamiento de tres mujeres, además del grupo nazi que intentó cortar la marcha con un lienzo que decía: “Esterilización gratuita para las hembristas”. Estudiantes, coordinadoras y amigas pedían reportarse, se llamaban entre ellas y trataban de averiguar más. Hasta que pasada las once de la noche, la Coordinadora Feministas en lucha sacó un comunicado.

Al whatasapp Zicuta, preocupada también por las suyas, reaccionó con un mensaje: “Ni Kast con sus pañuelos celestes, ni Santelices con su misoginia, ni los puñales de los más reaccionarios fascistas frenarán la marea verde, decidimos ir por todo para conquistar el aborto legal”. Y tiene razón. El corazón verde ya es un abrazo que alcanza a muchas. El corazón verde late fuerte.

/ Hisashi Tanida

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